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Civilitas
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DEMÓSTENES
Su
vida es contemporánea con la de Aristóteles: nacen el mismo año y mueren
el mismo año, unos meses después que Alejandro Magno. El orador y hombre
de estado —figura descollante en la Atenas del siglo IV a.C.— nace en
el demo ateniense de Peania en el 384. Muere suicidándose con veneno—para
no caer vivo en manos de Antípatro— en el 322. Todo en su vida y en
su obra le supuso un enorme esfuerzo. A lo largo de la historia ha sido
un lugar común ponerlo como ejemplo de quien ha sabido vencer sus dificultades
naturales. Al quedar huérfano de padre a los siete años, sus tutores
le arrebatan injustamente la herencia y comienzan sus penalidades para
abrirse camino en la vida. Su primera actuación como orador litigante,
tendrá que llevarla a cabo apenas superada la pubertad, para intentar
recuperar parte de sus bienes, enfrentándose con sus desleales tutores.
Trabajará como logógrafo y abogado, y ejercerá también el magisterio
en elocuencia y en leyes[1].
Es discípulo de Iseo y atento lector de Isócrates. El comienzo
de su vida de hombre público también está erizado de grandes inconvenientes.
Cuando en el 354 a.C. interviene directamente por primera vez en la
política exterior de Atenas, ésta vive plenamente la crisis de la democracia,
producida por la acumulación de los perjuicios derivados del desequilibrio
económico, social y político que se venía arrastrando desde la guerra
del Peloponeso. Entre otras dificultades podemos espigar: devastación
de tierras, destrucción de olivares y viñedos, revueltas en las ciudades
aliadas, que abandonan a Atenas, desaparición del phóros
—tributo de la Liga Ático-Délica que pagaban las ciudades confederadas—,
demolición de los Muros Largos que conectaban con El Pireo, desintegración
de la flota que había asegurado el dominio de los mares... Todo ello
ha provocado el desinterés de los ciudadanos por la política y su negativa
firme a contribuir a los gastos de la guerra. A mediados del siglo IV
a.C Atenas se encuentra en la situación de decadencia magistralmente
descrita por Isócrates en el Aeropagítico.
Ya no parece posible la Atenas del Panegírico. A ese
enjambre de dificultades se enfrenta Demóstenes, intentando hacer retoñar
las glorias del pasado, pero sometiendo sus anhelos a un cauteloso realismo.
Sigue en esto el ejemplo de eminentes estadistas de la Segunda Liga
Marítima, en especial Calístrato de Afidnas. Estudió a fondo la obra
de Tucídides para inspirarse y hacerse con la esencia del glorioso pasado
patrio. Políticamente debuta en el partido conservador de Eubulo, "insigne
hacendista, defensor a ultranza de una política fundamentalmente atenta
a los asuntos económicos y financieros del estado"[2].
Pero en 352 a.C. pasa a una fase más activa, desvinculándose de Eubulo,
a quien considera excesivamente prudente y atento sólo a los asuntos
internos. Se inicia así en la línea política seguida anteriormente por
Calístrato, caracterizada por el principio del equilibrio de fuerzas,
como se refleja en su discurso En
defensa de los Megalopolitas. A pesar de no haber sido atendida
su propuesta, el desarrollo posterior de los hechos confirmó el acierto
de su análisis. Haciendo
un rápido recorrido por el Corpus
Demosthenium, nos encontramos después con el discurso Por la libertad de los rodios, donde se enfrenta otra vez a la opinión
preponderante y a la política pacifista de Eubulo; allí ya da a entender
que el verdadero peligro para Atenas es Filipo II de Macedonia y no
el Gran Rey de Persia. Los acontecimientos posteriores volvieron a darle
la razón. Con los cuatro discursos Contra
Filipo y los tres Olintíacos
—conocidos tradicionalmente como Filípicas
y Olintíacas— Demóstenes pretende transformar
la voluntad de su pueblo ante la nueva situación, educándolo en el discernimiento.
Los atenienses se niegan a aceptar los sacrificios que pide el orador
peanieo, pero éste, una vez más, acierta: en el año 348 a.C. cae Olinto
y son destruidas todas las ciudades de la Confederación Olintíaca. Paradójicamente,
él y su enemigo Esquines son nombrados para la embajada que negociará
la paz en la corte de Filipo; se conseguirá en el 346: la "Paz
de Filócrates". En su discurso Sobre
la paz —a diferencia de Isócrates en su Filipo—
está convencido de que es inevitable el conflicto definitivo con el
macedonio, pero busca la opción posible más realista y oportuna. Hay personas
cuyo sino es oponerse a otras. Es el caso de Esquines[3],
el gran rival de Demóstenes. Constituye un interesante modelo de temprano
pragmatismo político. Considera utópico y fuera de tiempo (anacrónica)
la pretensión de Demóstenes de mantener la hegemonía de Atenas. Hay
que adaptarse a los tiempos, y a la evolución de las ciudades-estado.
