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Civilitas
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El
ideario de Civilitas en CICERON |
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La
celebración en 1957 del bimilenario de la muerte del insigne orador,
acaecida el 7 de diciembre del año 43 a.C. en dramáticas circunstancias
—transmitidas a la posteridad por el relato de Plutarco y por la
página de Tito Livio que se conserva en el libro VI de las Suasorias
de Séneca— ha supuesto la floración de una serie de estudios que
propiciaron una "vuelta a Cicerón". El Arpinate
no fue muy valorado en los dos siglos inmediatamente posteriores
a su muerte. Produce cierta impresión en ambientes cristianos de
la Antigüedad tardía, principalmente en San Jerónimo[1],
a pesar de su temperamento no propenso a las alabanzas, en San Ambrosio
y en San Agustín: recordemos el impacto que él mismo relata por
la lectura del Hortensius. En la célebre Carta a los jóvenes, de San Basilio, se
defiende el uso adecuado de los clásicos paganos como Cicerón[2].
Desde los mismos comienzos de la Edad Media hasta entrado el siglo
XIX su influencia es muy profunda. Para Petrarca —el "primer
hombre moderno"— es un faro que guía toda su actividad humanística,
aunque sufra un shock
al conocer su epistolario y descubrirlo "demasiado humano",
con las debilidades propias de esta condición[3].
A mediados del siglo XIX se empieza a generalizar un espíritu anticiceroniano
debido, principalmente, a las agudas caricaturizaciones realizadas
por el prestigioso Theodor Mommsen, continuadoras de las críticas
de Wilhelm Drumann[4].
Pero los estudios llevados a cabo durante el siglo XX posibilitan
tener una imagen más completa y favorable del gran humanista romano. La edición
en lengua original de su opera
omnia en la Teubneriana ha facilitado un mejor conocimiento
e interpretación de todos sus textos[5].
Para el caso particular de la lengua castellana, la magnífica traducción
llevada a cabo sobre sus Obras
Completas por don Marcelino Menéndez y Pelayo, publicadas en
1880, para algunos autores ha supuesto una facilitación sobreañadida[6].
Intentando
esencializar su personalidad, podemos calificarlo como un intelectual
y un político; pero con la conciencia en él de que la formación
cultural, la reflexión personal y la observación atenta al tiempo
y circunstancias de su vida, deben servirle para la acción política,
cuyo fin es superior a todos los demás. En esto se singulariza respecto
a otras personalidades contemporáneas suyas, aunque también sean
considerados como políticos e intelectuales[7]. La primera
obra suya —De inuentione—
la escribe cuando probablemente no había cumplido aún los veinte
años. Es un manual de retórica compuesto sobre sus apuntes de estudiante.
La inmadurez juvenil de este escrito es destacado enfáticamente
por el mismo Cicerón cuando está en la plenitud de los cincuenta
años[8].
Sin embargo, allí asienta afirmaciones sobre aspectos políticos
que no desmentirá treinta años después. Para el joven autor del
De inuentione, la retórica dentro del cuadro general de los saberes
humanos, es una disciplina que se integra en el marco de la ciencia
política, sin que ésta, a su vez, se reduzca a pura retórica, como
pretendían los inmoralistas defensores de un pragmatismo político
sin principios éticos[9].
En las tres grandes obras de la madurez de Marco Tulio Cicerón —De oratore, De re publica, De legibus— con
mayor fundamentación, se sigue sosteniendo ese papel instrumental
de la especialidad que le hizo célebre respecto a los superiores
intereses de la Política[10]. En autores
tan lejanos a nuestro tiempo, sería de utilidad poder contrastar
lo que nos ha llegado de sus escritos con lo demostrado en sus vidas.
Poder concluir si hay coherencia entre lo que sostienen y lo que
viven; también para de ese modo llegar a saber hasta dónde han dado
verdadera importancia a las tesis de sus legados escritos. No hay
que olvidar que un escritor puede tener mucho de artista —como también
algunos políticos— y en esa veste expresar ideas y sentimientos que no son reflejo de sus identidades
más profundas. La depresión de ánimo que se advierte frecuentemente
en Cicerón a través de su epistolario, sobrevenida siempre como
consecuencia de algunos fracasos en su vida política y social, nos
lo muestran con un temperamento propenso a los altibajos que a veces
son comunes entre artistas. Tampoco es desechable el pretender usar
un tamiz para todo lo que haya sido escrito por motivos de conveniencia
coyuntural, a fortiori en el caso de un político activo como nuestro autor, quien
tuvo que moverse en un ambiente de alta complejidad. En el presente
caso estamos ante una oportunidad paradigmática para dilucidar el
equilibrio entre doctrina y vida. Es un lugar común entre numerosos
autores sostener que Marco Tulio Cicerón es el personaje mejor conocido
de toda la Antigüedad[11].
Hay tramos de su vida que pueden rehacerse con precisión día a día.
Ello es debido a que le tocó vivir en un espacio y un tiempo de
esplendor y de gran repercusión para la posteridad; rodeado de personalidades
históricas famosas, algunas de gran trascendencia. Lo que ha motivado
profusión de estudios. Además poseemos una porción considerable
de sus escritos, en algunos de los cuales hacen referencia a hechos
contemporános suyos. Pero principalmente por su espistolario de
800 piezas bien conservadas. Es una fuente histórica de un valor
incalculable para conocer toda aquella época, incluida su propia
vida. Aun aceptando la contravertida tesis formulada en 1947 por
Carcopino respecto a que Ático publicó, en el 33 a.C., solamente
las cartas que más le desprestigiaban presionado por César Augusto,
podemos decir con su hermano Quinto: "Te totum in litteris
vidi"[12]. El escritor,
el retórico, el filósofo, el abogado[13]
y el estadista que fue Cicerón, demostró con su vida que quiso defender,
hasta las últimas consecuencias y por encima de toda otra ambición,
las instituciones tradicionales de la Républica ante el amenazante
ascenso de las dictaduras. Considera una grave obligación de conciencia
intervenir en la política de su tiempo, aunque la desproporción
entre la fama y la dignitas —que también buscaba con ello—, lograda por su dedicación
pública y por su labor intelectual —ésta principalmente buscada
como descanso y consuelo de los sinsabores de aquélla— es asombrosa.
Sin darse cuenta, e impulsado por otros motivos que le llevan a
escribir, Cicerón está creando la elegante prosa latina clásica,
que hará Historia. Las actividades que más empeño y sufrimientos
le costaron fueron las que menos, a la larga, le compensaron. Puede
ello constituir un buen ejemplo de responsabilidad en los deberes
cívicos. El cursus honorum del político nacido en el
106 a.C.[14]
en Arpinum es bien significativo. Todos los cargos los ocupa con
la edad mínima exigida: cuestor en el año 76 a los 30 años, lo que
le da acceso al Senado; pretor en el 66 a los 40 años; elegido Consul
prior en el 63 con 42 años —suo
anno— en disputa electoral contra Catilina y Gayo Antonio. Estos
datos parecen manifestar que el prestigioso y joven orador, abogado[15]
y escritor, no esperó a que "vinieran a buscarle", ni
se hizo rogar ante los cargos públicos, sino que casi se precipitó
en ocupar responsabilidades en cuanto legalmente le fue permitido.
En esto fue consecuente con lo que ya había sostenido en sus escritos
juveniles. Marco y su
hermano Quinto, cuatro años menor, dejan prontamente el solar natal,
situado a unos cien kilómetros al sudeste de Roma en la zona montañosa
del Volsco, y van a la Urbs
a recibir su formación. El padre es un eques
acaudalado sin antepasados que hubieran ocupado cargos públicos.
Por tanto, cuando Marco debute será un homo
novus, lo que en aquella sociedad aferrada a sus tradiciones
e instituciones será una desventaja. Pero la estrategia del progenitor
se demuestra muy acertada: invertir en la mejor educación. Tienen
como profesores a los dos juristas-políticos más célebres del momento,
los Escévolas. En filosofía estarán confiados a Filón, anterior
director de la Academia de Atenas, y al estoico Diódoto. Realizan
un viaje formativo de dos años a Grecia y el Asia Menor. Entonces
conoce y trata a Posidonio de Apamea. En Atenas tiene como compañero
de estudios a un joven romano, Tito Pomponio Atico, quien será un
gran amigo a lo largo de toda su vida, y puesto que pasó la mayor
parte fuera de Roma, su más valioso corresponsal. Editor también
de sus obras y auxilio financiero con su gran fortuna. Cicerón es
un caso singular entre los estadistas romanos. No posee la genial
intuición política ni el seguro instinto y voluntad de poder de
Julio César. No lleva el nombre de un bisabuelo célebre como el
inflexible Catón, ni puede apoyarse en éxitos militares como Pompeyo.
A diferencia de la inmensa mayoría de los demás cónsules, senadores
y generales de su tiempo, no pertenece a la vieja y tradicional
aristocracia romana. Su origen es municipal y ecuestre. Pero gracias
a la cuidada formación recibida y a su esfuerzo personal, es el
romano más culto y reflexivo de su tiempo[16].
