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UN MAESTRO DE POLÍTICA
MUY ACTUAL: ISÓCRATES

Por Dr. Ricardo Rovira Reich

Está más que demostrada la utilidad de volver al pensamiento de los clásicos para buscar inspiración a la hora de resolver problemas contemporáneos. Cuando se comienzan a estudiar autores que vivieron hace más de 25 siglos, se comprende que casi todos los grandes temas que hoy enardecen el debate entre las ideas dominantes, ya se tuvieron en cuenta en el arranque mismo de la formulación de pensamientos filosóficos sobre el hombre y el mundo. Incluso, entre esos autores de

la Antigüedad, encontramos una serenidad, una clarividencia, una profundidad y amplitud de visión mucho mayor de lo que hoy en día estamos acostumbrados.

Si el campo de reflexión es la vida política, podría decirse que es aún más necesario recurrir a aquellos autores griegos que idearon, y luego vivieron, en una sociedad con formas democráticas en las que nuestras actuales estructuras políticas buscaron inspiración. Entre ellos, hay un maestro de Retórica que quizás no es demasiado conocido por la cultura popular, Isócrates, pero del que podemos seguir extrayendo enseñanzas aplicables en nuestros días. La circunstancia de encontrarse el Uruguay en un año electoral, puede hacer aún más oportuna la reflexión sobre vida política y condiciones del buen gobernante desde la amplia perspectiva que nos proporciona el ateniense Isócrates.

¿QUÉ HACER ANTE LAS CRISIS? 

De modo reincidente, podemos encontrar a lo largo de la historia de la vida política de occidente, que ante situaciones de crisis generalizada, además del frecuente recurso revolucionario o de la moderación reformista, siempre han aparecido dos soluciones que se presentan como alternativas casi excluyentes: la incorporación a la dirigencia política de nuevas generaciones y/o de nuevos estilos —lo que ha dado en llamarse la regeneración de la dirigencia—, y una opción más a largo plazo que ha sido preferida por destacados filósofos políticos: concentrarse en la buena formación ética y técnica de los futuros gobernantes; por tanto, apostar al futuro confiando en la educación; tomarse el tiempo necesario para que las reformas comiencen desde el interior de las personas decisivas, y así puedan ser más profundas y duraderas. Como en estas mismas páginas se recordaba hace unos meses: quien mueve la cuna mueve los imperios... 

Hacia finales del siglo V a.C. en Atenas crece la conciencia de estar viviendo un período histórico crítico. Después de las Guerras Médicas (500-449 a.C.) se desató la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.). Poco más tarde, la Guerra de Corinto. Al esfuerzo y el desgaste consiguiente de luchar contra los persas, se suman las luchas fratricidas entre griegos. Se debilita la polis, decae Atenas, quiebra la economía, proliferan los demagogos, la antigua superior cultura ya no se demuestra eficaz para contener el crecimiento de la inmoralidad, de la irresponsabilidad vanidosa, de ambiciones subalternas... Crece la amenaza —luego confirmada— de la pérdida de la libertad y la sumisión al poder extranjero. Los espíritus mejores buscan soluciones. Entre ellos está Isócrates. Forma parte, como Platón y Jenofonte, de la rica herencia que dejó Sócrates. Es un representante típico de la segunda alternativa arriba mencionada: buscar la solución en la formación de las próximas generaciones.

BREVE SEMBLANZA DE ISÓCRATES Y SUS IDEAS EDUCATIVAS

Ateniense nacido en el 436 a.C., recibió una esmerada educación de sus maestros Pródico, Tisias, Terámenes y Gorgias. Era hijo de un rico fabricante de flautas. Arruinado a causa de la Guerra del Peloponeso y preocupado desde joven por la deriva de su Patria, es consciente que su actividad no podrá ser la política directa activa —dedicándose como era usual a la oratoria política— por sus limitaciones físicas y temperamentales: debilidad de voz y timidez. Decide fundar entonces una escuela en Atenas hacia el año 392-393. Entre sus discípulos surgirán estadistas, oradores, historiadores, que dejarán profunda huella en la vida ateniense; quizás el más célebre sea Demóstenes. Por la larga duración de su vida, es lo que los antiguos llamaban un macróbioi: vivió casi cien años. Morirá poco después de la derrota griega en Queronea (338 a.C.) que muchas décadas antes venía previendo e intentando evitar, donde Filipo II de Macedonia comienza a dominar a los griegos. No alcanzará a ver el triunfo de sus ideas en la constitución de la Liga de Corinto, en la que bajo hegemonía macedónica, Grecia entera —menos Esparta— se une para oponerse a Persia y liberar las ciudades griegas de Asia.

