|
Civilitas
|
![]() |
||||||
|
“Los
bajos salarios políticos como factor generador Los “sobresueldos” en la Argentina Por
Luis María Caballero Desde comienzos de los años 90 el problema de la corrupción se ha transformado
en la Argentina en una cuestión de la mayor importancia. Si bien desde hace mucho tiempo la llamada “viveza criolla” es considerada
un mal nacional, podemos decir que es posible que los argentinos hayan
comprendido que un sistema corrupto lleva irremediablemente al fracaso
político, económico y social sólo
a partir de los escándalos ocurridos desde 1989 y hasta el día de
hoy. En el presente trabajo se intentará analizar brevemente la naturaleza
del fenómeno de la corrupción teniendo en cuenta una de sus posibles
causas. 1) En la Argentina actual hay quienes ya han comenzado a creer, efectivamente,
que la corrupción forma parte del modo de “ser nacional”. No es infrecuente
escuchar, aún entre niños de edad escolar, que ellos “como buenos
argentinos” hicieron trampas en algún examen, llegaron tarde a una
cita, se saltaron lugares en una fila, o lograron ingresar al cine
sin pagar la correspondiente entrada. Es sorprendente y en cierto
modo desesperanzador comprobar que, a comienzos del siglo XXI, sigue
siendo muy actual lo que en su tango Siglo XX, cambalache afirmara
hace tanto tiempo Enrique Santos Discépolo. Para muchos en la Argentina,
“el que no llora no mama, y el que no afana[1] es un gil[2]”. Fueron Almond y Verba quienes inicialmente plantearon que existen pautas
de acción y de comprensión de la realidad política que son comunes
a los individuos de la misma sociedad. Este primer paso llevó a un
estudio más profundo de la cultura política, que intentó descubrir
en qué medida esa comprensión de la realidad llega a ejercer cierto
control sobre las élites políticas y sobre sus decisiones[3].
El modo de comprender una realidad política actúa de alguna manera
como un condicionante eficaz de ella. Sin
embargo, a pesar de que la realidad de la corrupción surge a la vista,
y su veracidad es tan evidente que no requiere de profundos análisis,
para evitar la tragedia de la resignación habrá que comprender que
el modo de llevar adelante “el destino común” en la Argentina no es
producto de una cuestión biológica, ni nace de alguna característica
ontológica de sus habitantes, sino que proviene de diversos factores
que deberán ser analizados y modificados. Las
teorías lombrosianas y el pensamiento de Ferri no tienen aplicación
en este esquema. Si la realidad ineludible fuera que cada uno de los
argentinos es un corrupto, o un vago recalcitrante, o un verdadero
pícaro, sería muy difícil de explicar por qué tantos de ellos, obligados
a emigrar por diversas razones, se destacan y obtienen reconocimiento
en sus actividades, cualesquiera que éstas fueran, en cualquier sitio
del mundo en el que se encuentran. Por otra parte, lo mismo cabe decir
de los millones de argentinos que honesta e incansablemente trabajan
a diario por conseguir un país mejor. Llegados a este punto debemos
convenir en que las razones del fracaso colectivo del país, o de la
"inviabilidad" de su proyecto de nación, no son genéticas
o naturales; sino que, precisamente, provienen de la ausencia de un
verdadero proyecto y de la falta de una clara conciencia de lo común.
Esto trae consigo la búsqueda de la salvación individual, aunque el
resto se hunda. Por
la reciente aparición de numerosos escándalos mediáticos pareciera
que la corrupción de la clase política argentina (que hoy comienza
a extenderse, como un cáncer, en la sociedad) no es demasiado antigua,
pero haciendo una somera investigación de la historia del país, uno
se encuentra con que en todas las épocas han existido personajes que
ya en el pasado utilizaron los mismos métodos que en la actualidad.
