Civilitas


CONFERENCIA:
LA VERDAD DE LA POLITICA Y SUS GRANDES ENCRUCIJADAS
Por Sebastián García Díaz

 

Estimados amigos:

¿Cuál es la verdad de la política? No me voy a detener en la descripción de nuestras decepciones porque todos sabemos qué diría.

Declaremos directamente que la política está enferma. Que requiere cura. Que no está cumpliendo sus objetivos.

¿Cuáles son sus objetivos? Una mitad de la biblioteca nos habla del hombre como lobo del hombre y nos muestra la política como la herramienta para dominar ese instinto egoísta. Como nos dice John Locke “Los hombres no renunciarían a la libertad del estado de naturaleza para entrar en la Sociedad, de no ser para salvaguardar sus vidas, libertades y bienes”

La otra mitad de la biblioteca nos habla de un hombre que sólo puede alcanzar a través de la política las condiciones para su realización. Aristóteles: El buen vivir es el fin principal de la ciudad. Para éstos el principal mandamiento a los hombres es “Llega a ser el que eres, y para eso conocete a ti mismo”.

Pero esa realización –ese llegar a ser llegar a ser el que uno es en potencia- sólo se logra en la convivencia con los próximos en un proyecto político común. En esta línea Santo Tomás: “aún en el paraíso, aunque el hombre no hubiera sucumbido al pecado original, hubiera necesitado de todos modos de una organización política.”

En el caso de los argentinos esta discusión pareciera quedarnos grande, porque la política no está pudiendo cubrir ni uno, ni otro aspecto. No impide la violencia básica, ni la explotación, ni el incumplimiento de las leyes más elementales de la convivencia, y mucho menos logra que el proyecto político nos estimule a realizarnos dándonos un marco de bien común.

Pero sí quisiéramos salvar a esta política enferma deberíamos decidir qué destino queremos dar a la política, al menos como horizonte o como utopía. Como lo hemos dicho durante años en Civilitas, más allá de la crisis hay que se capaces de visualizar la nueva utopía.

Aquí parte entonces la primera aparente encrucijada: vivimos día a día la tensión entre nuestro afán de imponer un límite a lo público dada su corrupción, su ineficacia y su continuo afán de avasallamiento y nuestro anhelo que viene de lo más hondo de la naturaleza humana, de compartir una vida común más plena y más inspirada en lo que nos parece bueno, bello y verdadero.

Es esa encrucijada entre nuestro individualismo más exacerbado, que nos pone tozudos en la exigencia por MIS derechos, dejando todo lo demás en el marcos de MIS LIBERTADES y nuestro comunitarismo, que se insinúa en los espacios sociales predilectos (la familia, la iglesia, los amigos, el club) donde nos permitimos vínculos más fuertes…

En esos ámbitos comunitarios nos animamos a pensar en un bien común más denso. Pero cuando nos agarran esos pequeños espasmos “comunitaristas”, inmediatamente caemos en la tentación de que MI VISION del bien común sea impuesta por presión a todo el conjunto. Es que no estamos dispuestos a vivir la experiencia de la ciudadanía, con todo lo bueno, pero también con todo lo sacrificado que ello supone. Liberales a ultranza si lo que viene de lo público es contrario a lo que pienso. Totalitarios a ultranza si lo que se decide me conviene o es idéntico a lo que pienso.

La pregunta de John Rawls, que fue la base del examen final del Curso Virtual que hoy culmina con esta conferencia es muy paradigmática: “¿Cómo es posible que pueda persistir en el tiempo una sociedad estable y justa de ciudadanos libres e iguales que aparecen divididos por doctrinas religiosas, filosóficas y morales razonables pero incompatibles?” o la pregunta más breve y más dramática con la que titula Touraine uno de sus libros: ¿Podremos vivir todos juntos?

Tenemos entonces una primera encrucijada. ¿Queremos consolidar un modelo individualista o nos arriesgaremos a avanzar en un modelo político de vínculos más fuertes? En el modelo comunitario sus miembros intentan permanecer unidos, a pesar de todos los factores tendientes a separarlos, mientras que en el modelo individualista permanecen esencialmente separados, rechazando los factores que intenten forzar una unificación.