Isócrates es un hombre comprometido con su patria y con su época; no vuelve la espalda a los problemas presentes y futuros. Intenta resolverlos apostando a la educación en las virtudes morales y cívicas. Atiende a su vez a las dificultades externas e internas de su ciudad. Para aquellas propugna la alianza panhelénica, principalmente ante el peligro persa; para éstas confía en la formación de nuevos dirigentes políticos, superiores en virtud, y en el aumento de la cultura ciudadana. El recurso a los antiguos ideales patrios es el paradigma a reconquistar. Puede afirmarse que contribuyó con sus ideas al nacimiento de la llamada etapa helenística. Con capacidad de anticipación, aceptó que había que renunciar al malentendido orgullo ático, y propició la alianza con los antiguos enemigos espartanos, y luego la convivencia con el nuevo poder macedónico.

También atiende a lo externo e interno en la formación de los ciudadanos. No alcanza con mejorar las instituciones y el comportamiento cívico, hay que mejorar el interior de las personas y, así, se asegurará también la mejora y estabilidad de aquéllas. Quiere convertir, entonces, su Escuela en un instrumento de servicio público. Pero para poder dedicarse con seriedad a este importante menester hay que limitar el número de discípulos: serán turnos de nueve, para poder conocerlos bien e incidir en la mejora de su intimidad. Si el cambio no parte desde lo más íntimo, no será eficaz. Actuaba sobre sus alumnos de forma directa, con mucho trato personal. Así como la paideia era el camino para recuperar el esplendor de la antigua politeia, una fuerte ascesis personal será necesaria para garantizar la eficacia pública del futuro gobernante.

SUS IDEAS POLÍTICAS BÁSICAS 

Aspiraba a una democracia basada en la justicia, pero dirigida por una aristocracia de los mejores: los más virtuosos y sabios, los mejor educados, son quienes deben ser promovidos a las mayores responsabilidades. Aunque en sus diferentes discursos podemos encontrar cómo insiste de diversos modos en esta idea suya, es en el Aeropagítico donde trata más orgánicamente sobre la necesidad de educar a jóvenes para la política, y donde de modo formal presenta el aristocrático concepto de pátrios politeía, instando a inspirarse siempre en el "gobierno de los padres". También allí, explicita otra idea muy característica suya: el jefe militar debe ser acompañado por el consejero, porque acción y reflexión siempre deben ir juntas. 

Isócrates, que en un primer momento se consideró poco dotado para influir en los espacios públicos, nos brinda el ejemplo de quien con buenas ideas supera sus limitaciones físicas y caracteriológicas, y termina gravitando no solamente por sus discursos, sino principalmente a través de los hombres que formó. A diferencia de los sofistas, promueve que la retórica se ocupe de la realidad circundante. Sabe que la influencia que puede ejercer sobre su amada Patria tendrá mayor alcance a través de la formación y promoción de sus discípulos. Además del influjo de quienes detentan el gobierno directo, existe también la influencia —a veces más importante— de quienes trabajan en las bases pre-políticas: además de hacer, hay que hacer hacer, dejar hacer y dar quehacer...

EL MÉTODO ISOCRÁTICO PARA LA REFORMA POLÍTICA

Estamos ante un caso paradigmático de confianza en la ciencia retórica para la solución de problemas prácticos. No podemos caer en el anacronismo de pensar con categorías mentales contemporáneas a la hora de juzgar la utilidad práctica de las soluciones de entonces: la voz y la palabra eran el gran medio de comunicación en una sociedad autogobernada democráticamente, y que estaba casi en estado de asamblea permanente. A nosotros nos corresponde realizar las descodificaciones necesarias para aplicar lo que pueda servirnos ahora.