Sin embargo, hoy se presenta un cuadro sumamente doloroso que obliga
a pensar, a lo mejor por primera vez colectivamente, en las opciones
existentes para construir un país de verdad. Claramente, una pobreza
que alcanza a más del 30 % de la población, una desocupación que castiga
al 10% de los argentinos en edad de trabajar y un futuro que se presenta
cada vez más incierto por la falta de un proyecto nacional sustentable,
no permiten dilaciones. El "roban, pero hacen" ya no debe
convencer a nadie. Urge un cambio profundo en la cultura política
del país. Antes
de proseguir con este análisis habrá que determinar qué se entiende
en este trabajo por corrupción, pues las diferentes concepciones que
de ella existen plantean la necesidad de observarla desde distintos
puntos de vista. Un concepto restringido y positivista de corrupción
se referirá sólo a la violación de normas concretas, mientras que
una definición más genérica incluirá también elementos sociales o
de convivencia más abstractos. No es lo mismo considerar la corrupción
como una ofensa a la moral pública que simplemente como un delito.
Cuando aquí se habla de ella no nos estamos refiriendo únicamente
a “coimas” (comisiones ilegales) y sobornos, prohibidos por la ley,
sino también, y principalmente, a cualquier acto que, por medio
de la utilización de un poder otorgado, desvirtuando los fines de
la función pública, y aún de la actividad privada, tiende a lograr
para el que lo realiza (individuo, empresa o partido político) un
beneficio propio, en desmedro del bien común. Según esta definición, llevar adelante obras
faraónicas a costa de hipotecar las posibilidades de administración
de gobiernos futuros, es corrupción. Realizar ayuda social y repartir
bolsones de alimentos con el solo objeto de lograr la asistencia masiva
a un acto político o de asegurarse un determinado caudal de votos,
también es corrupción. Que un funcionario reciba una asignación extraña
al salario fijado por la ley, proveniente de partidas presupuestarias
destinadas a otros fines, que no habrán de ser cumplidos por este
desvío de fondos, sin lugar a dudas, también es corrupción. Esto es
así, independientemente de si luego se paga el impuesto a la renta
por ese “bonus”, declarándolo como “ingresos varios”, ante
la certeza de que jamás se investigará su origen. Este
panorama, que a simple vista parece desolador, debe plantearse también
de un modo positivo intentando descubrir las oportunidades que se
abren como consecuencia de esta crisis. Para aprovecharlas, sin embargo,
habrá que cambiar muchas cosas. La feracidad de la tierra argentina,
la fecundidad de su suelo, han gestado en muchos argentinos una cultura
basada en la ley del menor esfuerzo. Afirmaciones que hoy parecen
mitológicas por lo lejanas (la Argentina es el granero del mundo),
o el convencimiento (muy generalizado hasta hace poco) de que allí
es imposible que pueda existir el “hambre”, son muestras cabales de
la confianza ciega que durante mucho tiempo existió en una abundancia
y en unos dones que debían venir de la naturaleza misma, casi sin
necesidad de la intervención humana. Hoy empiezan a percibirse síntomas
de un cambio de mentalidad. Empieza a hacerse evidente que la vida
debe ser distinta. Existe una realidad que debe ser cambiada, pues
ya no bastan los paliativos, ni alcanza con manifestar de vez en cuando
el descontento. Se hace patente la necesidad de comprometerse y contribuir
a ese cambio. En especial para los jóvenes, que son sinónimo de fuerza
y decisión, por mucho que se haya hecho por aserrar sus ilusiones. Habiendo llegado a este punto, y ante una realidad que indica que no
existe ningún “gen argentino” que predisponga a la corrupción, habrá
que convenir en que el problema es cultural. El grado de aceptación
que hoy tienen muchas conductas corruptas en el país es indudablemente
una de sus principales causas y habrá que descubrir el modo de quebrar
el círculo vicioso que lleva a ello. Quizás pueda parecer simplista el análisis, pero he de centrar este trabajo
solamente en una de las causas que facilitan esa aceptación en el
ejercicio político (los bajos salarios que reciben los funcionarios
políticos), y sólo en una de sus manifestaciones (la percepción irregular
de ingresos por fuera del sistema legal de remuneraciones). 2) Uno de los grandes males que padece en la actualidad la Argentina
es la falta de confianza entre los distintos actores sociales. Un
famoso humorista argentino, de profundo sentido común, escribió hace
un tiempo una breve reflexión que describe situaciones cotidianas
en las que cada individuo se niega a creer que los que lo rodean puedan
jugar limpio[4].