Funda una nueva praxis política. En el
Segundo discurso contra Filipo, Demóstenes
hace ver que, una vez más, los hechos han dado la razón a sus advertencias,
y arremete contra Esquines, presentándolo como culpable de tantos fracasos
en la política exterior de Atenas y de las desafortunadas decisiones
a las que condujo su influencia: un espíritu aparentemente moderado
y sensato, imbuido de un pragmatismo escéptico con los grandes ideales,
pero a la postre gravemente imprudente, por no saber discernir el significado
más profundo de los hechos. Esquines es procesado, aunque absuelto por
una mínima diferencia de votos. No así Filócrates. Ambos procesos son
consecuencia del discurso demosténico Sobre
la embajada fraudulenta[4],
y la eficaz acción de Hiperides. El vibrante
patriotismo panhelenista de sus discursos posteriores es, en marcada
diferencia con el panhelenismo de Isócrates, de un fuerte acento antimacedónico.
A partir del año 342 a.C. su elocuencia recorre las ciudades griegas
ganando aliados para su causa. En la Cuarta Filípica incluso insinúa que Persia podría entrar en la alianza.
Se unen Argos, Acaya, Arcadia, Corinto, Mesenia, e incluso Tebas, a
la alianza contra el Macedonio capitaneada por Atenas. La estrategia
del equilibrio de fuerzas aún está vigente, pero cuando aprovechando
un resquicio que le brinda el Consejo Anfictiónico[5]
—por una desacertada intervención de Esquines— Filipo cae sobre Elatea
en Beocia, el gran orador ateniense acepta que ha llegado el momento
en que tienen que decidir las armas. Ya estamos en la celebérrima batalla
de Queronea (338 a.C.) —cuna y morada de Plutarco— sepultura de la autonomía
de las ciudades griegas. Ocho años
después de esa decisiva batalla, en el año 330 a.C., se pronuncia el
discurso que es obra maestra de la oratoria de todos los tiempos: Sobre la corona. La ocasión es defender
a Ctesifonte de la acusación de Esquines, quien acusa de ilegal la propuesta
de aquél, consistente en conceder una corona de oro a Demóstenes en
premio a sus servicios públicos. La enemistad irreconciliable entre
los dos grandes oradores opera como fuerte estímulo interno en esta
pieza magistral. Pasados 24 siglos, podemos seguir fijándonos en su
estrategia conceptual y verbal para aprender retórica política. En su
momento, ya había advertido Libanio en sus Argumentos: "Pero
el orador no sólo comenzó por la cuestión de su gestión de los asuntos
públicos, sino que, además, volviendo a ella acabó su discurso, obrando
así de acuerdo con las reglas del arte: pues hay que comenzar con los
más fuertes argumentos y terminar en ellos (...). A esta última ley,
la tercera, que resultaba útil, asiéndose el orador como a un ancla,
derribó al adversario, valiéndose para ello de un procedimiento habilísimo
y tremendo para su acusador: pues por ahí pudo hacer presa en su enemigo
y abatirlo. Porque las otras dos leyes (...) ,desechándolas, las arrojó
a la parte central del discurso, maniobrando así como astuto general
«al haber empujado a los cobardes al centro»; y, en cambio, emplea su
argumento más fuerte en los extremos, fortificando por uno y otro lado
los puntos débiles de las demás partes"[6]. La argumentación
académica suele proceder de lo más a lo menos universal, apoyando las
razones posteriores, o derivadas, en las anteriores que les sirven de
sustento. Se intenta ir pasando de lo más simple a lo complejo. De este
modo, se comprende mejor la progresión del razonamiento y éste va ganando
fuerza en su desarrollo. Pero a la hora de pasar al debate político
—donde se trata de convencer también a través de efectos emotivos— es
útil estar atento a no dejarse influir demasiado por ese método de origen
académico —menos brillante y efectista— y saber usar los recursos propios
del arte retórico, como podemos aprender en Demóstenes. La inesperada
muerte de Alejandro en Babilonia, durante el año 323 a.C., hace renacer
la esperanza de libertad en las ciudades griegas. Demóstenes e Hiperides
trabajan en la organización de una liga de resistencia. Después de unos
prometedores inicios bélicos en la llamada "Guerra Lamíaca",
el general de las huestes macedónicas, Antípatro, derrota en Tesalia
a la alianza griega. Antípatro no solamente establece una guarnición
en Muniquia y reforma la constitución ateniense, sino que también ordena
la entrega de algunos selectos políticos antimacedonios, entre los que
están Hiperides y nuestro orador. Éste huye, se acoge al sacro asilo
del templo de Posidón en Calauria, pequeña isla en la costa de la Argólide,
cercana a Trecén —patria de Teseo—, pero cercado por sus perseguidores
—comandados por el actor Arquias— se suicida ingiriendo veneno, para
no caer en manos de Antípatro. Estamos en el 322 a.C., año en que mueren
Demóstenes, Hiperides, y la independencia de Atenas. Demóstenes
es también el canto de cisne de la democracia griega[7].