En esta encrucijada se nos ha enfermado la política, perpleja sin decidirse.

Aquí viene mi primera propuesta para la reflexión: Parece indispensable concebir un ámbito político intermedio. Un espacio que se perfile entre la pura obligación legal y la absoluta libertad de nuestra esfera íntima. Debe existir un conjunto de posibilidades políticas que sea más fuerte que el simple plano moral, sin llegar a ser coactivo. O lo que es igual, un plano del poder ser que permita la liberación de energías concordantes.

Aunque nadie quiere que la política y el Estado se entrometa en mi libertad en su carácter negativo (esto que es que nadie me obligue a hacer lo que no quiero) debe permitirse a la persona la posibilidad real e institucionalizada de utilizarla con carácter positivo, comprometiendo por motu propio los alcances de una libertad que, en un molde político tan individualista como el que hemos construido, termina siendo vacua.

Muchos autores descrean de la construcción de tal dimensión. Sus críticas señalan que finalmente aquello que se presenta como proyecto posible, o echará mano de la coacción que acompaña a la justicia normativa o, por el contrario, quedará subordinada a la voluntad siempre cambiante de los agentes. En el último caso nadie sentirá lo acordado como una exigencia obligatoria. “Somos todos hijos del rigor” y lo que no se obliga, se pierde en la permisión.

Pero el hombre, o más bien la mayoría de los hombres, somos capaces de superar nuestro egoísmo si nos lo permiten. “Si me lo piden, todo, si me lo exigen, nada”. La clave es trabajar desde la libertad, pero no como límite sino como punto de partida.

¿Seremos capaces de reconstruir una política que cumpla con ambos aspectos? que nos proteja de la maldad humana que existe en el corazón de los hombres pero que a su vez aliente el bien humano que también existe, todo en un marco de libertad y de igualdad?

El desafío está planteado.

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Vale la pena detenerse ahora en el cómo. ¿Cómo lo logramos? ¿Cómo sacamos a esta política enferma de la terapia intensiva? Aquí viene la segunda encrucijada.

La modernidad desde el siglo XV, tan entusiasmada con el paradigma del progreso humano a través de la razón, nos ha entregado un conjunto de elucubraciones teóricas que nos permite pararnos frente al poderoso y exigir lo que son NUESTROS DERECHOS.

Allí está entonces, ese joven sin zapatillas, con varios dientes menos, analfabeto, con la constitución nacional en la mano exigiendo a los gobernantes un artículo de la misma que le garantiza trabajo, educación y salud.

La Ilustración pretendió terminar con las diferencias y las contradicciones que la realidad política producía entre las personas. Sin embargo pretendieron esa actualización a través de “un papel” que estipulara los derechos fundamentales: De ese modo se quiso alcanzar un estadio que siempre se había presentado como el resultado futuro y casi imposible de un largo recorrido histórico. Un camino cuya distancia fue subestimada por el ideal revolucionario.

Fijense lo que fijaron los revolucionarios en la Carta de Derechos de la Revolución Francesa:

“Los representantes del pueblo francés (...) han resuelto exponer, en una declaración solemne, los derechos naturales inalienables y sagrados del hombre (...) con el fin de que las reclamaciones de los ciudadanos, fundadas a partir de ahora, sobre principios sencillos e indiscutibles, deriven siempre en el mantenimiento de la constitución y en la felicidad de todos”.


Les parece curioso? Leamos ahora nuestro artículo 14 de la Constitución Nacional….

El trabajo en sus diversas formas gozará de la protección de las leyes, las que asegurarán al trabajador: participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección; organización sindical libre y democrática, reconocida por la simple inscripción en un registro especial.

O el que dice: “Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas”

Y leamos estos dos artículos maravillosos de la Constitución Provincial….

De la juventud Artículo 26.­ Los jóvenes tienen derecho a que el Estado promueva su desarrollo integral, posibilite su perfeccionamiento, su aporte creativo y propenda a lograr una plena formación democrática, cultural y laboral que desarrolle la conciencia nacional en la construcción de una sociedad más justa, solidaria y moderna, que lo arraigue a su medio y asegure su participación efectiva en las actividades comunitarias y políticas.

