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Civilitas
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Estimados amigos: ¿Cuál es la verdad de la política?
No me voy a detener en la descripción de nuestras decepciones porque
todos sabemos qué diría. Declaremos directamente que
la política está enferma. Que requiere cura. Que no está cumpliendo
sus objetivos. ¿Cuáles son sus objetivos?
Una mitad de la biblioteca nos habla del hombre como lobo del hombre
y nos muestra la política como la herramienta para dominar ese instinto
egoísta. Como nos dice John Locke
“Los hombres no renunciarían a la libertad del estado
de naturaleza para entrar en La otra mitad de la biblioteca
nos habla de un hombre que sólo puede alcanzar a través de la política
las condiciones para su realización. Aristóteles: El buen vivir es el
fin principal de la ciudad. Para éstos el principal mandamiento a los
hombres es “Llega a ser el que eres, y para eso conocete
a ti mismo”. Pero esa realización –ese llegar
a ser llegar a ser el que uno es en potencia- sólo se logra en la convivencia
con los próximos en un proyecto político común. En esta línea Santo
Tomás: “aún en el paraíso, aunque el hombre no hubiera sucumbido al
pecado original, hubiera necesitado de todos modos de una organización
política.” En el caso de los argentinos
esta discusión pareciera quedarnos grande, porque la política no está
pudiendo cubrir ni uno, ni otro aspecto. No impide la violencia básica,
ni la explotación, ni el incumplimiento de las leyes más elementales
de la convivencia, y mucho menos logra que el proyecto político nos
estimule a realizarnos dándonos un marco de bien común. Pero sí quisiéramos salvar
a esta política enferma deberíamos decidir qué destino queremos dar
a la política, al menos como horizonte o como utopía. Como lo hemos
dicho durante años en Civilitas, más allá de la crisis hay que se capaces
de visualizar la nueva utopía. Aquí parte entonces la primera
aparente encrucijada: vivimos día a día la tensión entre nuestro afán
de imponer un límite a lo público dada su corrupción, su ineficacia
y su continuo afán de avasallamiento y nuestro anhelo que viene de lo
más hondo de la naturaleza humana, de compartir una vida común más plena
y más inspirada en lo que nos parece bueno, bello y verdadero. Es esa encrucijada entre nuestro
individualismo más exacerbado, que nos pone tozudos en la exigencia
por MIS derechos, dejando todo lo demás en el marcos de MIS LIBERTADES
y nuestro comunitarismo, que se insinúa en los espacios sociales predilectos
(la familia, la iglesia, los amigos, el club) donde nos permitimos vínculos
más fuertes… En esos ámbitos comunitarios
nos animamos a pensar en un bien común más denso. Pero cuando nos agarran
esos pequeños espasmos “comunitaristas”, inmediatamente
caemos en la tentación de que MI VISION del bien común sea impuesta
por presión a todo el conjunto. Es que no estamos dispuestos a vivir
la experiencia de la ciudadanía, con todo lo bueno, pero también con
todo lo sacrificado que ello supone. Liberales a ultranza si lo que
viene de lo público es contrario a lo que pienso. Totalitarios a ultranza
si lo que se decide me conviene o es idéntico a lo que pienso. La pregunta de John Rawls, que fue la base del
examen final del Curso Virtual que hoy culmina con esta conferencia
es muy paradigmática: “¿Cómo es posible que pueda persistir en el tiempo
una sociedad estable y justa de ciudadanos libres e iguales que aparecen
divididos por doctrinas religiosas, filosóficas y morales razonables
pero incompatibles?” o la pregunta más breve y más dramática con la
que titula Touraine uno de sus libros: ¿Podremos
vivir todos juntos? Tenemos entonces una primera
encrucijada. ¿Queremos consolidar un modelo individualista o nos arriesgaremos
a avanzar en un modelo político de vínculos más fuertes? En el modelo
comunitario sus miembros intentan permanecer unidos, a pesar de todos
los factores tendientes a separarlos, mientras que en el modelo individualista
permanecen esencialmente separados, rechazando los factores que intenten
forzar una unificación. En esta encrucijada se nos
ha enfermado la política, perpleja sin decidirse. Aquí viene mi primera propuesta
para la reflexión: Parece indispensable concebir un ámbito político