Un aserto acuñado hace muchos años, absolutamente falso pero que ha
adquirido carta de ciudadanía en el país, afirma que “en la Argentina
nadie ha hecho la plata trabajando”, y un personaje muy conocido,
sindicalista y luego senador nacional, afirmó en otra ocasión, quizás
sin darse cuenta de que usando la primera persona del plural quedaba
implicado: “si dejamos de robar dos años, la Argentina sale adelante”. ¿Cómo alguien puede confiar en una clase dirigente que realiza ese tipo
de afirmaciones? “Nadie” sería la respuesta más obvia, pero en la
Argentina existe una profunda contradicción. Casi ningún argentino
cree que la clase dirigente actual sea capaz de llevar adelante en
el país un mani pulite similar al que se llevó adelante en
Italia hace unos años, pero al mismo tiempo, fatalmente, cada cuatro
años las elecciones llevan al poder a los mismos de siempre, porque
“la voluntad Afirma el embajador español ante la Naciones unidas Antonio Núñez García-Saúco
“La corrupción y los comportamientos desprovistos de ética socavan
los principios básicos de los regímenes democráticos, disminuyen los
niveles de confianza de los ciudadanos en esos regímenes y atentan
contra el Estado de Derecho”[5]. El desprestigio de la clase política ha llegado a límites insospechados,
pero ese desprestigio, y en especial algunas manifestaciones de esa
desconfianza, contribuyen en cierto modo a que la corrupción se mantenga
en los niveles actuales y siga creciendo. Son parte de un círculo
vicioso del que es muy difícil salir. En la Argentina existe el convencimiento
de que los políticos “ganan demasiado” y de que es necesario que los
salarios políticos se mantengan en los niveles actuales o que bajen
aún más. Quizás si pensamos en lo que los funcionarios públicos hacen
desde el punto de vista de la eficacia puede parecernos que eso es
así, pero habrá que analizar objetivamente si en el sector público
argentino se perciben salarios altos o bajos. Hasta el año 2002 el tope de los salarios políticos brutos para el Presidente,
su gabinete de Ministros y funcionarios subalternos (Secretarios de
Estado, subsecretarios, directores y subdirectores) era de Tres Mil
Pesos ($3.000), equivalentes a la misma suma expresada en dólares
estadounidenses. A partir de ese año, un decreto de necesidad y urgencia
emanado del Presidente de la nación dejó establecido que dicho monto
correspondería al neto “de bolsillo”, luego de las retenciones de
ley. A primera vista podría parecernos que esto es un “aumento” de
salario, pero como para ese entonces ya se había producido el derrumbe
del país, y por consiguiente la devaluación de la moneda argentina
respecto del dólar, ese sueldo neto de Tres Mil Pesos, ahora equivalían
aproximadamente a Mil Dólares (U$S 1.000). El Presidente de la nación
argentina percibía por ese entonces un sueldo inferior al que un abogado
junior percibe en un Estudio Jurídico mediano de la ciudad
de Buenos Aires. El presidente Néstor Kirchner, que llegó a la primera magistratura del
país con un discurso basado en la transparencia, modificó en el año
2004 los topes a percibir, llevándolos a Seis Mil Pesos ($6.000)[6].