De la discapacidad Artículo 27.­ Los discapacitados tienen derecho a obtener la protección integral del Estado que abarque la prevención, asistencia, rehabilitación, educación, capacitación, inserción en la vida social, y a la promoción de políticas tendientes a la toma de conciencia de la sociedad respecto de los deberes de solidaridad.

A mi me parece que la única forma de salvar a la política es volver a la idea de la política como una construcción real, una conquista si quieren en algunos casos, un desarrollo en otros. Para ser más directo y más claro: tenemos que decidir si a los derechos los vamos a reconocer en el papel o si los vamos a garantizar en la realidad. Los derechos no son naturales, ni legales  y si lo son, a la política no le importa. Los derechos se construyen, se conquistan pero no en un papel, sino en la realidad. En este sentido son muy iluminadoras las ideas de Hanna Arendt.

No es suficiente entonces con un poder judicial que haga respetar MIS derechos. No es suficiente con una Ley que prohíba a la televisión decir o mostrar barbaridades. No es suficiente juntar 5 millones de firmas por el hambre más urgente. Necesariamente tendremos que abocarnos a lo previo que es el reconocimiento de la política real y de la ciudadanía (a través de la cultura que tiene) de que ese derecho es real.

La constitución y las leyes son el final del camino y no el principio. La cultura previa de esa sociedad y la capacidad de proponer consensos y definiciones por parte de su dirigencia es la base para luego alcanzar la institucionalización de esa visión. La institucionalización sin esa base es un castillo de naipes. Un conjunto de elucubraciones teóricas.

Aquí es donde contrasta el realismo de movimientos como el peronismo y las firmes pero siempre testimoniales arengas a favor de la ley que hacemos los del centro…

Ante la segunda encrucijada, hemos elegido nuevamente el camino más real, más difícil, más casuístico, más histórico, más zigzagueante, más inductivo (y no deductivo), más prudente, más dependiente de lo que puedan hacer efectivamente nuestros dirigentes y nuestros ciudadanos –nuestro Estado- y no lo que digan las leyes y los manuales sobre lo que deberían hacer, bajo amenaza de sanción.

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Ahora bien: ¿quién puede construir este ámbito de posibilidad con el que hemos tratado de superar la primera encrucijada y quién puede construir (o reconstruir) la política, renunciando a la tentadora oferta del idealismo teórico que promueve cambiarlo vía ley, vía derechos, vía discurso? La pregunta más profunda es ¿Quién se anima a enfrentarse a la política en su realidad más pura y liberarla de los corcets que durante siglos hemos forjado para nuestra supuesta protección?

Caemos entonces de lleno a la tercera encrucijada: ¿limitamos a los políticos o los potenciamos?¿Limitamos a la políltica o la potenciamos?

Dejenme que por unos momentos vaya a la profundidad de la política: ese misterio por el cual una persona logra provocar en otra una acción determinada. Ese es el componente más pequeño, susceptible de identificación, de cualquier acontecimiento político -grande o pequeño-. Una actuación del hombre sobre el hombre.

No debería haber reproches porque la comunidad necesita de una acción unificada frente a un futuro incierto. Cualquiera que haya fundado una pequeña sociedad privada conoce la propensión que tienen los miembros de rehuir las obligaciones que dicha sociedad les impone. El hecho, al compararlo con lo político, pone más de relieve la docilidad existente en la sociedad por excelencia.

Gracias a Dios, entonces, hay personas que son capaces de lograr que las voluntades confluyan para que la acción política se produzca. Este es el don del político. Y por eso la política es el arte de lo posible y es tan valiosa.

Frente al desorden de la libertad, el político práctico unifica en una decisión y en una acción a miles de hombres que, librados a su suerte, reaccionarían cada uno a su antojo. Conocer en general cómo obtener tales acciones y, en particular, para qué, cuándo y de quién podemos esperar obtenerlas, constituye su saber familiar. Es la astucia -en el buen sentido- del político.

Eso es en su raíz la política y eso es lo que la hace tan peligrosa. Por un lado, fuente indispensable de beneficios sociales porque actualiza la cooperación social, al concentrar en una dirección el esfuerzo conjunto. Sin embargo, puede causar también daños gravísimos, al mover a los hombres a perjudicar a otros o al ser aprovechado por el dirigente para beneficiarse.