intermedio. Un espacio que se perfile entre la pura obligación legal
y la absoluta libertad de nuestra esfera íntima. Debe existir un conjunto
de posibilidades políticas que sea más fuerte
que el simple plano moral, sin llegar a ser coactivo. O lo que es igual,
un plano del poder ser que
permita la liberación de energías concordantes. Aunque nadie quiere que la
política y el Estado se entrometa en mi libertad en su carácter negativo
(esto que es que nadie me obligue a hacer lo que no quiero) debe permitirse
a la persona la posibilidad real e institucionalizada de utilizarla
con carácter positivo, comprometiendo por motu
propio los alcances de una libertad que, en un molde político tan individualista
como el que hemos construido, termina siendo vacua. Muchos autores
descrean de la construcción de tal dimensión. Sus críticas señalan que
finalmente aquello que se presenta como proyecto posible, o echará mano
de la coacción que acompaña a la justicia normativa o, por el contrario,
quedará subordinada a la voluntad siempre cambiante de los agentes.
En el último caso nadie sentirá lo acordado como una exigencia obligatoria.
“Somos todos hijos del rigor” y lo que no se obliga, se pierde en la
permisión. Pero el hombre,
o más bien la mayoría de los hombres, somos capaces de superar nuestro
egoísmo si nos lo permiten. “Si me lo piden, todo, si me lo exigen,
nada”. La clave es trabajar desde la libertad, pero no como límite sino
como punto de partida. ¿Seremos capaces de reconstruir
una política que cumpla con ambos aspectos? que nos proteja de la maldad
humana que existe en el corazón de los hombres pero que a su vez aliente
el bien humano que también existe, todo en un marco de libertad y de
igualdad? El desafío está planteado. ------------------------------------------------- Vale la pena detenerse ahora
en el cómo. ¿Cómo lo logramos? ¿Cómo sacamos a esta política enferma
de la terapia intensiva? Aquí viene la segunda encrucijada. La modernidad desde el siglo
XV, tan entusiasmada con el paradigma del progreso humano a través de
la razón, nos ha entregado un conjunto de elucubraciones teóricas que
nos permite pararnos frente al poderoso y exigir lo que son NUESTROS
DERECHOS. Allí está entonces, ese joven
sin zapatillas, con varios dientes menos, analfabeto, con la constitución
nacional en la mano exigiendo a los gobernantes un artículo de la misma
que le garantiza trabajo, educación y salud. La Ilustración pretendió terminar
con las diferencias y las contradicciones que la realidad política producía
entre las personas. Sin embargo pretendieron esa actualización a través
de “un papel” que estipulara los derechos fundamentales: De ese modo
se quiso alcanzar un estadio que siempre se había presentado como el
resultado futuro y casi imposible de un largo recorrido histórico. Un
camino cuya distancia fue subestimada por el ideal revolucionario. Fijense lo que fijaron
los revolucionarios en la Carta de Derechos de la Revolución Francesa: “Los representantes del pueblo francés
(...) han resuelto exponer, en una declaración solemne, los derechos
naturales inalienables y sagrados del hombre (...) con el fin de que
las reclamaciones de los ciudadanos, fundadas a partir de ahora, sobre
principios sencillos e indiscutibles, deriven siempre en el mantenimiento
de la constitución y en la felicidad de todos”.
El trabajo en sus diversas formas
gozará de la protección de las leyes, las que asegurarán al trabajador:
participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción
y colaboración en la dirección; organización sindical libre y democrática,
reconocida por la simple inscripción en un registro especial. O el que dice: “Las cárceles de
la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de
los reos detenidos en ellas” Y leamos estos dos artículos
maravillosos de la Constitución Provincial…. De la juventud
Artículo 26. Los jóvenes tienen derecho a que el Estado promueva su
desarrollo integral, posibilite su perfeccionamiento, su aporte creativo
y propenda a lograr una plena formación democrática, cultural y laboral
que desarrolle la conciencia nacional en la construcción de una sociedad
más justa, solidaria y moderna, que lo arraigue a su medio y asegure
su participación efectiva en las actividades comunitarias y políticas.