Es decir que actualmente el presidente argentino percibe un salario
de aproximadamente Veinticuatro Mil Dólares (U$S 24.000) anuales,
mientras que el presidente Estadounidense gana en el mismo periodo
Cuatrocientos Mil Dólares (U$S 400.000), el presidente mexicano Trescientos
Seis Mil (U$S 306.000), el primer ministro británico Doscientos Treinta
y Cinco Mil Trescientos (U$S 235.300)[7],
y el jefe de gobierno español cerca de Noventa Mil (U$S 90.000)[8]. Se podrá objetar que la realidad de cada país es distinta y que se han
elegido para la comparación a los presidentes mejor pagos del mundo,
pero si se hace un rápido repaso de los salarios presidenciales de
los países más cercanos a la Argentina uno se encuentra con que el
presidente de Chile tiene un sueldo equivalente a Cincuenta Mil Dólares
(U$S 50.000) al año, el del Perú Cuarenta y Ocho Mil (U$S 48.000)
y el de Brasil Cuarenta Mil (U$S 40.000)[9]. Resumiendo, el presidente de la República Argentina, uno de los países
más ricos de la región, es el peor pago de toda América y uno de los
peor pagos del mundo. Si a esta realidad objetiva le sumamos el hecho de que en Estados Unidos
el CEO (Chief Executive Officer) de una empresa privada mediana gana
aproximadamente lo mismo que el presidente mientras que en la Argentina
ganaría más de 5 veces más, comprendemos lo absurdo de mantener un
esquema de salarios de esa naturaleza. Plantear un ejemplo concreto puede ayudar a comprender la situación.
En el año 2004 saltó a la luz uno de los escándalos de corrupción
más grandes de los últimos tiempos en la Argentina. Durante la investigación
por supuesto enriquecimiento ilícito a una ex funcionaria del gobierno
del presidente Carlos Menem, la estrategia de la defensa se basó en
pretender justificar el incremento patrimonial de la acusada en que
éste se había producido, no debido a la percepción de sobornos ni
a ningún tipo de corrupción, sino a que, al igual que sus compañeros,
la procesada percibía un adicional a su salario, equivalente aproximadamente
a 10 veces el mismo. Se afirmó también que tal hecho no se daba a
conocer abiertamente para evitar la susceptibilidad de la opinión
pública. Por último, se utilizó como justificante para dicho accionar
que el nivel de las responsabilidades asumidas tornaba absurdo un
salario como el fijado legalmente. A raíz de estas declaraciones y de la repercusión mediática y social
que tuvieron, muchos funcionarios procesados por el mismo motivo,
reconocieron haber participado del mismo sistema de percepción de
ingresos[10]. Ese fue el inicio de una serie de reflexiones que hoy intento plasmar
en este trabajo. a) En efecto, parte de lo expresado por la defensa de la Ing. María Julia
Alsogaray, ex Secretaria de Medio Ambiente de la Nación y ex Interventora
de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones, es real: resulta incomprensible,
y sería ridículo si no causara honda preocupación, que alguien que
tiene en sus manos tales responsabilidades gane lo mismo que el gerente
de una pequeña tienda de comestibles. Esta conclusión me lleva a una
primera pregunta. b) ¿Es lícito entonces que se recurra al ardid de percibir importes por
fuera del sistema legal de remuneraciones sólo para evitar “herir
susceptibilidades” en lugar de intentar explicar a la opinión pública
la necesidad de que los funcionarios estén bien pagos? Mi respuesta
es, absolutamente, no. Para quien tiene vocación de servir a su Patria
en la función pública las opciones son dos: Se consigue mostrar a
la sociedad la importancia de dicha misión y por ende la necesidad
de que quien la lleve adelante tenga un salario digno, o se aceptan
las reglas del juego hasta que ellas cambien. Los montos dinerarios
que se han destinado al pago de sobresueldos en la Argentina durante
los años de gobierno del Presidente Menem han sido calculados en aproximadamente
Cuatrocientos Sesenta Millones de Dólares (U$S 460.000.000)[11].
Esos fondos provienen de los Cuatro Mil Millones de Dólares (U$S 4.000.000.000)
que durante el mismo periodo dispuso el gobierno como “Gastos Reservados”
del Poder Ejecutivo y de la SIDE (Servicios de Inteligencia Del Estado),
que por ley habrán de ser destinados a tareas de inteligencia y a
gastos corrientes cuya utilización no exige comprobantes. Es decir,
tales fondos tienen un fin determinado y un alcance concreto. No se
trata aquí de los llamados gastos de protocolo o representación, previstos
en la ley,[12]
puesto que éstos también eran pagados a cada funcionario, con su correspondiente
inclusión en la nómina de pagos. El dinero utilizado para pagar sobresueldos no se utilizó para el fin
al que estaba destinado y en la mayoría de los casos no tributó de
ninguna manera, porque el declararlo o no como “ingresos varios” quedaba
librado a la voluntad de cada funcionario. La ex funcionaria que he
tomado como ejemplo también declaró que a partir de 1995 el Ministro
de Economía de la Nación, Dr. Domingo F. Cavallo comunicó a los funcionarios
que era conveniente comenzar a incluir en las declaraciones juradas
la percepción “del sobre”, aunque aún no se tenía claro cómo iba a
poder instrumentarse esa decisión[13].