La secuencia de su sistema para la reforma ética y política podría resumirse según el siguiente listado. Debajo de cada punto, entre paréntesis, se asientan algunas posibles aplicaciones a nuestro tiempo y lugar:

1. Creación de una escuela con un maestro muy dedicado a sus discípulos.

(Instituciones universitarias, escuelas de negocios, con profesores de dedicación completa).

2. Formación de oradores, en la que el logos —la palabra pensada y hablada—es parte esencial para la construcción de la convivencia ciudadana.

(Formación de políticos, dirigentes empresarios y sociales, con sentido de contribución a la construcción de una sólida urdimbre social).

3. El discurso, como instrumento de una buena comunicación, será un arma importante para la reforma política y de las costumbres, en un ambiente y un tiempo, en el que es el principal medio de comunicación de ideas.

(Ahora las ideas ya no se comunican predominantemente por discursos, hay que incidir en otros medios de comunicar).

4. A su vez, el orador no recibe solamente una formación técnica para lograr la buena composición y elocución del discurso, sino una formación integral: persuade apoyándose en la ejemplaridad y solidez de sus virtudes; sin una superior formación y vida ética sería inútil toda formación retórica.

(Sigue siendo este paso igual en nuestro tiempo: no hace falta traslación).

5. El orador forma al pueblo, pero antes debe apuntar a la formación de buenos dirigentes.

(La universidad apunta a la buena formación de minorías dirigentes aunque procure al mismo tiempo la elevación cultural general).

6. En la ejecución del discurso y en el debate con sus contrincantes, el orador no cesa de aprender: "de los mismos argumentos que nos sirven para persuadir a los otros, de ésos nos valemos para reflexionar"; como buen socrático, sabe que se comprende mejor al tener que explicar los conceptos, y que del contraste de opiniones mana un nuevo conocimiento.

(El buen profesor aprende enseñando, aprende respondiendo preguntas, no cesa de aprender nunca; pero eso sucede con los verdaderos profesores vocacionales, con suficiente dedicación y con actitudes humildes).

7. La filiación socrática también puede advertirse en la concepción de unidad en la virtud; el maestro en Protágoras establece que en el fondo todas las virtudes constituyen como una sola virtud. Isócrates considera que vivir bien, virtuosamente, y tener paz en el alma, lleva a pensar bien, y ello a escribir bien, de lo que se deriva hablar bien, y esto permite transmitir el bien a otros, multiplicando la posibilidad personal de hacer el bien. El ideal educativo del orador es, por consiguiente, el ideal del bien decir fundado en el bien saber y en el bien vivir.

(El estudio de Aristóteles ha ayudado a que hoy en día, en lo docencia moral, se tenga en cuenta la connexio virtutum: la unión y conexión entre todas las virtudes, y cómo el progreso en una de ellas hace avanzar en otras virtudes. Hay una expresión contemporánea para este ideal isocrático; la ha popularizado principalmente la ascética cristiana: se llama unidad de vida).

8. La profesión oratoria es camino para el ascenso en las responsabilidades ciudadanas, y terminar ocupando puestos de gobierno.

(La buena formación profesional, sea en el campo que sea, facilita el ascenso a responsabilidades de mayor repercusión social. Pero es recomendable que esa formación procure un activo profesional propio antes de pasar a la esfera pública: se asegura tener especificidades profesionales que aportar, se facilita el reingreso en la actividad privada y se ayuda a alejar las tentaciones de corrupción).

9. Esos nuevos gobernantes, bien imbuidos de la superior cultura griega, serán maestros no solamente para su pueblo, sino que harán de los griegos "un pueblo de maestros", haciendo prevalecer sus ideales y su dominio político en círculos cada vez más amplios de territorios "bárbaros".

(Es sabido que los griegos llamaban "bárbaros" a todos los que no eran griegos. Antes de la manida globalización, ya se tenía muy en cuenta en los buenos centros de formación de dirigentes, la misión ad extra: de la propia empresa, del propio grupo, de la propia Nación, de la propia Región: una vez lograda una estabilidad suficiente gracias a un sistema de ideas adecuado, no se detiene ahí la misión de las minorías dirigentes y se proyecta en círculos más amplios, incluso con intención planetaria).