Se cierra un tiempo dorado a los ojos helénicos para siempre, y al que
vuelven continuamente la mirada los nostálgicos de una democracia que
aparece como paradigma político universal. Ofrecer
una reseña de la acción política de Demóstenes puede parecer poco congruente
con el enfoque dado al tratamiento de los autores clásicos anteriores,
ya que en él no parece encontrarse una toma de posición clara a favor
de la relación entre Paideia
y Politeia[8]. Por otra parte, la historia
de su vida y su fracaso final —a pesar de los aciertos en sus anticipaciones
y diagnósticos— así como el balance entre la filosofía política de Jenofonte,
Isócrates, Platón y Aristóteles, y los resultados políticos posteriores
para la patria griega, puede hace pensar que el esfuerzo por priorizar
lo político y formar futuros buenos dirigentes es inútil. Autores
y actores políticos tan preparados y brillantes, alcanzaron en la práctica
magros resultados. Pueden ser un símbolo de ello, los escasos nueve
años que dura la primacía tebana a pesar de la inmensa estatura de Epaminondas,
o las poco más de tres décadas de prevalencia efectiva de Esparta, a
pesar de haber sido preparada durante siglos de férrea educación y disciplina.
Ese balance que puede ser entendido como negativo, nos permite justipreciar
la acción de otros factores que intervienen, además de los buenos o
malos políticos y la formación recibida. Influyen también el resto de
los ciudadanos —muchas veces para mal—, influyen las otras ciudades,
los demás países (Persia, Macedonia...), influyen las cambiantes circunstancias
materiales y económicas, las catástrofes naturales (que para ellos eran,
además, la voluntad de los dioses...), y un largo etcétera. Pero el
"fracaso" de una buena voluntad política, sirve para ampliar
el conocimiento de las variables que intrevienen en lo político-social
y, en cualquier caso, no puede inhibir de intentar hacer todo lo
que se puede hacer. Es el camino que tomaron estos grandes hombres[9].
No podemos olvidar —como bien recuerda Leo Strauss[10]—
que es característico de la mejor filosofía política el intentar ser
perfectiva. Está en su esencia, y todo
lo que lleve a la posibilidad de perfeccionar, de mejorar, le interesa.
Demóstenes no intentó perfeccionar la política de su tiempo con la educación,
pero sí lo intentó con su propia dedicación, y con un temple, generosidad
y derroche de talento, admirables. Además, estos autores aparentemente
fracasados en el corto plazo de las realizaciones políticas concretas,
han servido de inspiración perenne y universal en el largo aliento del
pensamiento filosófico-político. Existen otros modos de dominar, más
allá del sometimiento militar y de la imposición de la propia potestad
en lo institucional, y con el comienzo del helenismo se inicia una forma
de dominación en lo intelectual, y en lo cultural, que dura hasta nuestros
días. [1] Para conocer la obra de
Demóstenes hemos usado la edición: DEMÓSTENES, Discursos Políticos, en tres volúmenes, de la Biblioteca Clásica Gredos
(números 35, 86 y 87) con introducciones, traducción y notas de A.
López Eire, Madrid 1980-1985. Para conocer su vida, la fuente principal
de todos los autores suele ser PLUTARCO, Vida
de Demóstenes. LIBANIO es también importante por su Argumentos de los discursos de Demóstenes, acertadamente incluido
como parte de la introducción, y luego intercalado como comentario
a cada pieza específica, en la edición que utilizamos. El gran rival
de Demóstenes, ESQUINES, brinda también datos biográficos suyos (cfr.