De la discapacidad
Artículo 27. Los discapacitados tienen derecho a obtener la protección
integral del Estado que abarque la prevención, asistencia, rehabilitación,
educación, capacitación, inserción en la vida social, y a la promoción
de políticas tendientes a la toma de conciencia de la sociedad respecto
de los deberes de solidaridad. A mi me parece
que la única forma de salvar a la política es volver a la idea de la
política como una construcción real, una conquista si quieren en algunos
casos, un desarrollo en otros. Para ser más directo y más claro: tenemos
que decidir si a los derechos los vamos a reconocer en el papel o si
los vamos a garantizar en la realidad. Los derechos no son naturales,
ni legales y si lo son, a la política no le importa. Los
derechos se construyen, se conquistan pero no en un papel, sino en la
realidad. En este sentido son muy iluminadoras las ideas de Hanna
Arendt. No es suficiente entonces con
un poder judicial que haga respetar MIS derechos. No es suficiente con
una Ley que prohíba a la televisión decir o mostrar barbaridades. No
es suficiente juntar 5 millones de firmas por el hambre más urgente.
Necesariamente tendremos que abocarnos a lo previo que es el reconocimiento
de la política real y de la ciudadanía (a través de la cultura que tiene)
de que ese derecho es real. La constitución
y las leyes son el final del camino y no el principio. La cultura previa
de esa sociedad y la capacidad de proponer consensos y definiciones
por parte de su dirigencia es la base para luego alcanzar la institucionalización
de esa visión. La institucionalización sin esa base es un castillo de
naipes. Un conjunto de elucubraciones teóricas. Aquí es donde
contrasta el realismo de movimientos como el peronismo y las firmes
pero siempre testimoniales arengas a favor de la ley que hacemos los
del centro… Ante la segunda
encrucijada, hemos elegido nuevamente el camino más real, más difícil,
más casuístico, más histórico, más zigzagueante, más inductivo (y no
deductivo), más prudente, más dependiente de lo que puedan hacer efectivamente
nuestros dirigentes y nuestros ciudadanos –nuestro Estado- y no lo que
digan las leyes y los manuales sobre lo que deberían hacer, bajo amenaza
de sanción. ----------------------------------------------- Ahora bien: ¿quién
puede construir este ámbito de posibilidad con el que hemos tratado
de superar la primera encrucijada y quién puede construir (o reconstruir)
la política, renunciando a la tentadora oferta del idealismo teórico
que promueve cambiarlo vía ley, vía derechos, vía discurso? La pregunta
más profunda es ¿Quién se anima a enfrentarse a la política en su realidad
más pura y liberarla de los corcets que durante
siglos hemos forjado para nuestra supuesta protección? Caemos entonces
de lleno a la tercera encrucijada: ¿limitamos a los políticos o los
potenciamos?¿Limitamos a la políltica o la potenciamos? Dejenme que por unos momentos vaya a la profundidad de la política:
ese misterio por el cual una persona logra provocar en otra una acción
determinada. Ese es el componente más pequeño, susceptible de identificación,
de cualquier acontecimiento político -grande o pequeño-. Una actuación
del hombre sobre el hombre. No debería haber
reproches porque la comunidad necesita de una acción unificada frente
a un futuro incierto. Cualquiera que haya
fundado una pequeña sociedad privada conoce la propensión que tienen
los miembros de rehuir las obligaciones que dicha sociedad les impone.