VALORACIÓN CONTEMPORÁNEA DE SUS PROPUESTAS

Debe reconocerse que Isócrates logró personalmente esa capacidad de visión, de ver más allá que sus iguales, de anticipación, que exigía para el buen político. Superando los prejuicios de su época, en su discurso A Filipo, intenta persuadir al macedonio que se convierta en portaestandarte ad extra de la cultura griega, presagiando así la difusión de esos valores que realizará su hijo Alejandro Magno en el período helenístico, gracias a la enorme expansión territorial de sus conquistas. Su pensamiento político intenta interpretar los cambios históricos y adaptarse a los datos de la realidad. Pero no parece haber sido bien comprendido en este empeño suyo, y así, algunos lo han calificado de oportunista.

  1. ¿Es siempre incoherente cambiar de opiniones políticas?

Hemos asistido con frecuencia en los más variados panoramas políticos al triste espectáculo de lo que en España llaman "el cambio de chaqueta": políticos que por conveniencias personales coyunturales se desdicen, se contradicen, no cumplen lo prometido, practican el transfuguismo partidario... Nos acudirán inmediatamente docenas de ejemplos a la memoria. Pero como la política es una actividad prudencial, no siempre debe ser considerado como oportunista, inconstante, o políticamente incoherente quien sabe y debe adaptarse con flexibilidad al cambio de circunstancias. A este respecto escribe agudamente Winston Churchill:

"Un estadista en contacto con la corriente movediza de los acontecimientos, afanoso de mantener su barco a flote y de alcanzar el punto fijo de su viaje, puede inclinar todo su peso o su timón ahora de un lado y después de otro. Cuando en cada caso se contrasten sus argumentos podrá echarse de ver que no solamente son muy diferentes en carácter, sino contradictorios en espíritu y opuestos en dirección; y sin embargo, a través de todos ellos, su objetivo habrá permanecido inmutable. Sus resoluciones, sus deseos, su meta, pueden haber permanecido sin cambios, mientras sus métodos pueden ser verbalmente irreconciliables. No podemos llamar a esto inconstancia. La única forma en que un hombre puede permanecer constante entre las mudables circunstancias es cambiar con ellas conservando inalterable su propósito dominante. Lord Halifax, siendo motejado de camaleón político, dio la siguiente celebrada réplica: «Si cambio de color o nado entre dos aguas lo hago obedeciendo a la misma razón que tiene la zona templada para acomodarse entre el clima en que los hombres se tuestan y aquel en que se hielan»" (W. Churchill, Pensamientos y Aventuras, pp.41 y 42).

     2.     Concentrarse primero en los que dirigen

El núcleo de toda la actividad de Isócrates se concentra en quien para él debe ser el primer sujeto de toda educación: el gobernante. Así la trilogía de discursos A Nicocles—Nicocles—Evágoras, presenta un cuerpo unitario de doctrina sobre las  características que debe poseer todo buen gobernante. Evágoras es monarca de Salamina en Chipre, y Nicocles su hijo y sucesor, discípulo en la escuela de nuestro retórico ático. En el primer discurso, el maestro se dirige al discípulo que va a ocupar el trono de su padre; quiere entregarle un obsequio: apuntalar su tarea de gobernante con sus consejos. En el segundo, el mismo Nicocles aparece dirigiéndose a sus súbditos, donde les expone la filosofía y programa de gobierno que se propone llevar a cabo. Evágoras fue escrito en los primeros tiempos del gobierno de Nicocles, y allí Isócrates le pone como modelo de gobernante ideal a su padre. Puede constatarse que este maestro de retórica es un político peculiar, que hace Política de modo indirecto o mediato.

     3.     Cualidades del buen gobernante

Espigando en estos tres discursos, podrían resumirse las cualidades que para Isócrates deben adornar al gobernante ejemplar, algunas de las cuales deben ser propias de todo buen ciudadano, y otras específicas de esa alta función:

—Deberá ir muy por delante de sus súbditos en todo. Afrontará con valentía y generosidad las consecuencias de sus decisiones; como el buen pastor evangélico, va por delante del rebaño, no se esconde detrás de él cuando se acerca el peligro.

—Como es propio de quien formó sus opiniones políticas a partir de un pragmatismo histórico, Isócrates aconsejará ser sagaz en la observación de los hechos y en el conocimiento de las personas para tomar decisiones.