Ahí radicará el sólido punto de apoyo para toda su carrera, en la
que también asociará a su hermano menor Quinto. "En
diversos escritos a lo largo de toda su vida Cicerón repitió constantemente
la tesis de la superioridad moral de la dedicación a la política
sobre todas las otras actividades humanas. La sabiduría y la elocuencia,
el discurso racional y el ejercicio de la palabra tienen en la arena
de la política su más noble destino"[17]. Toda su vida
fue coherente con este punto central de su pensamiento. Entre los
estudiosos hay coincidencia en que existe una sustancial continuidad
entre sus ideas políticas y los criterios que en cada momento aplica
en sus actuaciones públicas y personales. Siempre se mantuvo como
un republicano tradicionalista y conservador, que intentaba mantener,
salvar o reconstruir —según las cambiantes circunstancias— el viejo
estado senatorial, gobernado por los optimates y amenazado por los populares, o por los intentos de sustitución
por una dictadura o una monarquía. En el plano
personal se pregunta siempre acerca de la honestidad o dignidad
de sus actos y decisiones. Hay buena prueba de ello en su abundante
correspondencia, donde no dejan de aparecer algunos defectos o características
que sí contrastan —aunque ligeramente— con las posiciones mantenidas
en sus escritos públicos. Así se interroga quizás excesivamente
sobre su dignitas, o sobre
el efecto que causa su persona en sus oyentes y lectores, evidenciando
una vez más un temperamento quizás muy propio de un artista. También,
al menos para el gusto estoico, en los períodos de prosperidad se
vuelca excesivamente en actividades inmobiliarias[18]
o en preocupaciones económicas; si bien hay que tener en cuenta
que en la política romana el bienestar económico favorecía tener
mayor fuerza de negociación, como suele suceder casi siempre. En
estos aspectos, el excesivo afán de bienestar y los problemas matrimoniales
y deudas de su hermano Quinto, de su hija Tullia, e incluso los
suyos propios, lo condicionan como a todo buen cabeza de familia. De re
publica[19] Obra construida
en seis libros; el último es conocido como "Sueño de Escipión",
que es el que mejor se conserva. Esta obra tiene interés no sólo
para el pensamiento ciceroniano, sino para la teoría política de
la Antigüedad en general. Por la ruinosa transmisión del texto ha
tenido pocas ediciones, pero lo conservado da para reconstruir una
teoría política más que en las otras obras de Cicerón[20].
Ha sido
hallada en un palimsesto vaticano en 1819. Aquí el homo Arpinus, al igual que Polibio (6, 11, 11 y 6, 18, 1), se muestra
partidario de una forma de gobierno mixta, que armonice la majestad
del Pueblo Romano, concretada en la potestad de los magistrados,
con la autoridad del Senado. En todo caso, conforme a la teoría
estoica, da primacía a la virtud personal frente al modelo teórico
de la forma de la res publica[21]. El primer
proemio tiene como tema la superioridad de la vida política activa
sobra la puramente teorética. Esta posición viene a servir en general
para toda la obra, justifica el método adoptado, y en ella consiste
su originalidad frente al modelo platónico. Estimamos que en este
aspecto puede advertirse una influencia positiva de Panecio[22].
Así encontramos en el primer libro la siguiente afirmación: "Y no basta tener
esta fortaleza en teoría si no se practica. Así como puede ciertamente
tenerse la teoría de una ciencia aunque no se practique, la virtud
de la fortaleza consiste enteramente en la práctica, y la práctica
principal de la misma es el gobierno de la ciudad, y la realización
efectiva, no de palabra, de todas aquellas cosas que éstos predican
en la intimidad de sus reuniones. Porque nada de lo que dicen los
filósofos, cuando lo dicen recta y honradamente, dejó de ser actuado
y confirmado por los que han sentado las bases justas de las ciudades"[23]. El espíritu
pragmático romano de nuestro autor se advierte desde las primeras
páginas[24].
Observa con mirada realista la historia, medita sobre quiénes han
influido más en las instituciones que perduran en los pueblos. En
el abanico de actividades de los hombres, ¿quiénes a la larga han
gravitado más en su momento, y han logrado perdurar en sus realizaciones?
A primera vista podríamos responder que un célebre escritor, o un
filósofo que hace perdurar sus ideas en otros. Lo escrito, escrito
está. Pero lo leen pocos. En cambio todos tienen que atenerse a
las leyes. ¿Y quiénes han establecido esas leyes que diariamente
condicionan nuestras vidas? El que consigue influir en un mayor
número de hombres es el que es más influyente. "Dicen, a este propósito, que Jenócrates, filósofo
de los más célebres, al preguntársele qué provecho sacaban de él
sus discípulos, respondió que el hacer libremente lo que las leyes
les obligaban a hacer. Por lo tanto, el ciudadano que es capaz de
imponer a todos los demás, con el poder y la coacción de las leyes,
lo que los filósofos, con su palabra, difícilmente pueden inculcar
en unos pocos, debe ser más estimado que los mismos maestros que
enseñan tales cosas"[25]. En el cuerpo
general de este diálogo, la parte conservada es aquella primera
que trata principalmente del tópico tradicional de las formas de
gobierno, y ha desaparecido casi totalmente la posterior, mucho
más extensa, sobre las virtudes del político. Ello ha venido a oscurecer
quizá lo que era la idea principal de Cicerón, su ultima
ratio, y que explicaría esa singularidad de ser complemento
histórico-pragmático de una tradición especulativa griega, y sobre
todo platónica: la idea de que, en último término, lo que realmente
importa, cuando de re publica se trata, no es la forma de gobierno, la estructura política,
sino la virtud de los hombres que se dedican a gobernar efectivamente.
De este modo podemos considerar como leit-motiv de toda la obra aquel verso de Ennio recordado por Cicerón:
"La república romana se funda en la moralidad tradicional de
sus hombres"[26]. Más arriba
hemos recurrido a Leo Strauss para indagar qué punto esencial puede
caracterizar el método propio de la filosofía política. Citamos
su afirmación que lo más propio es su carácter de intento perfectivo.
Esta obra del orador romano se inscribe, según esta razón, plenamente
en la tradición filosófico-política. Lo recuerda así Antonio Fontán: "Hay un pasaje del libro II De re publica en que Cicerón manifiesta
por boca de Lelio su conciencia de estar aplicando una metodología
nueva —ratio noua— que no encuentra en los libros
de los escritores griegos. Platón, príncipe de los filósofos, a
quien nadie ha superado como escritor, trazó a su arbitrio una república
ideal, brillante y gloriosa ciertamente, pero abstracta y ajena
a la naturaleza humana; otros politólogos antiguos disertaron acerca
de las diferentes clases de estados y de sus organizaciones respectivas,
pero sin valorarlas ni presentar ninguno de ellos como el modelo
ideal, mientras que Cicerón —por boca de su personaje Escipión Emiliano—
desarrolla un análisis racional de los elementos integrantes del
estado romano, tal como se han ido produciendo desde los días de
Rómulo, para descubrir a lo largo del examen de sus realizaciones
históricas los elementos integrantes de la mejor de las repúblicas
(...) El eje técnico de este nuevo método —ratio
noua— que Ciceròn tiene conciencia de aportar al análisis y
exposición de las realidades humanas —políticas, culturales, filosóficas—
es la ciencia retórica o arte de la palabra"[27]. Pueden identificarse
tres grandes fuentes que nutren el pensamiento político de Cicerón.
En primer lugar, la filosofía política de los griegos: sin ir más
lejos, en este mismo estudio, páginas más arriba[28],
al tratar de Jenofonte vimos la utilización que le dio a la Ciropedia y a otros escritos de este autor[29];
la tradición nacional romana, examinada de modo sistemático mediante
el análisis racional de la documentación, de las instituciones y
hasta de las leyendas (algo muy propio del espíritu clásico); finalmente,
la reflexión acerca de la experiencia política contemporánea y sobre
su misma actuación en ella. Nuestro autor incide profundamente en
la filosofía política romana, asignando a cada tramo de la historia
patria un significado político y social, como fases de un único
proceso orgánico de crecimiento y desarrollo, caracterizando a cada
época con una imagen específica[30].
Así después Tito Livio y Salustio tendrán abierto el camino para
resumir brillantemente la evolución de las distintas fases, incluyendo
en ellas las costumbres y la mentalidad nacional; apoyándose en
aquel, los historiadores tienen facilitados los materiales para
sus esquemas. La clave metodologica sería la ratio nova, que somete los hechos brutos
al análisis científico y a la interpretación coherentemente organizada.
Puede abandonarse entonces la creencia en que todo ocurre por la
necessitas o el casus. En el libro
II, 51, nos hablará del político "bonus et sapiens et peritus
utilitatis dignitatisque civilis, quasi tutor et procurator rei
publicae; sic enim appelletur quicumque erit rector et gubernator
civitatis (...) iste est enim qui consilio et opera civitatem tueri
potest". Es un concepto paralelo al que encontraremos en De
officiis I, 85: "... ut enim tutela, sic procuratio rei
publicae". Tal tutor de la república debe ser lo contrario
a un tirano. Incluso el mismo Augusto usará esta idea para asumir
en el 27 a.C. la "cura et tutela rei publicae universa".