ESQUINES, Discursos, Testimonios, Cartas, introducciones,
traducción y notas de José María Lucas de Dios, Colección Clásica
Gredos nº 298, Madrid 2002, 650 pp). Son de interés, asimismo, los
datos autobiográficos que brinda nuestro autor en alguno de sus Discursos, y La Vida de los diez oradores del PSEUDO-PLUTARCO, la Epístola a Ameo de DIONISIO DE HALICARNASO,
y los tres artículos del Lexicon
de SUIDAS dedicados a Demóstenes. [2] Cfr. LÓPEZ EIRE, A., en DEMÓSTENES, Discursos Políticos I, Biblioteca Clásica
Gredos nº 35, Madrid 1980, 1ª reimpresión 1993, pág. 17. [3] Cfr. ESQUINES, Discursos, Testimonios, Cartas, introducciones,
traducción y notas de José María Lucas de Dios, Colección Clásica
Gredos nº 298, Madrid 2002, 650 pp. [4] Cfr. DEMÓSTENES, Discursos Políticos II, Gredos 86, Madrid
1985, 442 pp. [5] Cfr. DEMÓSTENES, Discursos Políticos III, Gredos 87, Madrid
1985, 466 pp. [6] LIBANIO, Argumentos de los Discursos de Demóstenes, en DEMÓSTENES, Discursos I..., pp. 375-376. [7] Cfr. CLOCHÉ, Paul, Démosthène et la fin de la démocratie athénienne, Paris 1937; CLEMENCEAU,
Georges, Démosthène, Paris
1924; FERNÁNDEZ-GALIANO, Emilio, Demóstenes,
Discursos escogidos, Madrid
1978; JAEGER, Werner, Demóstenes.
La agonía de Grecia, México 1945; PICKARD-CAMBRIDGE, A.W., Demosthenes and the last days of Greek freedom, Londres 1914. [8] Werner Jaeger, tanto en su obra Demóstenes, como en Paideia, discrepa con firmeza contra esta interpretación mayoritaria.
Entre otros argumentos, afirma: "... este discurso (sobre los
armamentos) termina con el pensamiento de que la apelación a los hombres
de la política no ha servido de nada y de que es
necesario educar al pueblo en un nuevo espíritu, puesto que los
oradores no hacen sino hablar como el pueblo quiere que hablen. Estas
palabras encierran todo un programa (...) Su
unidad se basa en la grandiosa idea de la educación del pueblo..."
(cfr. JAEGER, W., Paideia..., pp. 1093-1094). [9] No puede confiarse en que aparezcan como por "generación
espontánea" hombres y dirigentes providenciales, si no se procura
detectarlos, animarlos, formarlos bien y lanzarlos a la acción pública.
Las cosas no se arreglan solas, como a veces sugiere la pereza mental. [10] Cfr. STRAUSS, Leo,
¿Qué es Filosofía Política?,
Ediciones Guadarrama, Madrid 1970, (título
original: What is Political
Philosophy?, The Free Press, New York 1968), pp. 11-12. Un ejemplo de esta diferencia entre
filosofía política y teoría política en el arco de tiempo y espacio
que estamos considerando es, por ejemplo, la que hemos encontrado
entre Isócrates, Jenofonte, Platón y Aristóteles —todos ellos preocupados
del aspecto perfectivo para la sociedad— y algunos
autores de la época, como el Pseudo-Jenofonte en La República de los Atenienses, donde de manera temprana (440-420
a.C.) se formula una teoría o ciencia política que no quiere ser filosofía:
se tratan los factores históricos, geográficos, productivo-económicos
y demográficos, que influyen en la configuración de un determinado
régimen político —casi podría decirse que es un ensayo avant la lettre sobre la influencia de la "infraestructura"
en la "superestructura"— pero desvinculado de lo que pueda
ser mejor o peor para la felicidad de los ciudadanos (cfr. PSEUDO-JENOFONTE,
La República de los Atenienses,
introducción, traducción y notas de Orlando Guntiñas Tuñón, Colección
Clásica Gredos nº 75, Madrid 1984). El caso de Esquines es otro ejemplo
de pragmatismo político que genera una teoría política, desconectada
de intenciones finalísticas. Su postura promacedónica es producto
de puras razones de oportunidad. Su elegancia en el decir, más su
habilidad para la insinuación insidiosa y para el halago de los sentimientos
populares, no le alcanzaron para vencer a Demóstenes: le falta el
requisito de ser vir bonus para que el dicendi
peritus logre convencer.
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