Recuperar
la Confianza.
Los argentinos -más allá de la percepción que tengamos de nosotros
mismos- somos individualistas en extremo. A tal punto que se pone
en duda la misma viabilidad de un proyecto de sociedad.
Sin
importar edad o condición social, hemos llegado a un punto en el que
cada uno busca su realización personal, en forma directa y libre -en
algunos casos la acumulación, en otros la supervivencia- con total
abstracción de lo que pueda estar ocurriendo en la sociedad que integramos.
Pero esa falta de compromiso social y polìtico, a su vez, provoca
tal precariedad en el proyecto social que condiciona en forma determinante
cualquier desarrollo personal.
Las
causas de este comportamiento son múltiples y se hunden en las raíces
históricas de las costumbres argentinas. Pero un factor determinante
para las generaciones hoy activas ha sido, sin duda, este continuo
vivir “en emergencia”, con reglas cambiantes y confusas, con criterios
de justicia siempre puestos en duda, y con vaivenes en las políticas
de estado y en los mismos regímenes (democracia/dictaduras) que impulsan
a la gente común a resguarecerse en su familia y sus seres más queridos.
La
confianza interpersonal es superficial y de corto plazo a un punto
alarmante. Y los proyectos colectivos tienen que lograr resultados
y/o utilidades rápidamente, antes de que se produzca una nueva crisis.
Retomar la confianza supone, por tanto, recuperar la estabilidad y el
respeto por las reglas de convivencia (incluyendo en un sentido
amplio las normas jurídicas y los principios éticos básicos) y este
es el primer hito de nuestro diagnóstico.
Reconstruir
los servicios básicos.
Un
segundo elemento de análisis es la falta de una plataforma básica
de servicios y de derechos esenciales que constituyen la esencia del
bien común.
En
efecto, los eternos debates en Argentina hacen referencia a esta paradoja:
¿Cómo exigirle respeto a la ley y cómo aplicarle un régimen de premios
a castigos a un ciudadano que no puede satisfacer las necesidades
básicas de salud, educación y cultura?. La justificación es más fuerte
si esas personas ven que su precariedad y su marginación, en verdad,
es lo único estable en el país y que hay mínimas posibilidades de
que sus hijos puedan vivir una mejor situación.
Argentina,
en este sentido, muestra una realidad más dramática que el resto de
los países latinoamericanos, puesto que el inconsciente colectivo
aún guarda en la memoria épocas no tan lejanas donde la movilidad
social y la sustentabilidad de una amplia franja de clase media eran
el orgullo del país y estaban garantizadas por conquistas ejemplares
como un sistema de educación pública de excelencia, la igualdad de
todas las personas –nacionales y extranjeras- frente al régimen jurídico,
etc.
El
segundo hito, entonces, pareciera sentenciar que no habrá proyecto
de país posible, si la mayoría de la población no percibe que las
cuestiones que hacen a su subsistencia y condiciones mínimas acordes
a su dignidad no tienen visos de superar la situación actual
Recuperar
el Rol arquitectónico de la política.
En tercer lugar, hay que incorporar al análisis a lo político ya no
en sus falencias como administrador de servicios básicos ni como garante
de la estabilidad y del cumplimiento de la ley, sino como eje arquitectónico
del proyecto de sociedad.
Es
ésta, tal vez, la falencia más importante aunque también la más intangible.
El Estado y en general los líderes y la estructura política no han
podido formular un proyecto de nación que inspire un sentido común
en la ciudadanía. Ausente esa visión integradora, las personas pierden
el sentido de su misión personal.
Ciertas
sociedades han hecho de la visión del liberalismo político -en sus
planteos más desafiantes- un verdadero baluarte de su desarrollo.
El Estado se ha encargado de gobernar con neutralidad los medios,
pero los fines sustanciales y su consecución quedan supeditados al
libre juego de la iniciativa privada.
Sin
embargo, Argentina en particular y Latinoamérica en general, llevan
íncita en su idiosincrasia una dependencia importante de la iniciativa
del Estado y una subordinación a la visión que plantean los grandes
liderazgos políticos. Aún asumiendo como proyecto una paulatina transformación
de esta actitud más sumisa, por una más apegada al auto-desarrollo,
el principio de subsidiariedad y el fortalecimiento de la Sociedad
Civil, todo requiere de un Estado comprometido con esa visión, dispuesto
a apoyarla con su sistema legal, educativo e institucional.
El
tercer hito es la necesidad de elaborar el proyecto político que sentará
las bases para que las personas puedan encontrar libremente su “lugar
en la sociedad” y así ubicados convertir la búsqueda de su realización
personal en un engranaje del desarrollo social.
Crecimiento
Económico.
Por último, el desafío del crecimiento económico sustentable y con
equidad social. Esta variable es el punto de mayor tensión, puesto
que las visiones sobre cuál es el camino para el desarrollo económico
difieren de tal manera entre los diversos grupos de poder y referentes
que –frente a la debilidad del Estado- la cuestión se convierte en
una guerra entre corporaciones por ver quién logra la complicidad
del gobierno de turno para beneficiarse, incluso en forma ilegal.
La
ciudadanía tiene a ésta como la principal prioridad. En general todos
los estudios y encuestas coinciden en señalar la conciencia generalizada
de que no habrá transformación social posible si no se produce un
ciclo de crecimiento económico vigoroso y sostenido.
Ese
afán de desarrollo explica, por ejemplo, el apoyo inusitado que recibió
Carlos Menem a lo largo de sus dos presidencias, a pesar de las serias
irregularidades institucionales que se produjeron durante su gobierno.
Sin embargo, la apertura económica y la reforma en ciertos sectores
críticos produjo una década de crecimiento que trajo alivio a una
población agobiada por las sucesivas crisis y la hiperinflación.
Pero
esa misma década demostró a la gente, que el crecimiento no tiene
una relación directa con la mejora de variables como el empleo o la
reducción de la pobreza. Quedaron así en evidencia que los problemas
estructurales antes referenciados eran condiciones independientes
de la reactivación económica. Un desempleado sin capacitación no conseguirá
empleo, aún cuando el crecimiento sea extraordinario.
Los
argentinos en lugar de concluir que era necesario apurar las reformas
estructurales de fondo, terminamos por pensar -influenciados por ciertos
líderes populistas- que el problema era el crecimiento económico mismo,
la apertura al mundo, y la estabilidad de ciertas variables básicas
como la convertibilidad fija del peso al dólar.
Hoy
estamos en un punto de encrucijada. Con una necesidad imperiosa de
crecer para generar trabajo genuino y recursos para financiar la transformación
social y sin embargo con una sociedad que no está dispuesta a enfrentarse
a su realidad, a sus falencias, y producir las reformas pendientes.
Es una sociedad que pareciera no querer escuchar su diagnóstico, y
mucho menos cuál es el remedio. Prefiere la anestesia de discursos
demagógicos que prometen descubrir modelos alternativos.
El
cuarto hito en nuestro diagnóstico constituye el mayor de los desafíos.
Generar las condiciones para que el crecimiento económico sea sustentable
y a la vez que sea inclusivo de todos los sectores nos obligará a
imaginar un verdadero shock para abordar toda la problemática resumida
en el cuadro 1 al mismo tiempo y en un plazo relativamente breve.
La sensibilidad social no resistiría procesos de largo aliento y se
vería tentada contínuamente por esas promesas de supuestas alternativas.