Esta afirmación, en el caso de que sea cierta, significa que antes
de 1995 (el gobierno del Dr. Menem comenzó en el año 1989) ni siquiera
se había planteado la posibilidad de tributar por esos montos. La
dificultad para ello demuestra la falta de transparencia, de legalidad
y legitimidad que tales pagos suponen. Esta conclusión me lleva a
una segunda pregunta. 3) Como no es lícito “saltarse las reglas del juego” ni siquiera para
paliar una injusticia, puesto que “el fin no justifica los medios”
¿Quién está en condiciones, en la actualidad, de ejercer las más altas
funciones en la Argentina? Ensayo una respuesta: solamente una persona
“rica”, para la que el salario no signifique gran cosa; o un “talento
medio”, que no esté en condiciones de obtener un trabajo mejor en
la actividad privada y para quien ganar Dos Mil Dólares (U$S 2.000)
mensuales como Presidente de una nación sea efectivamente un progreso
en su situación económica o profesional; o un corrupto que piensa
obtener su diferencia económica de otra manera. Ninguna de estas opciones
es halagüeña, pero por suerte también podemos mencionar como candidatos
a dos especies en peligro de extinción: los santos y los héroes civiles.
Cada vez son menos, pero alguno, seguramente, habrá de quedar. 4) En realidad esto que menciono con cierta ironía es el meollo y la
clave de este asunto. La solución ideal, aunque es evidente que ello
no acabaría con la corrupción de la noche a la mañana, sería elevar
los salarios de los funcionarios públicos a niveles normales, a pesar
de que el común de la gente puede no entenderlo, pues “Aunque
el salario no sea el primer factor que las personas consideren al
decidir entrar al sector público, ciertamente ésta es una consideración
que influye en la decisión sobre su carrera”, opinó ante la comisión
Jane K. Weizmann, de la consultora internacional Watson Wyatt Worldwide”[14].
[1] Roba. Cfr diccionario de lunfardo http://www.elportaldeltango.com/lunfardo/a.htm
[2] Tonto. Cfr diccionario de lunfardo http://www.elportaldeltango.com/lunfardo/g.htm
[3] Cfr. Amadeo van Deurs, Belén (1999), La aplicación
de la teoría del framing a la cobertura de la corrupción política
en Argentina (1991 – 1996) Tesis doctoral. Universidad de Navarra.
pág. 22
[4]
Jugando
al desconfío (fragmento), por Mex Urtizberea
[5] Rodríguez
[6] Cfr el sitio de internet
http://www.diariodecuyo.com.ar/home/new_noticia.php?noticia_id=39431
[7] Cfr el sitio de internet http://www.geocities.com/dipublico/Foxsalario.htm
[8] Cfr el sitio de internet http://www.lukor.com/not-por/0409/28124221.htm
[9] Cfr el sitio de internet
http://www.novedadesdetabasco.com/?module=displaystory&story_id=7407&edition_id=213&format=html
[10] Cfr el sitio de internet
http://www.clarin.com/diario/2005/04/30/elpais/p-967720.htm
y sitio de internet
http://www.lanacion.com.ar/herramientas/SoloTexto/Nota.asp?nota_id=720018
[11] Cfr el sitio de internet http://rionegro.com.ar/arch200504/27/n27j10.php
[12] Cfr el sitio de internet
http://www.elterritorio.com.ar/nota.aspx?c=9763536648359502
[13] Edición digital del diario Clarín,
en
http://www.clarin.com/diario/2005/06/07/elpais/p-01101.htm
|