En la teoría política ciceroniana se ha querido encontrar una función
reguladora, merced a la cual no se pierde el equilibrio constitucional
y se evita la degeneración de la forma de gobierno, según la teoría
cíclica de los griegos, también recogida por Polibio: monarquía—tiranía,
aristocracia—oligarquía, democracia—oclocracia[31],
monarquía..., etc. Este argumento ha servido a los partidarios de
gobiernos personales, en momentos de crisis, que llevan a la interrupción
de la normalidad democrática institucional[32]. Es en el libro
VI, con que se cierra De re
publica, donde logra exponer magistral y sugestivamente, a través
del complejo simbolismo poético del somnium
Scipionis, la superior función política de la filosofía. Como
ocurre en el libro I De legibus, esta disciplina le suministra
la doctrina sobre la ley natural, a partir de la cual tiene un apoyo
para fundamentar el derecho humano y las instituciones jurídicas,
capaces de elevarse desde la mera casuística a una dimensión universal.
Pero Cicerón no es un filósofo que construya teorías y luego intente
adaptarlas a las situaciones y necesidades concretas de sus discursos.
En él advertimos un doble proceso de inducción: de la filosofía
al caso, y del caso
a la filosofía[33]. Ese proceso
inductivo-deductivo, mutuamente complementario, nos permite disfrutar
y aprender, al leerle y estudiarle, de la observación de un caso
donde un hombre de cultura vastísima sabe aplicarla a la situación
existencial concreta que le toca vivir, y a la vez, saca nuevas
consecuencias del resultado de esa aplicación, aumentando simultáneamente
su acervo y la ecuación de datos de la que dispondrá para situaciones
futuras. Hemos visto como Platón y otros autores, después de intentos
frustrados de participación en la política activa, se retiran de
ella dedicándose al estudio; aunque la misma Política sea un importante
objeto de esos mismos estudios. Cicerón, en cambio, a pesar de los
fracasos y disgustos, no se retira nunca: la vida colectiva de Roma
sigue siendo siempre su polo de atracción —también en el trabajo
intelectual—, y cuando no pueda influir con su presencia en puestos
rectores, lo intentará con su voz y con sus escritos. Hasta su misma
muerte es provocada por hechos políticos. Fiel a sus
raíces en la cultura griega, puede decirse de él —como también de
Séneca, según veremos más adelante— que es un auténtico kalos
kagathos, esa expresión adjetival que usaban los griegos para
designar a las personas muy positivas en lo moral y en lo social:
implica buen nacimiento, presencia, educación y posición social,
hombres activos en la guerra o en la política, valientes, justos,
honorables[34].
El final del De re publica
nos retrotrae a donde se encuentra, para Cicerón, el origen de su
inspiración intelectual: "Grecia es el principio.
En el «Sueño» con que termina Cicerón su tratado De re publica el primero de los Escipiones Africanos transmite a su hijo,
desde el otro lado de la muerte, una breve suma de la sabiduría
antigua. En ella se dice: «no existe un origen del principio;
de él nacen todas las cosas, pero él mismo no puede provenir de
otro: en efecto, no sería principio
si fuera producido por otro... El principio
tampoco puede morir nunca. Pues, una vez extinguido, no volverá
a la vida por obra de otro, ni creará a se vez nada nuevo, ya que
necesariamente todo nace del principio"[35].
De oratore[36] A fines del
año 55 terminó de componer este tratado en tres libros, destinado
a sustituir el ya mencionado escrito juvenil De
inventione, enriqueciéndolo con todo lo aprendido sobre la vida,
la política y la retórica en los treinta años que han pasado. Dedicado
a su hermano Quinto, manifiesta querer continuar en estas páginas
los largos diálogos mantenidos con él sobre el oficio oratorio.
Centra inmediatamente el interés al plantear el debate que han venido
sosteniendo: "... y muchas veces en nuestras conversaciones
sueles disentir de mí, por creer yo que la elocuencia exige el concurso
de todas las demás artes que los hombres cultos poseen; y tú, por
el contrario, separas la elocuencia de la doctrina y la haces consistir
en un cierto ingenio y ejercicio"[37]. Aun los que
no somos filólogos podemos apreciar en su latín, devenido clásico,
la gran cualidad de la claridad en la exposición de su pensamiento.
Él mismo —con sentido común y espíritu práctico— lo quiere dejar
ver al comienzo del primer libro: "Y así como en las demás artes es lo más
excelente lo que se aleja más de la comprensión de los ignorantes,
en la oratoria, por el contrario, el mayor vicio está en alejarse
del sentido común y del modo usual de hablar"[38]. Su primer
objetivo es poder superar el discidium
linguae et cordis —el divorcio entre la palabra y el pensamiento—
que solamente puede lograrse si el que habla está imbuido de saberes
intelectuales propiamente dichos. Como el político debe ser un orador
elocuente, ya que dentro de su misión cae el saber persuadir, solamente
con una adecuada formación filosófica sus elocuciones tendrán la
solidez y contenido necesarios para inclinar a la persuasión. La
cuestión es qué aspectos de la filosofía debe dominar el que aspire
a ser un buen orador —de modo que la sapientia esté al mismo nivel de la eloquentia— y en cuál de las diversas escuelas filosóficas pueden
encontrarse las verdades necesarias. Respecto a
esto último, rechaza a los epicúreos porque niegan que la actividad
política sea propia del sabio, y esto mismo los descalifica. No
puede evitar dejar caer la ironía de que si los mejores ciudadanos
fueran convencidos por esa idea, se acabaría inmediatamente la paz
pública, que los propios epicúreos dicen necesitar para dedicarse
a sus especulaciones. Tampoco puede aceptarse a los estoicos tradicionales,
pues afirman que hay una separación tajante entre los sabios y todos
los demás hombres: los que no son sabios, son viles. Sería absurdo
pronunciar discursos intentando convencer, ante asambleas en las
que se presupone que casi todos son personas viles, no auténticos
ciudadanos. El estricto dogmatismo de la Stoa
les lleva a juzgar siempre con total seguridad, sin matices. Pero
tanto en la vida judicial, como en la política, las cosas no suelen
ser tan claras y sencillas. Hace falta saber usar argumentos probabilísticos.
Por eso, Cicerón terminará inclinándose hacia la filosofía neoacadémica[39],
aceptando postulados de los peripatéticos, y sin descartar los enfoques
más moderados del estoicismo medio, introducido en Roma por Panecio
de Rodas. Ha sido motivo
de admiración, entre especialistas de aquel período histórico, que
el Arpinate sin ser primaria o específicamente filósofo, haya logrado
una profunda comprensión interna de las diversas posturas, pudiendo
haberse convertido en un magnífico profesor de historia de la filosofía[40].
Fue un gran difusor del pensamiento filosófico griego, enriqueciéndolo
con la posibilidad de aplicaciones prácticas de esas ideas. De modo
paralelo a cómo —sin pretenderlo quizá directamente— estableció
para siempre el estilo propio de la prosa en la literatura latina,
Cicerón creó un vocabulario filosófico adecuado en latín, que tanta
gloria concedería a la misma Filosofía. De legibus[41] En estos tres
libros del diálogo sobre las leyes, el protagonista es el mismo
Cicerón y sus interlocutores su hermano Quinto y el íntimo amigo
Ático, el prudente epicúreo. Tenemos aquí idealmente reunidos a
quienes más cerca estuvieron, tanto existencial como intelectualmente.
El diálogo platónico homónimo le sirvió de modelo. Está escrito
a los 55 años, en su plenitud biográfica, aunque se ha demostrado
con casi total seguridad que lo dejó inacabado. La doctrina
del ius naturale recibe
aquí un importante impulso. Diferencia un ius
civile, propio de la comunidad ciudadana; un ius gentium, propio de todos los hombres; y el ius naturale, que constituye el orden de la comunidad universal superior,
que abarca tanto a dioses como a hombres. Un autorizado comentarista
de este escrito afirma tajantemente: "Cicerón, y también el de legibus, es una piedra fundamental dentro
de la arquitectura de nuestra cultura histórica de Occidente"[42]. El ius perfecto creado por las leges propuestas por Cicerón presupone
una constitución política perfecta. Las leges
sirven para mantener la res
publica, pero es ésta la que, con su perfección puede proporcionar
al hombre lo que más importa: una vida feliz, como ya había hecho
ver en De re publica[43].
Los intentos de demostración de que los asuntos públicos deben tener
la máxima importancia en la consideración de todos los hombres son
palmarios en nuestro autor. La trascendencia
que atribuye Álvaro d´Ors a esta obra para nuestra cultura en general
no es ajena al establecimiento de la distinción entre ius y lex[44].
Aunque la anterior tradición jurídica romana ya la reconocía, Cicerón
amplía y profundiza los dos conceptos, dándoles un sentido que permanecerá
como una grave aporía en la filosofía legal de occidente[45].
De aquella distinción derivará la dualidad ciceroniana de lex naturae (ideal) y lex publica
(positiva). "Así, cuando los Escolásticos, con Santo
Tomás a la cabeza, afirman que la ley es un precepto racional y
justo y solemnemente promulgado por el soberano, ya tenemos ahí
consumada la unión definitiva entre aquellas dos acepciones de lex:
de ley natural y racional, que, por definición no puede ser injusta,
y de ley positiva, que requiere una promulgación oficial por quien
tiene, en un determinado momento histórico, la potestad de legislar.