Aquí va el texto que sirvió como base del primer parcial de nuestro curso virtual de formación política y que refleja con crudeza esta realidad:

Alcibíades: Saber  conducir a los demás a la Sabiduría constituye tu tarea, Sócrates. Hacer y conducir a los demás a la Acción constituye la mía. En esto diferimos profundamente. Si tratase de conducir a los demás a la Sabiduría, debería enfrentarme con una penosa tarea, que perjudicaría la de conducirles a la Acción, y si yo hubiera perseguido esa Sabiduría que propugnas, me hubiera divorciado de los sentimientos de aquellos a los que pretendo poner en movimiento.

Sócrates: Pero tu carencia de saber, Alcibíades, va a causar desastres a Atenas.

Alcibíades: Si así fuera, sería un desastre que tu sabiduría, se habría mostrado incapaz de impedir, ya que careces de la capacidad necesaria para evitar que la gente actúe de manera diferente a la que yo recomiendo”.

 

Fenelon lo expresa así: “En verdad, los hombres son desgraciados, por tener que estar gobernados por uno que no es sino otro hombre como ellos y que debe enfrentarse con una tarea que sólo los dioses podrían realizar. Pero los gobernantes no son más afortunados; hombres como otro cualquiera, débiles e imperfectos tienen que gobernar a una gran multitud de individuos, malvados y falsos”.

En este punto de absoluta realidad de la política, podemos hacernos la pregunta para salir de la encrucijada: ¿Por qué obedecemos? Si nuestra voluntad cede a la voluntad del gobernante ¿es solamente porque dispone éste de un aparato material de coacción, o porque nos conviene o porque nos convence? La pregunta merecería una objeción: ¿quién dice que obedecemos? Aquí estamos a punto de meter el bisturí en el corazón de la política y sus crisis. Prepárense porque va a saltar sangre!!

La tercera propuesta de esta conferencia es que se ha roto ese vínculo elemental, nuclear, entre el político y sus seguidores porque los políticos han perdido AUTORIDAD.

A la pregunta ¿Quién debería gobernar? la respuesta es sencilla: los mejores. Pero ¿cómo lograrlo en este marco de política en coma a punto de morir? Nuevamente la tentación de la teorización. De miles de sistemas que son vacíos si no tenemos la carne: el dirigente preparado y dispuesto a cumplir con la función pública. Un ejemplo en la lucha contra la corrupción: de qué sirve seguir generando miles y miles de contrapesos legales e institucionales si el dirigente no tiene honestidad ni ganas de cumplir con ellos y la ciudadanía tampoco tiene ganas de exigirlas…

Hemos caído en la tentación de hacer tan rígido y tan lleno de obstáculos al camino por el cuál un dirigente llega al mando de lo político que nos están quedando en el camino las vocaciones más sinceras.

Los mejores, al menos respecto a la posibilidad de generar ámbitos de posibilidad, son aquellos que tiene autoridad per se, por su trayectoria, por sus decisiones, por sus ideales confirmados por la “obediencia” que le ofrece el grupo de personas bajo su influencia, sin necesidad de amenaza de coacción.

También existen situaciones políticas –tal vez las de nuestros días- donde la autoridad está dada por la energía y la voluntad que pueda mostrar una persona de romper con todo un entramado de vicios y laberintos corporativos. En este sentido siempre son más lanzados los más jóvenes que los más viejos…

En la autoridad en su estado puro radica la legitimidad en forma pura, es decir, sin combinación con la eficacia propia de la relación de poder. Ello significa, entre otras cosas, que el dirigente es respetado y acompañado en sus directrices sobre el bien común por su propio mérito y sólo por él; por la confianza que los ciudadanos tienen en sus proposiciones y en sus dictados “morales”.

Como verán estamos construyendo un fundamento de autoridad adecuado a los "ámbitos de posibilidad". En esos ámbitos, que no son de coerción sino de convencimiento y de consenso, son decisivos los dirigentes que, más allá de tener o no autoridad formal y poder en el sentido weberiano, tienen Autoridad y con ella convocan a la unidad de la acción construyendo oportunidades de encuentro y trabajo mancomunado.