El hecho, al compararlo con lo político, pone más de relieve la docilidad
existente en la sociedad por excelencia. Gracias a Dios,
entonces, hay personas que son capaces de lograr que las voluntades
confluyan para que la acción política se produzca. Este es el don del
político. Y por eso la política es el arte de lo posible y es tan valiosa. Frente al desorden
de la libertad, el político práctico unifica en una decisión y en una
acción a miles de hombres que, librados a su suerte, reaccionarían cada
uno a su antojo. Conocer en general cómo obtener tales acciones y, en
particular, para qué, cuándo y de quién podemos esperar obtenerlas,
constituye su saber familiar. Es la astucia -en el buen sentido- del
político. Eso es en su raíz
la política y eso es lo que la hace tan peligrosa. Por un lado, fuente
indispensable de beneficios sociales porque actualiza la cooperación
social, al concentrar en una dirección el esfuerzo conjunto. Sin embargo,
puede causar también daños gravísimos, al mover a los hombres a perjudicar
a otros o al ser aprovechado por el dirigente para beneficiarse. Aquí va el texto
que sirvió como base del primer parcial de nuestro curso virtual de
formación política y que refleja con crudeza esta realidad: “Alcibíades: Saber conducir a los demás a Sócrates: Pero tu carencia de saber, Alcibíades,
va a causar desastres a Atenas. Alcibíades: Si así fuera, sería un desastre que tu sabiduría, se habría mostrado incapaz de impedir, ya que careces de la capacidad necesaria para evitar que la gente actúe de manera diferente a la que yo recomiendo”. Fenelon lo expresa así: “En verdad, los hombres son desgraciados, por
tener que estar gobernados por uno que no es sino otro hombre como ellos
y que debe enfrentarse con una tarea que sólo los dioses podrían realizar.
Pero los gobernantes no son más afortunados; hombres como otro cualquiera,
débiles e imperfectos tienen que gobernar a una gran multitud de individuos,
malvados y falsos”. En este punto
de absoluta realidad de la política, podemos hacernos la pregunta para
salir de la encrucijada: ¿Por qué obedecemos? Si
nuestra voluntad cede a la voluntad del gobernante ¿es solamente porque
dispone éste de un aparato material de coacción, o porque nos conviene
o porque nos convence? La pregunta merecería
una objeción: ¿quién dice que obedecemos? Aquí estamos a punto de meter
el bisturí en el corazón de la política y sus crisis. Prepárense porque
va a saltar sangre!! La tercera propuesta
de esta conferencia es que se ha roto ese vínculo elemental, nuclear,
entre el político y sus seguidores porque los políticos han perdido
AUTORIDAD. A la pregunta
¿Quién debería gobernar? la respuesta es sencilla: los mejores. Pero
¿cómo lograrlo en este marco de política en coma a punto de morir? Nuevamente
la tentación de la teorización. De miles de sistemas que son vacíos si no tenemos
la carne: el dirigente preparado y dispuesto a cumplir con la función
pública. Un ejemplo en la lucha contra la corrupción: de qué sirve seguir
generando miles y miles de contrapesos legales e institucionales si
el dirigente no tiene honestidad ni ganas de cumplir con ellos y la
ciudadanía tampoco tiene ganas de exigirlas… Hemos caído en
la tentación de hacer tan rígido y tan lleno de obstáculos al camino
por el cuál un dirigente llega al mando de lo político que nos están
quedando en el camino las vocaciones más sinceras. Los mejores, al
menos respecto a la posibilidad de generar ámbitos de posibilidad, son
aquellos que tiene autoridad per se, por su trayectoria, por sus decisiones,
por sus ideales confirmados por la “obediencia” que le ofrece el grupo
de personas bajo su influencia, sin necesidad de amenaza de coacción.