De ahí, dice Santo Tomás, que la ley puesta por los hombres sea
ley en tanto en cuanto se deriva de la lex
naturae, y si en algo discrepa de ella, jam
non erit lex, sed legis corruptio (...) La ley injusta, en consecuencia,
no es ley, y en eso no se hace más que seguir el pensamiento ciceroniano,
según el cual (II, 13), tampoco la receta de un médico que, en lugar
de curar, provoca la muerte es una receta"[46]. En apretado
resumen, podemos esquematizar esta obra, recordando que en el Libro
I el autor nos dice que se propone redactar unas leyes aptas para
la res publica perfecta, pero
que antes es necesario exponer los fundamentos filosóficos. Así
entra en el concepto de ley natural y su apoyatura teológica. El
hombre es generado por Dios, con una gran perfección, y le corresponde
una comunidad de razón y naturaleza con todos los hombres. Ello
da lugar a la comunidad jurídica. Da noticia de las escuelas filosóficas
que aceptan el fundamento natural del derecho. Ofrece pruebas existenciales
de la ley natural. Concluye con el valor que tienen las virtudes
por sí mismas, y con las doctrinas sobre el sumo bien. Un cristiano
al leer este libro no encuentra nada que no le sea familiar. En el Libro
II aborda el carácter divino de la ley natural, y como consecuencia,
la subordinación de la ley humana a la ley natural. Ofrece ejemplos
de falsas leyes. Después establece, de modo extenso, su propuesta
de leyes sobre la religión. En el Libro III expone las leyes sobre
la magistratura. Hace ver que la esencia de ésta consiste en el
gobernar y disponer órdenes rectas, útiles y conformes a las leyes.
"Del mismo modo que las leyes gobiernan a los magistrados,
así el magistrado gobierna al pueblo, y puede decirse en verdad
que el magistrado es una ley con voz, y la ley un magistrado sin
ella"[47]. Al comienzo
de este libro explica que el poder es necesario, sin él no puede
mantenerse en pie ni una casa familiar, ni una ciudad, ni nación
alguna, ni el género humano, ni la naturaleza de todas las cosas,
ni el mismo universo que es regido por el poder de un dios[48].
Pero matiza racionalmente el poder que deben tener los magistrados.
"Y hay que señalar un límite, no sólo para el mando de aquellos,
sino también para la obediencia de los ciudadanos. Pues el que bien
manda, necesario es que haya obedecido alguna vez, y el que obedece
con modestia parece digno de llegar a mandar algún día. Así pues,
conviene que el que obedece tenga esperanzas de mandar en algún
momento y, por otro lado, el que manda piense que dentro de poco
tiempo deberá obedecer. Y así prescribimos, como hace Carondas en
sus leyes, no sólo que acaten y obedezcan a los magistrados, sino
incluso que los respeten y amen"[49]. Realiza un
rápido recorrido apreciativo sobre aquellos filósofos que se ocuparon
de teoría política y de la constitución de las ciudades, destacando
que dos estoicos —Diógenes y Panecio— se ocuparan de ello, en contra
del estilo dominante en esa escuela. Cita a Platón, Aristóteles,
Heracleídes del Ponto, Teofrasto y Dicearco. Pero Demetrio se lleva
la preeminencia por haber destacado en algo que también hubiera
querido Cicerón para sí mismo: en la teoría y en la aplicación práctica
de esa teoría, que lleva al acertado ejercicio del gobierno. "El famoso Demetrio de Falerio, que mencioné
más arriba, sacó admirablemente esa doctrina de las aulas y entretenimientos
de los filósofos al sol y al polvo de la calle, hasta meterla en
las mismas vicisitudes de la lucha política. Porque podemos mencionar
muchos políticos excelentes, mediocres como filósofos, y grandes
filósofos no muy prácticos en política, pero ¿quién se puede encontrar
fácilmente, si no es ese Demetrio, que sobresalga en las dos cosas,
y sea el primero, no sólo en los estudios teóricos, sino también
en el gobierno de la ciudad?"[50]. En las leyes
que propone se encuentra el precepto de que "el orden senatorio
sea sin tacha y sirva de ejemplo a los demás"[51],
pero reconoce que eso es imposible sin cierta educación y disciplina.
Si se logra, "sirva de
ejemplo a los demás, si conseguimos esto, conseguimos
todo"[52].
Los nobles son mirados e imitados; si ellos son ejemplares, los
demás tenderán a serlo; la historia de distintas ciudades así lo
demuestra. Entre las
diversas condiciones ideales que propone para ser senador está la
de que "conozca bien la situación política", lo que significa
"saber el estado de cosas de la república, lo que abarca mucho":
el número de soldados, el caudal del erario, los aliados de la república,
sus amigos, los pueblos tributarios, la ley, pacto o tratado aplicable
a cada uno... Debe conocer bien la forma de dar decretos y saber
la historia de los antepasados; es decir: "ciencia, práctica
y memoria"[53]. De officiis[54] En opinión
del más citado biógrafo de Cicerón éste es su más hermoso libro[55].
Lo escribió a los 63 años de edad, uno antes de morir, y en los
meses posteriores al asesinato de César: estamos en los años DCCIX
y DCCX ab U.C. Es un tratado de moral aplicada, con algo, incluso,
de casuística. Tiene forma de larga epístola dirigida a su hijo
Marco, quien lleva un año en Atenas estudiando filosofía bajo la
dirección de Cratipo. La gnoseología
probabilística de matriz neoacadémica, hacia la que sentía inclinación,
se muestra aplicable aquí en el campo ético, donde los juicios no
pueden tener siempre una certeza apodíctica. Aunque el tono general
de la obra recuerda más bien a los peripatéticos. También, una vez
más, los estoicos Panecio y Posidonio son reconocibles en estas
páginas de un eclecticismo equilibrado. Es seguro que la obra de
Panecio periv tou' kathvkonto" inspiró el De
officiis, así como a su vez, éste inspirará a San Ambrosio su
manual De officiis ministrorum
donde trata "sobre las obligaciones de un cristiano".
El consejo
en la página inicial de "juntar siempre lo latino con lo griego,
así como la filosofía con la oratoria", evidencian de entrada
una de las grandes claves de la personalidad intelectual y de la
genialidad de Cicerón. Al final de su vida se advierte su satisfacción
porque los libros de filosofía que ha compuesto son casi tan numerosos
como los de sus discursos. En el libro
I, V, aparecen ya sistematizadas en la forma que nos es habitual
las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
Esta división se desprende con naturalidad de los textos aristotélicos,
aunque el Estagirita no llegara a la formulación que cuajó en la
posteridad. Se elige aquí una virtud que gobierne la vida moral;
una virtud de la voluntad; una del apetito irascible y una del concupiscible.
Cicerón con su ininterrumpida autoridad durante toda la Edad Media,
contribuyó de modo decisivo a que esta importante clasificación
arraigase en la posterior ética cristiana. El conocimiento
de las virtudes cardinales debe llevar implícita una serie de compromisos
personales y sociales: la honestidad, como pauta de conducta vital;
la solidaridad, como exigencia de la pertenencia a una comunidad
social; la participación activa y militante en la vida política
de la ciudad, como expresión de responsabilidad hacia los deberes
superiores. Acerca de la interacción entre individuo y sociedad,
escribe con elegancia: "Pero, como bellamente ha sido expresado
por Platón, no habiendo nacido únicamente para nosotros, sino que
parte de nuestro nacimiento lo reclama la patria y parte los amigos,
además de que, según el pensamiento de los estoicos, lo que la tierra
produce es dado todo para provecho de los hombres, y éstos a su
vez son engendrados para utilidad de sus mismos semejantes a fin
de que puedan hacerse el bien los unos a los otros, debemos seguir
como guía en todo esto a la naturaleza, y poner a disposición de
todos las utilidades comunes, con intercambio de servicios, dando
y recibiendo; y ya con las artes, ya con el trabajo, ya finalmente
con las riquezas, robustecer la sociedad de los hombres entre sí"[56]. Con resolución
pone como base de la justicia la virtud de la lealtad, que es constancia
y veracidad en las palabras y en los convenios[57].
Incluso, un poco más adelante, establece —al recordar la historia
de Régulo y Cartago— que esta virtud ha de vivirse también dentro
de la guerra con los enemigos[58].
Llama la atención sobre aparentes virtudes que en realidad son faltas
de omisión, como la de aquellos filósofos a los que se refiere Platón
que, al estar ocupados en la investigación de la verdad, y al despreciar
y tener en nada aquellas cosas que otros ambicionan y por las que
riñen, ya sólo por eso son considerados justos, cuando en realidad
"mientras logran una manera de justicia al no causar daño a
nadie mediante injusticia, incurren en otra, pues embargados por
su deseo de saber, abandonan a quienes deben cuidar"[59].
De paso condena también el dogma de Epicuro, respecto a que el sabio
no debe ocuparse de la vida pública. A continuación extiende este
modo de injusticia a quienes por velar por sus asuntos de familia,
"o dominados por cierta misantropía, dicen que se ocupan sólo
de sus propios asuntos porque no parezca que hacen injuria a nadie.