Hemos llegado con nuestra propuesta a costas muy lejanas a las actuales. Hoy los ciudadanos, enojados, exigimos a nuestros gobernantes “porque son nuestros representantes”. La teoría de la representación es teóricamente muy sofisticada pero se choca con la realidad de un modo que es decepcionante.

Nos inventamos que todos podíamos gobernar, pero que, dado que somos muchos, hemos delegado en un conjunto de representantes nuestro poder ellos son mandatarios. Pero no es esto lo que siente el “mandatario” que muy lejos de eso se siente, dirigente.

¿Ante quién nos representan los representantes? Todo parece indicar que ante los otros representantes. Personas de diferentes partidos y opiniones particulares legitimados por el voto de la gente, se reúnen en una deliberación pública para superar sus reflexiones interesadas y parciales y lograr una reflexión común que configure lo público, lo “de todos”. Pero esto es visto por el sistema como una transacción deplorable. Lo que ocurre entonces es una confrontación de fuerzas partidarias para ver quien tiene más votantes en el congreso. Allí muere la política que queremos construir porque el bien común no se logra sumando los intereses particulares o sectoriales y ni siquiera transando.

Metamos bisturí a fondo: estos supuestos “representantes” tienen un carácter ideológico, esto es, nos representan como adeptos a un partido que ha configurado una postura completa de la realidad y sólo necesita voceros que disciplinadamente la voten a mano alzada. Caído el optimismo y la Fe en las grandes construcciones doctrinarias ha quedado la realidad la realidad política, con la imposibilidad de ser encorcetada en una ideología determinada. La transversalidad es una realidad aprovechada y prostituida, pero realidad al fin.

Aquí va la tercera y última propuesta: para generar esos espacios de posibilidad que llenen de contenido el vacío político de nuestros días y para que esos ámbitos de posibilidad sean construidos realmente y no a nivel de decretos necesitamos alentar a los dirigentes sociales, comunitarios, civiles, religiosos a alcanzar el consenso propio de las deliberaciones públicas en instituciones que alienten esos acercamientos.

Elegido ese camino, las instituciones hoy forjadas por la república, nos quedarán chicos. Porque es mortal pedirle al cura del barrio, al médico prestigioso, al jóven comprometido con lo social que –decidido a superar su propio compromiso limitado- tenga que proponerse como siguiente objetivo ser legislador o intendente. Lo público debería tener ámbitos de posibilidad intermedios donde estos dirigentes puedan crecer en su liderazgo político.

De más está decir que la incorporación de todos estos dirigentes con autoridad recrearían la legitimidad del sistema hoy colapsado.

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Han quedado muchos temas para hablar sobre esta última encrucijada. Temas tan mundanos como ¿cuánto estamos dispuestos a pagarle a un dirigente público que decide no dedicarse a ganar plata en lo privado sino dedicarse al bien común? ¿Y cuán responsables somos cuando les exigimos a los dirigentes honestos que ante la primera circunstancia oscura que se les presente, renuncien cuando ya le han dado la mitad de su vida a la cuestión de intentar llegar? ¿Cuán cómplices somos del sistema cuándo, como en mi caso, un sacerdote me pide prudencia y distancia de las actividades parroquiales donde estuve toda mi vida, porque “me he metido en política”? Todos temas para conversar en el nuevo civilitas que hoy comienza con Luis María Caballero.

Pasemos en limpio:

En la primera encrucijada propongo que tomemos el camino del bien común y no simplemente el camino de la convivencia pacífica.

En la Segunda encrucijada propongo que dejemos de pedirle a la política, algo que la política de hoy nos podrá dar y CONSTRUYAMOS de a poco, con sacrificio la política que anhelamos.

En la tercera encrucijada propongo que en lugar de seguir abortando dirigentes en la entrada de este sistema rígido, nos propongamos la tarea de alentar la formación de una nueva generación de dirigentes públicos, con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro corazón.

Esa es La nueva utopía que propone Civilitas. Muchas Gracias

 

Sebastián García Díaz
Presidente saliente de CIVILITAS