También existen situaciones políticas –tal vez las de nuestros días- donde la autoridad está dada por la energía y la voluntad que pueda mostrar una persona de romper con todo un entramado de vicios y laberintos corporativos. En este sentido siempre son más lanzados los más jóvenes que los más viejos… En la autoridad en su estado puro radica la legitimidad en forma pura, es decir, sin combinación con la eficacia propia de la relación de poder. Ello significa, entre otras cosas, que el dirigente es respetado y acompañado en sus directrices sobre el bien común por su propio mérito y sólo por él; por la confianza que los ciudadanos tienen en sus proposiciones y en sus dictados “morales”. Como verán estamos construyendo un fundamento de autoridad adecuado a los "ámbitos de posibilidad". En esos ámbitos, que no son de coerción sino de convencimiento y de consenso, son decisivos los dirigentes que, más allá de tener o no autoridad formal y poder en el sentido weberiano, tienen Autoridad y con ella convocan a la unidad de la acción construyendo oportunidades de encuentro y trabajo mancomunado. Hemos llegado con nuestra propuesta a costas muy lejanas a las actuales. Hoy los ciudadanos, enojados, exigimos a nuestros gobernantes “porque son nuestros representantes”. La teoría de la representación es teóricamente muy sofisticada pero se choca con la realidad de un modo que es decepcionante. Nos inventamos que todos podíamos gobernar, pero que, dado que somos muchos, hemos delegado en un conjunto de representantes nuestro poder ellos son mandatarios. Pero no es esto lo que siente el “mandatario” que muy lejos de eso se siente, dirigente. ¿Ante quién nos representan los representantes? Todo parece indicar que ante los otros representantes. Personas de diferentes partidos y opiniones particulares legitimados por el voto de la gente, se reúnen en una deliberación pública para superar sus reflexiones interesadas y parciales y lograr una reflexión común que configure lo público, lo “de todos”. Pero esto es visto por el sistema como una transacción deplorable. Lo que ocurre entonces es una confrontación de fuerzas partidarias para ver quien tiene más votantes en el congreso. Allí muere la política que queremos construir porque el bien común no se logra sumando los intereses particulares o sectoriales y ni siquiera transando. Metamos bisturí a fondo: estos supuestos “representantes” tienen
un carácter ideológico, esto es, nos representan como adeptos a un partido
que ha configurado una postura completa de la realidad y sólo necesita
voceros que disciplinadamente la voten a mano alzada. Caído el optimismo
y Aquí va la tercera y última propuesta: para generar esos espacios de posibilidad que llenen de contenido el vacío político de nuestros días y para que esos ámbitos de posibilidad sean construidos realmente y no a nivel de decretos necesitamos alentar a los dirigentes sociales, comunitarios, civiles, religiosos a alcanzar el consenso propio de las deliberaciones públicas en instituciones que alienten esos acercamientos. Elegido ese camino, las instituciones hoy forjadas por la república, nos quedarán chicos. Porque es mortal pedirle al cura del barrio, al médico prestigioso, al jóven comprometido con lo social que –decidido a superar su propio compromiso limitado- tenga que proponerse como siguiente objetivo ser legislador o intendente. Lo público debería tener ámbitos de posibilidad intermedios donde estos dirigentes puedan crecer en su liderazgo político. De más está decir que la incorporación de todos estos dirigentes con autoridad recrearían la legitimidad del sistema hoy colapsado. ------------------------------- Han quedado muchos temas para hablar sobre esta última encrucijada. Temas tan mundanos como ¿cuánto estamos dispuestos a pagarle a un dirigente público que decide no dedicarse a ganar plata en lo privado sino dedicarse al bien común? ¿Y cuán responsables somos cuando les exigimos a los dirigentes honestos que ante la primera circunstancia oscura que se les presente, renuncien cuando ya le han dado la mitad de su vida a la cuestión de intentar llegar? ¿Cuán cómplices somos del sistema cuándo, como en mi caso, un sacerdote me pide prudencia y distancia de las actividades parroquiales donde estuve toda mi vida, porque “me he metido en política”? Todos temas para conversar en el nuevo civilitas que hoy comienza con Luis María Caballero. Pasemos en limpio: En la primera encrucijada propongo que tomemos el camino del bien común y no simplemente el camino de la convivencia pacífica. En En la tercera encrucijada propongo que en lugar de seguir abortando dirigentes en la entrada de este sistema rígido, nos propongamos la tarea de alentar la formación de una nueva generación de dirigentes públicos, con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro corazón. Esa es La nueva utopía que propone Civilitas. Muchas Gracias Sebastián
García Díaz |