Los cuales se ven libres de una especie de injusticia e incurren
en otra, puesto que abandonan la vida social por no contribuir a
ella con algo de su esfuerzo ni de su trabajo ni de sus bienes"[60]. De un modo
amable, convincente y equilibrado, va haciendo un recorrido en el
libro primero sobre las principales virtudes. Se apoya en la justicia,
de modo determinante, pero a la vez demuestra la necesidad de unión
y coordinación entre todas ellas. Así trata sobre la liberalidad,
honestidad, generosidad, gratitud, benignidad, magnanimidad, humildad,
mansedumbre y docilidad. Aprueba la definición estoica de fortaleza
como "aquella virtud que lucha por la equidad"[61],
y advierte sobre los daños que causa socialmente el afán de sobresalir,
afán que explicablemente suele estar entre los mejores y más esforzados;
"la pasión por la gloria quita la libertad[62]".
Cita con oportunidad a Platón: "No solamente la ciencia que
está apartada de la justicia debe llamarse astucia más bien que
sabiduría, sino que también la voluntad dispuesta al peligro, si
es impulsada por su codicia y no por el bienestar común, se ha de
llamar audacia más bien que fortaleza"[63].
De todas maneras, es palmaria —y ha cobrado notoriedad a partir
de estos textos— su preferencia por el decorum,
tanto en sus manifestaciones íntimas como exteriores. Respecto a
nuestro tema específico, las citas explícitas de Cicerón en el De officiis, instando con apremio a asumir
las responsabilidades públicas, sin falsas excusas, con sacrificio
y abnegación personal, sacudiendo la comodidad y seguridad, negándose
a actividades más placenteras o aparentemente "superiores"
como la filosofía, y con riesgo de perder la honra y la hacienda,
son continuas y podrían encontrarse por docenas. Espigamos una más
entre tantas: "... es más fácil y más segura y menos enojosa
o nociva para los demás la vida de los solitarios; pero es más provechosa
para la especie humana y más a propósito para la fama y la distinción,
la de aquellos que se han consagrado a los asuntos del Estado y
a la realización de grandes cosas (...) Quienes, por el contrario,
no tienen ninguna causa semejante (que le exima de la responsabilidad),
si dicen que desprecian aquellas cosas que muchos admiran, el mando
y las magistraturas, pienso que no solamente no debe tomárseles
a honra, sino que hasta debe atribuírseles culpa"[64]. Con hábitos
quizás adquiridos en su buen oficio de abogado defensor, sabe ir
cerrando todas las salidas a la argumentación contraria, para concluir
en la obligación de conciencia y en la necesidad de adquirir las
capacidades operativas y la formación necesaria. "Pero, desechada toda vacilación, las magistraturas
deben obtenerse y la República ser gobernada por quienes tienen
dotes naturales para administrar; pues no de otro modo puede regirse
el Estado o manifestarse la grandeza de alma. Por otra parte, la
generosidad y el desprecio de las cosas humanas deben practicarse
por quienes toman a su cargo el gobierno, tanto o acaso más que
por los filósofos, lo mismo que la tranquilidad y serenidad de espíritu
de que antes he hablado, ya que no han de estar acongojados y han
de vivir de un modo digno y uniforme. (...) Quien se apresta a desempeñar
alguna cosa, no debe considerar sólo cuán honesta sea tal cosa,
sino también si tiene posibilidad de hacerla; en lo cual debe procurarse
que ni desespere infundadamente por cobardía, ni confíe demasiado
por codicia. Finalmente, en todos los negocios, debe emplearse una
diligente preparación antes de emprenderlos"[65].
Sostiene que
el servicio a la patria a través del trabajo en la vida civil es
aún mayor que el prestado con las armas en la guerra, porque éste
le aprovecha una sola vez, y aquél, en cambio, le aprovecha siempre.
Y se logra con las fuerzas del alma, no sólo con las del cuerpo.
Debe desearse más la ciencia de decidir que la fuerza de pelear.
Al modo de Plutarco, realiza una rápida synkrisis entre notables de una y otra
actividad en el pasado —Temístocles y Solón, Pausanias, Lisandro
y Licurgo, Marco Escauro y Cayo Mario, Quinto Catulo y Cneo Pompeyo...
— para concluir el balance a favor de legisladores y gobernantes
sobre los militares. Allí inserta su célebre autoalabanza, a sabiendas
de la resistencia que había levantado muchas veces: Cedant
arma togae, concedat laurea laudi[66]. No debe olvidarse
que el Arpinate está escribiendo estos tres libros de consejos a
su hijo Marco al final de una intensa vida política, con una dilatada
experiencia de gobernante en sus espaldas; por tanto, entre líneas
podemos apreciar además de un pensamiento conclusivo, también el
fruto maduro de la práctica. Entre las condiciones personales del
buen gobernante aconseja la capacidad de pensar, de anticiparse
a los acontecimientos, de preveer una posibilidad u otra, jamás
exponerse a tener que decir non
putaram[67].
A aquella sociedad con tantos triunfos bélicos le advertía que no
hay que lanzarse temerariamente a la lucha, pues eso es propio de
las bestias. La guerra siempre debe ser encarada como el último
remedio para restablecer cuanto antes la paz. Hay que ser clemente
con los vencidos; eso es grandeza de espíritu. Por huir del peligro
nunca debemos parecer débiles o tímidos. "Por consiguiente,
al enfrentarse a los peligros, debe seguirse la práctica de los
médicos, quienes curan con suavidad a los ligeramente enfermos,
pero en las enfermedades más graves se ven obligados a emplear curaciones
arriesgadas o dudosas"[68].
Volviendo a Platón, recuerda la necesidad de que el gobernante en
su gestión olvide buscar el provecho propio y busque sólo el bien
común; también que tenga en cuenta siempre y a la vez todo el
cuerpo de la república, sin concentrarse en unas partes descuidando
otras[69].
La afabilidad
y serenidad, junto a la mansedumbre y la clemencia, son perfectamente
compatibles con la severidad cuando sea necesaria. Toda corrección
debe hacerse sin agraviar; en el castigo debe buscarse sólo el bien
de la república y no la satisfacción del gobernante, buscando una
proporción que haga que nunca sea mayor que la culpa. No debe procederse
airadamente, sino con igualdad de ánimo: "debe desearse que
los que están al frente del gobierno se asemejen a las leyes, que,
para castigar, no son movidas por la cólera, sino por la justicia"[70].
Es importante
ser humildes en el triunfo, y tener estabilidad de ánimo tanto cuando
las cosas salen bien, como cuando se complican y se nos vuelven
adversas. Estar vigilantes para no dejarse engañar y envolver por
los aduladores que siempre aparecen cuando las cosas nos van bien.
Hay que saber mirar por encima de ellos para conocer la realidad
de nuestra situación; si no, ese cerco de personas interesadas en
nuestro entorno puede crear un microclima de percepción incorrecta
de la realidad, y ello será el comienzo de nuestra ruina. La frugalidad
también evitará caer en el fatal error de aprovecharse de lo público
para el patrimonio familiar[71].
"Así pues, la obligación propia del magistrado es entender
que representa a la ciudad y como que la personifica, y que debe
mantener la dignidad y el decoro de ésta, guardar las leyes, señalar
los derechos, y tener presente que todo esto ha sido encomendado
a su fidelidad"[72]. Al final de
este primer libro se esfuerza en demostrar que la vida en sociedad
no es simple consecuencia del recurso al auxilio mutuo para superar
las necesidades materiales, sino que es lo propio de nuestra superior
condición humana. "En consecuencia, todo deber que sirve para
mantener la unión y la sociedad humana, debe anteponerse al que
tiene por fin el conocimiento y la ciencia"[73].
También por ello, vale más obrar con reflexión que pensar con prudencia.
"Finalmente, dentro de la sociedad misma hay diversos grados
de deberes, de los cuales cuál sea superior a todos los demás, podrá
entenderse considerando que los primeros se refieren a los dioses
inmortales; los segundos a la patria; los terceros a los padres,
y los otros, gradualmente, a los demás"[74]. Al comienzo
del libro segundo vuelve a formular, como en otras obras suyas,
una afirmación tajante: separar la honestidad de la utilidad y decir
que "hay algo honesto que no es útil, y que hay algo útil que
no es honesto, es una calamidad tan grande que no pudo causarse
otra mayor a la convivencia humana"[75].
Esto es importante, pues si no se entiende bien, lleva a juzgar
la malicia como sabiduría, origen de tantos males. El de Arpino
señala que, como ha sostenido Dicearco, y antes otros sabios y naturalistas
antiguos, de entre todas las causas de destrucción de los hombres
y sus haciendas, la más devastadora ha sido precisamente la acción
del hombre, mayor que las pestes, las bestias salvajes, las inundaciones
y terremotos, etc. De lo cual puede deducirse otra razón más para
privilegiar la dedicación a la política y al cuidado de la sociedad:
"como los hombres tanto aprovechan como perjudican grandemente
a los hombres, juzgo que esto es lo propio de la virtud: conciliar
las voluntades de los hombres y unirlas en provecho de los mismos"[76]. Para ir completando
su dibujo de las características del buen gobernante, nos es útil
espigar de entre estas páginas su argumento a favor de cómo mantener
la obediencia. En este desarrollo advertimos, una vez más, la habilidad
del experimentado forense: su capacidad de convicción se acrecienta
al ir anulando todos los posibles argumentos contrarios. Hay distintos
motivos por los que los hombres se someten a otros. Uno de los más
recurridos es infundir temor al mostrar el poder de quien manda.