—Hay que estar atentos a los más esforzados y capaces para promocionarlos, estableciendo una sana competencia entre sus colaboradores, constituyendo así una especie de meritocracia.

—La experiencia de gobierno y el estar atento a todas las circunstancias, también pueden explicar ciertos excesos de los gobernantes, y por ello es importante la interacción cercana entre los súbditos y sus jefes, y formar a los jóvenes en la obediencia para que después sepan mandar. Saber ponerse el de arriba mentalmente en la situación del de abajo, y viceversa.

—La prudencia es también saber elegir asesores y rodearse de los mejores consejeros, aunque esto signifique romper el círculo que se forma en torno a quienes detentan el poder: hay que ir a buscar a los mejores allí donde estén, sin detenernos en diferencias que a veces son superficiales, así como hay que tomar las buenas ideas donde estén, sin fijismos propios del prejuicio.

—El trasfondo socrático vuelve a aparecer en el consejo del dominio de sí mismo: "Sé señor de ti mismo no menos que de los demás, y considera que lo más digno de un rey es no ser esclavo de ningún deleite, y gobernar sus deseos más que a sus súbditos".

     4.      Cualidades del buen ciudadano

Tanto gobernantes como gobernados deben mantener una distancia interior ante el éxito o el fracaso; esa fortaleza de espíritu se traducirá en ser humildes, en no caer en la peligrosa soberbia que lo arruina todo ("los que no resultan corrompidos por el éxito, ni se enajenan, ni se vuelven soberbios, antes bien permanecen en la disposición propia de los hombres prudentes..."). Todos también deben practicar lo que hoy en día llamaríamos transparencia: "Procurad que vuestra actuación pública no sea astuta u oculta, sino tan sencilla y tan clara, que ninguno, aun queriendo, pueda fácilmente calumniaros". Hasta podemos encontrar una formulación ante litteram de algún principio de la ética kantiana: "Lo que os irrita que otros os hagan, no lo hagáis a los demás. Lo que reprobáis con las palabras, no lo practiquéis con vuestros actos. No sólo elogiéis a los buenos, imitadlos también". Aunque no parece considerar, como Jenofonte, que toda educación tiene naturaleza mimética, sin embargo continuamente realza la importancia de las conductas ejemplares, en primer lugar las que vienen desde arriba, exempla trahunt: el ejemplo atrae y arrastra hacia arriba.

RELACIÓN ENTRE ISÓCRATES Y JENOFONTE

Pueden encontrarse numerosas similitudes de enfoque y de contenidos entre las obras de educación política de Isócrates y Jenofonte, de quien también ya se ha hecho un esbozo en estas páginas[1]. Por las fechas de composición relativa, es probable que el retórico haya mostrado un prometedor camino al historiador, aunque luego éste, al trabajar sobre un modelo antiguo, pudo expresar sus opiniones con mayor libertad y claridad. Fue un recurso bastante común, entonces, para evitar represalias del poder político dominante: situar en un pasado remoto o en un lugar distante la escena a partir de la cual se hacían afirmaciones y demostraciones de rabiosa actualidad.

En estos dos autores, como entre tantos autores importantes de la Antigüedad griega, encontramos que la voluntad de mejorar la sociedad a la que pertenecen, les llevó a actuar sobre los factores que a cada uno le parecían más relevantes en su momento –los oradores, quienes ciñen la corona, los mandos militares…- pero siempre privilegiaron la formación de un tipo u otro de personas, que serán quienes provocarán esas mejoras. Los inventores de la democracia no confiaron solamente en un buen diseño de las instituciones sociales y políticas, no se quedaron esperándolo todo de las estructuras, sino que cuidaron y confiaron en la bondad y capacidad de las personas que las llevan adelante, que serán siempre el factor determinante.


Ricardo Rovira Reich
Dr. en Ciencias Políticas y de la Administración
Dr. en Filosofía
Capellán del Instituto “Empresa y Humanismo” y profesor en el Doctorado en Gobierno de
la Universidad de Navarra
Presidente del consejo asesor de CIVILITAS



[1] IEEM, Revista de Antiguos Alumnos, año XI, nº 3, junio 2008: "Quien mueve la cuna mueve los imperios (retrospectiva sobre la educación del gobernante)".