Hay veces que es necesario ese recurso, pero sólo es útil de modo
breve y coyuntural. "Pero de todas las cosas, ninguna es más
apropiada para conservar y mantener el poder que ser amado, y ninguna
más impropia que ser temido (...) porque el miedo es mal guardián
para una larga duración y, por el contrario, la buena voluntad es
fiel por siempre (...) son más agudas las mordeduras de una libertad
reprimida, que las de una libertad respetada (...) es necesario
que desaparezca el miedo y se mantenga el afecto (...) y en verdad
es necesario que los que desean ser temidos, teman a los mismos
por quienes son temidos (...) tampoco existe ninguna fuerza de gobierno
tan grande, que pueda ser duradera si tiene en su contra el miedo
(...) es pues evidente que es grande la fuerza de la estimación
y que es débil la del miedo"[77].
Ofreciendo como ejemplo histórico el deterioro de la señeras instituciones
de la República romana a partir de Sila, estima demostrar la verdad
de su afirmación[78]. Para poder
manejar "grandes empresas" —como llama a los negocios
públicos— se necesita saber producir una cierta estima, admiración
y confianza en el pueblo. "Y estas cosas se obtienen del pueblo
casi por los mismos medios que de cada uno"[79].
La misma naturaleza nos mueve internamente a honrar a aquellos en
los que existen virtudes. Ser bueno, ser honrado, en el fondo es
lo mismo que ser justo. Ésta es la primera virtud que se busca.
Tanto para la vida pública como privada es imprescindible tener
fama de justo. Pero será mejor que esa justicia vaya unida a la
prudencia: "la justicia unida a la prudencia tendrá fuerza
plena para inspirar confianza a los hombres; la justicia sin la
prudencia podrá mucho; pero la prudencia sin la justicia, de nada
servirá"[80]. El esplendor
y la belleza de la virtud es el mejor capital que hay que tener
para ganarse la confianza de los hombres. "Comúnmente admiran
los hombres todo lo que ven difícil y más allá de su alcance y,
en particular, si descubren en alguien ciertos dones extraordinarios[81]",
uno de ellos, muy poco común, es no dejarse tentar por el dinero.
A continuación, enriquecido con su dilatada experiencia en todos
los cargos del cursus honorum romano más su vasto conocimiento
de la historia patria, ofrece consejos sobre cómo manejar adecuadamente
los fondos públicos. Es admirable su equilibrio entre la sobriedad
para unas cosas, y a la vez, la magnificencia para otras. Se evidencia
su amplia visión de auténtico estadista; a la vez da normas bien
prácticas contra la corrupción[82]. En este gran
tratadista sobre Retórica y brillante orador político y forense,
no es extraño que encontremos meditados consejos a su hijo Marco
Cicerón sobre la importancia de adquirir la elocuencia. Se apoya
en los consejos hallados en cartas de otros ilustres gobernantes
a sus hijos y protegidos: "Se han conservado cartas de Filipo
a Alejandro, de Antípatro a Casandro y de Antígono a su hijo Filipo,
los tres hombres muy prudentes —según es sabido— en las que amonestan
que muevan a la benevolencia la voluntad de las multitudes con palabras
afables, y que se ganen a los soldados llamándolos cariñosamente"[83].
Aconseja que hay que usar esa elocuencia tanto para defender como
para atacar, pero en los juicios es preferible llevar siempre la
defensa; la acusación muy extraordinariamente, "y nunca sino
por causa de la República (...) hágase esto pues una sola vez o,
en todo caso, no con frecuencia"[84].
Dentro de
las normas éticas de la práctica forense, y en consonancia con lo
dicho más arriba respecto a las fuentes filosófico-morales en las
que se apoya, quizás sorprenda la siguiente afirmación, aunque inmediatamente
recurre a Panecio para justificarla: "...así también hay que
cumplir con el deber de defender alguna vez al culpable, no al malvado
e impío. Esto lo pide el pueblo, lo permite la costumbre, y lo tolera
también el sentimiento de humanidad. Es deber del juez buscar siempre,
en las causas, la verdad; el del patrono, a veces, defender lo probable,
aun cuando sea menos verdadero. Lo cual no me atrevería a consignar
por escrito, especialmente escribiendo de filosofía (moral), si
no opinara esto mismo Panecio, el más respetable de los estoicos"[85]. En el uso
de la elocuencia como defensor, aconseja constituirse antes en promotor
de la causa de un pobre honrado que de un afortunado. Puede defenderse
al rico si es un hombre de bien, pero a condición que no se le ayude
a causa de su riqueza. Aquí su sentido de la justicia se mezcla
con una prudencia humana y un conocimiento táctico, explicables
en un político instintivo: buscar lo que aumenta la popularidad
y estima de la mayoría. Tendemos a procurar la amistad y gratitud
de quienes por su fortuna pueden hacernos favores, y no tenemos
en cuenta que el rico piensa que le ayudamos por su riqueza, en
cambio el pobre intachable sabe que lo hacemos sólo por él. Su gratitud
será mucho mayor. Y provocará el cariño y la admiración de la multitud
de pobres, que sentirán el favor como si se lo hubieran hecho a
cada uno de ellos. Trae a colación dichos populares llenos de sentido
común, como aquel de autor desconocido: "Quien tiene el dinero,
no lo ha pagado, y el que lo hubiere pagado, ya no lo tiene; mas
un favor, quien lo hubiere devuelto, lo tiene, y el que lo tiene,
lo ha devuelto". Concluye con la sabia respuesta de Temístocles
cuando le preguntaron si casaría a su hija con un hombre bueno pero
pobre, o con uno menos bueno pero rico: "En verdad prefiero
a un hombre que carezca de dinero, y no un dinero que carezca de
hombre"[86]. Finaliza este
libro segundo exhortando a que los que quieran ser buenos gobernantes
sean muy cuidadosos con el patrimonio de cada ciudadano, defendiendo
la propiedad privada, pensando muy bien si hay verdadera necesidad
de imponer o no un impuesto. Deben ser capaces de saber ver a la
vez el bien de todos y de cada uno. El pueblo se adhiere rápidamente
cuando advierte que el gobernante no se mueve por ningún tipo de
avaricia, ya que es un vicio común que notan en sí mismos. Cuando
Lucio Mumio despojó a la ciudad de Corinto de sus estatuas y pinturas,
y las destinó a embellecer los espacios públicos de Italia, sin
llevarse nada a su casa, junto a la admiración que provocó, obtuvo
que su propia casa quedara embellecida. Bien había anunciado el
oráculo de Apolo Pitio que Esparta por ninguna cosa podría perecer
hasta que en ella apareciera la avaricia. Y así fue, "se vinieron
abajo los cimientos de una República perfecta y arrastraron después
a todos los griegos"[87]. Nos estamos
demorando en el análisis de esta última obra ética de Cicerón porque
en ella podemos encontrar —quizás sin habérselo propuesto el autor
explícitamente— un verdadero vademecum
del buen gobernante. En el libro tercero indaga sobre las obligaciones
morales que se desprenden de la confrontación entre lo útil y lo
honesto. Como los intereses de la República son superiores, los
dirigentes de ella pueden encontrar motivos para preterir la honestidad
a la utilidad. Con un estilo que recordará al que luego utilizará
profusamente Plutarco, ejemplifica con casos históricos muy ilustrativos.
Temístocles después de la victoria contra los persas, declaró en
la asamblea que tenía un plan provechoso para la República, pero
que no era necesario que se hiciera público. Pidió que el pueblo
designara a alguien para comunicarlo. Fue designado Arístides. "A
quien le dijo que la flota de los lacedemonios, que se había retirado
a Giteo, podía ser incendiada ocultamente, hecho lo cual sería inevitable
que se quebrantara el poder de los lacedemonios. Habiendo oído esto
Arístides, se presentó a la Asamblea en medio de una grande expectación,
y dijo que el plan que proponía Temístocles era muy útil, pero de
ninguna manera honesto. De este modo, los atenienses ni siquiera
consideraron útil lo que no fuera honesto, y desecharon, bajo el
consejo de Arístides, toda aquella empresa que ni siquiera habían
conocido"[88]. Esta dualidad
es paralela a la que ocurre entre particulares. Así, por ejemplo,
un juez en una causa siempre antepondrá su conciencia al bien de
un amigo, ya que jurar por la propia conciencia es jurar ante Dios.
Cuando un amigo pide algo que no es honesto, siempre hay que poner
antes la honestidad a la amistad. La exquisita sensibilidad humanística
del Arpinate vuelve a quedar en evidencia con la anécdota histórica
que selecciona para mostrar la belleza de la lealtad, una de las
virtudes que más le subyugan: "Cuentan que los pitagóricos
Damón y Fintias tuvieron tal afecto entre sí, que habiendo fijado
el tirano Dionisio el día de la muerte de uno de ellos, y habiendo
pedido para sí el que estaba destinado a la muerte unos cuantos
días para hacer recomendaciones a los suyos, el otro se constituyó
fiador de que aquél se presentaría el día señalado, de manera que
si aquél no hubiera regresado, habría tenido que morir él mismo.
Habiéndose presentado aquél el día preciso, admirado el tirano de
la lealtad que había entre ellos, pidió que lo admitieran, como
a tercero, en su amistad"[89]. Alguna vez
nos habremos preguntado cómo es posible que en un ambiente con esa
riqueza en humanidad, y con antecedentes eminentes como los de Cicerón,
se hayan cometido pocos años después, a la plena luz del día, atrocidades
como los martirios circenses de los cristianos. Este antiguo Consul
prior y gobernador de algunas provincias, deja clara constancia
por escrito que la crueldad no se justifica ni siquiera por motivos
militares. "Pero muy frecuentemente en los asuntos públicos
se incurre en falta con pretexto de utilidad, como nuestros conciudadanos
en la destrucción de Corinto. Más cruelmente aún obraron los atenienses,
quienes decretaron que a los eginetas, que eran poderosos por su
flota, se les cortaran los pulgares. Esto pareció útil porque Egina
amenazaba demasiado al Pireo, a causa de su cercanía. Sin embargo,
nada cruel puede ser útil; porque la crueldad es enemiga de la naturaleza
humana, a la que debemos seguir"[90].
Quizás la explicación tenga relación con las oscuras premoniciones
que hace Cicerón para el futuro moral de ese pueblo romano que no
evitó el fin de la multisecular República —y con ella de los valores
tradicionales que la sustentaban— y dejó hacer ante la instalación
de tiranías que desembocarían en el Imperio. En varias oportunidades
hace referencia a ese fenómeno de arrastre hacia abajo en la moral
y en las costumbres, como tendremos oportunidad de ver en sus últimas
Cartas. Toda la estrategia
argumentativa del rétor
se pone, en este tercer libro, al servicio de convencer de que algo
que no es honesto no puede ser, de ninguna manera y bajo ninguna
circunstancia, útil. Porque el mal nunca es útil. "Pero de
una manera suprimen la astucia las leyes y de otra los filósofos.
Las leyes en cuanto que pueden reprimir por la fuerza; los filósofos
en cuanto que pueden hacerlo por la razón y la inteligencia"[91].
Aunque añade que hay cosas que no están sancionadas por la ley o
el derecho civil, pero sí obligan por la ley natural[92].
No hay nada más noble que alcanzar el gobierno para servir a la
Patria, pero precisamente por la
nobleza del objetivo se debe acrecentar la honestidad en
los medios. Añade que no hagamos ciertos esos versos griegos de
Las Fenicias que un déspota
siempre tenía en los labios: "Porque si hay que violar el derecho
para reinar, debe violarse. La piedad ejercítala en lo demás"[93]. Discursos
y Cartas Su primer
discurso judicial —Pro Quinctio—
data del año 81 a.C. En el 80 interviene en su primera causa criminal,
asumiendo la defensa de Sexto Roscio, acusado de parricidio por
Crisógono, liberto del dictador Sila. A pesar de los riesgos de
intervenir contra un amigo de poderosos influyentes y sin escrúpulos,
en ambas ocasiones sale bien librado, y aunque para evitar peligros
tendrá que hacer un paréntesis de dos años de viajes y estudios
por Grecia y el Asia Menor, cuando vuelve —ya desposado con Terencia—
se advierten enseguida las grandes dotes comunicativas del joven
orador y abogado. Entre los
cincuenta y ocho discursos suyos que se han conservado —cuya edición
ocupa unas tres mil páginas— hay ejemplares de todos los géneros
oratorios, desde la deliberación a la invectiva. La multitud de
temas que abordan, desde los sucesos políticos más graves —como
la conjuración de Catilina— hasta problemas domésticos tratados
judicialmente en el foro, nos ofrecen una visión y una información
riquísima de la vida romana del siglo I a.C. vista desde dentro.
Junto a esta valiosa función de fuente histórico-sociológica, está
la del conocimiento que nos brinda sobre la creación artística. “Es sabido que la oratoria en la Antigüedad,
y especialmente en tiempos de Cicerón, no es sólo el ejercicio de
una función social, indispensable en la vida pública y en la privada,
sino un género literario de creación que ocupa la cima del prestigio
entre todos los demás”[94]. Su consagración
definitiva en los tribunales, y con ello su lanzamiento político,
vendrá con las Verrinas, discursos
contra los abusos de Verres, antiguo gobernador de Sicilia, donde
Cicerón había estado de cuestor al comenzar su cursus
honorum (75 a.C.) y donde se había ganado la confianza de los
sicilianos. Las célebres
cuatro Catilinarias deben
ser sus más famosos discursos; tienen el mérito añadido del sentido
de oportunidad histórica, de la profunda responsabilidad política
que trasuntan en su ejercicio del cargo consular, de la rapidez
en su preparación y de su eficacia letal para los conjurados. Hacia
el final de su vida, habiéndose arrogado el liderazgo de lo que
queda del amenazado partido senatorial, pronuncia las catorce Filípicas,
denominadas así para emular los patrióticos discursos de Demóstenes
contra Filipo II de Macedonia. Aunque su suerte ya estaba echada
y probablemente lo intuía, sin embargo legó el emocionante testimonio
de resistir —en la causa que considera justa— hasta el final, con
todos los medios de su arte y de su trabajo. Muchos de
sus discursos los ha mejorado y reelaborado después de haber sido
pronunciados, o incluso aunque nunca hubieran sido efectivamente
pronunciados[95].
Es un indicio más del cuidado que ponía Cicerón en su imagen pública,
también pensando en la posteridad. Y recuerda una crítica que se
le hizo ya en sus tiempos: “Demóstenes buscaba convencer, Cicerón
busca deleitar”. Ello también pudo dar pie a circunstancias divertidas
y muy humanas. Por ejemplo, en su defensa de Milón por la muerte
de Clodio, ante la inmensa expectación popular que levantó el juicio,
la férrea custodia militar de todos los accesos, y viendo incluso
al mismo Pompeyo sentado en el Tribunal, Cicerón perdió la serenidad
y no estuvo a la altura de la ocasión, perdiendo su defendido la
causa. Milón desterrado en Marsella recibió allí el Pro Milone —su mejor discurso— muy mejorado. La respuesta de éste
es de una mordacidad que ha hecho historia: “Me alegro que este
discurso nunca haya sido pronunciado, pues si no nunca hubiera probado
estos magníficos salmonetes que he encontrado en Massilia”. Para no desviarnos
de nuestro asunto específico no entraremos en un análisis más detallado,
pero las piezas oratorias del Arpinate constituyen un maravilloso
instrumento para su intención de influencia y acción política. Antonio
Fontán destaca alguna de sus más genuinas características: “De ahí que las piezas magistrales dentro de
su género, como estos discursos que Cicerón pronunció y publicó
después, destacaron por igual dos cualidades de conciliación aparentemente
difícil: la amenidad y la sistemática (…) Cicerón resulta un narrador
formidablemente eficaz (…) La insinuación orientada a los fines
que persigue el orador, se mezcla hábilmente con la ironía y el
sarcasmo (…) Como pieza literaria, el discurso ciceroniano combina
hábil y simultáneamente, en sus pasajes narrativos y en los argumentales,
varios planos. El orador salta con agilidad de uno a otro (…) Y
la estructura dialéctica, que no se pierde del todo nunca, ordena
el período en grupos de dos miembros contrapuestos, o tres acumulativos,
o incluso cuatro, que ofrecen un juego de afirmación, objeción,
réplica y dúplica, con lo que se confiere a esta última una contundencia
de efecto seguro, sobre lectores u oyentes (…) todos los elementos
descritos se hallan magistralmente combinados, sin que apenas se
adviertan los momentos de articulación o soldadura, cuya excesiva
visibilidad restaría al conjunto la fuerza que le da su apariencia
natural de cuerpo vivo”[96]. Pero su magnífica
y elaborada técnica retórica no bastaría sin el contenido que él,
reiteradamente, llama la doctrina,
que está permeada de un profundo espíritu de servicio a la causa
nacional de la República romana, y a unos ideales culturales y morales
de fina sensibilidad humanística. Si los discursos
tienen gran calidad, no le van a la zaga las cartas. Frontón aconsejaba
al emperador Marco Aurelio: “Hay que leer todas las cartas de Cicerón,
incluso antes que sus discursos. Nada hay más perfecto que su epistolario”[97].
Cornelio Nepote se apresuró a hacerse con algunas de ellas, casi
inmediatamente después de la muerte de su autor, seguro del interés
que revestían como fuente histórica Se conservan casi un millar.
Hay fundamentalmente cuatro grupos : Epistulae ad Atticum, del 68 al 43; Epistulae ad familiares, más de 90 cartas a amigos y parientes; Epistulae ad Quintum fratrem y 25 Epistulae ad Brutum. Se ha sostenido
que en sus cartas este gran teórico de la prudencia ha demostrado
una inaudita ingenuidad y que probablemente nunca pensó en que se
publicarían. Pero lo comenzó haciendo su amigo Tito Pomponio Ático,
para desgracia de Cicerón y para fortuna nuestra. El asunto es que
en muchas de ellas manifiesta una desmedida y pintoresca vanidad;
una gran preocupación por su imagen pública y por el efecto de sus
escritos y discursos en los demás; e incluso una cierta pose ante el juicio de la historia, además
de aprovechar —con oportunidad y sin ella— de hablar de la gloria
de su Consulado del año 63. Pero aun así, debemos reconocer que
es un vivo y raro ejemplo de un vanidoso que nunca fue mezquino[98]. El mismo debate
sobre su eventual participación como autor intelectual en la muerte
de Julio César parece ser animado por algunos excesos verbales autorreferenciales[99]. En resumen,
la opinión dominante es que se alegró del suceso al conocerlo, pero
no lo promovió intencionadamente, aunque de sus palabras en alocuciones
inmediatamente anteriores y posteriores pudiera deducirse lo contrario.
En esto, una vez más, nos encontramos con la responsabilidad de
la vehemencia de intelectuales que producen consecuencias políticas
inesperadas[100].
Antonio en el
discurso del 19 de septiembre del 44 le imputa al de Arpino la responsabilidad
moral del cesaricidio, pero su apoyo argumental está en la expresión
de Bruto al acabar de apuñalar a Julio César: invoca el nombre de
Cicerón "alegrándose con él por la recuperada libertad"[101].
En la Segunda Filípica
nuestro autor se complace en ello, pues lo considera un recuerdo
de su actuación contra la conjuración de Catilina, y que Marco Bruto
pronuncia su nombre como emblema representativo de todos los defensores
de la República. Cosa no tan cierta, pues el mismo Cicerón en carta
a Ático del 17 de marzo del 45 comenta irritado el escrito de loa
a Catón, donde Bruto disminuye notablemente el protagonismo de Cicerón
en la represión de los catilinarios[102].
Pero, a su vez, el orador en el mismo discurso le dice a la cara
a Antonio que "si el puñal, aquel día, hubiera sido el mío,
créeme, no habría interpretado sólo un acto, sino el drama entero"[103].
El 27 de abril del 44 —un mes después del asesinato— le escribe
a Ático comentándole su "alegría, saboreada con los ojos, por
la justa muerte del tirano", alimentando la vexata
quaestio de su autoría intelectual. Es precisamente
por esa propensión a hablar de sí mismo por lo que, en la synkrisis que realiza Plutarco entre Demóstenes
y Cicerón, la balanza se inclina a favor del griego: “También se
ve en sus escritos que el uno no tocaba en las alabanzas propias
sino con tiento y sin fastidio, y sólo cuando podía convenir para
otro fin importante, siendo fuera de ese caso reservado y modesto;
pero el desmedido amor propio de Cicerón de hablar siempre de sí
mismo descubre una insaciable ansia de gloria, como cuando dijo
Cedan las armas a la docta
toga, y el laurel triunfal a la elocuencia”[104]. Desde la propia
tradición manuscrita hasta los editores modernos, se ha incluido
en la epistolografía de Cicerón el Commentariolum
petitionis atribuido a su hermano Quinto Tulio Cicerón. Es un
verdadero “breve manual de campaña electoral”, como también se le
conoce, en el que su hermano menor lo promociona en el año 64 para
la elección al Consulado. De sumo interés –más que ningún otro texto
de la literatura latina- para conocer los entresijos de una campaña
electoral en la Roma de aquella época[105].
Pero también para hacernos conocer de un modo muy inmediato y práctico
la aguda percepción de todo lo político –aun en lo táctico- de los
hermanos Tulio Cicerón. Marco Tulio
Cicerón será para siempre uno de los príncipes de las humanidades.
Él llamó la atención sobre esa armonía que debe haber entre arte,
ciencia, poesía, política y todo saber en general. En la defensa
de Arquías a eso le llama humanitas. Enseña en todo momento a mantener
un estrecho comercio entre todos los territorios intelectuales.
Nos impulsa a disfrutar de lo bello y selecto de la vida. ¿Fracasó
políticamente? ¿Se aferró a una tradición republicana que estaba
destinada a fenecer? ¿Son más inteligentes los Clodio o los Esquines
que aceleran la destrucción de las tradiciones vigentes, que quienes
como Cicerón o Demóstenes, defienden con todas sus fuerzas lo que
entienden es amor a la patria y a su historia? Después de todo,
César fue también un espíritu superior, y a él se le atribuyen estas
palabras sobre nuestro autor: "Has alcanzado la más bella de
todas las glorias y un triunfo preferible a los de los más grandes
generales, pues vale más dilatar las fronteras del espíritu que
extender los límites del imperio"[106]. Aquel 7 de
diciembre del año 43 contaba Cicerón con 64 años. Su matador, el
centurión Herenio, bajo las órdenes del tribuno Popilio, a quien
había defendido el homo Arpinus en causa de parricidio, lo
degolló en la litera en la que sin
demasiada convicción intentaba huir[107].
Por mandato de Antonio le cortaron la cabeza y las manos que habían
escrito las Filípicas.
Fueron expuestas en los Rostra de Roma, en la misma tribuna desde
donde Cicerón dirigía sus discursos al pueblo[108].
Con aquello estimaban haber acabado para siempre con los pensamientos
de su cabeza y con el atractivo de sus escritos. Se equivocaban.
Pasados más de dos mil años, seguimos pensando sus pensamientos
e instruyéndonos y deleitándonos con sus libros. [1] Este
uso apologético de destacados autores no cristianos se explica
en la Carta de San Jerónimo a Magno, orador de la
ciudad de Roma, sobre la
utilización de los autores paganos. El egregio escriturista
se justifica de los ataques que recibe por ese recurso; realiza
una amplia fundamentación de ese método de defensa de las verdades
de la Fe, y ofrece un numeroso elenco de autores cristianos intachables
que recurrieron a los paganos para ilustrar sus explicaciones
escritas sobre la verdad cristiana (cfr. SAN JERÓNIMO, Epistolario, tomo I, edición bilingüe preparada
por Juan Bautista Valero, BAC, Madrid 1993, pp. 730-737). [2] "Entre
las obras de San Basilio se encuentra un breve tratado: A los jóvenes sobre la manera de sacar provecho
de las letras helénicas. Se plantea el problema de cómo saber
instruir a los jóvenes crisitianos en un momento en que toda la
literatura, la moral y la filosoía en lengua griega eran obra
de escritores paganos y expresión de una cultura pagana. Basilio
resolvió la dificultad con elegancia, aportando el ejemplo de
una obra completamente llena de citas y ejemplos tomados de la
antigüedad, pero animada de un espíritu íntegramente cristiano.
Aunque poniendo a sus lectores en guardia contra la inmoralidad
y la impiedad de tales escritos paganos, Basilio subraya lo que
en ellos se puede encontrar útil para la formación del gusto y
cultivo de la virtud. No solamente los preceptos de los antiguos
son, con frecuencia, aprovechables —siempre que, en vez de limitarse
a leerlos, se los siga— , sino que los ejemplos que nos han dejado
merecen a menudo ser imitados, a condición de que nos ayuden a
cultivar nuestra alma y a liberarnos del cuerpo, lo cual constituye
el deber de todo cristiano. Este encantador escrito llegará a
ser, naturalmente, el programa de los helenistas cristianos de
los siglos XIV y XV; Leonardo Bruni, al traducirlo, estimará haber
justificado suficientemente su actividad de traductor de Plutarco
y de Platón" (GILSON, Etiènne, La Filosofia en la Edad Media (desde
los orígenes patrísticos hasta el fin del siglo XIV), 2ª edición, Gredos, Madrid 1982, pp. 62-63). [3] Petrarca
a través de su admiración a Cicerón llega a San Agustín, y por
éste, a su conversión al Cristianismo. A partir de él —sin pretenderlo
explícitamente— arranca el tronco central del movimiento de retorno
a los clásicos. Su encuentro con Agustín parece datar el 1333.
Muere en 1374 (cfr. GILSON, Etiènne, La
Filosofia en la Edad Media..., pp. 665-675). [4] Cfr.
DRUMANN, Wilhelm, Geschichte
Roms in seinen Übergange von der republikanischen zur monarchischen Verfassung, Könisberg 1834-1844. En esta extensa obra
se estudian las últimas décadas de la República, que coinciden
precisamente con los años centrales de la vida de Cicerón. En
un estudio de 1260 páginas, ubicado en los tomos V y VI, presenta
una imagen muy desfavorable de nuestro autor que, se supone, influye
decisivamente en el juicio que doce años después pronunciará Mommsen
en su Historia de Roma. [5] En su
mayor parte, este trabajo es debido al eminente plutarquista Konrat
Ziegler (1884-1974): M.
Tulli Ciceronis scripta quae manserunt omnia, Bibliotheca
Scriptorum Graecorum et Romanorum Teubneriana, Lipsiae 1960. [6] Cfr.
Obras Completas de Marco Tulio Cicerón,
traducidas del latín por Marcelino Menéndez y Pelayo, Imprenta
Central, Madrid 1880. [7] "La unidad de su personalidad
viene definida por las dos dimensiones sustanciales que la estructuran
y dan el sentido de su vida: la del político y el intelectual.
Entre sus contemporáneos, César era también un hombre de vasta
cultura e incluso de altas calidades literarias, pero era ante
todo un animal político, orientado más que por la inteligencia
por una especie de irrefrenable instinto que le empujaba hacia
el poder por el poder como único objetivo de su vida. Salustio
y Varrón actuaron también en la vida pública, si bien en planos
secundarios. Pero fueron ante todo —uno a la largo de toda una
dilatadísima vida, el otro al menos en los años de su retiro,
dedicados a la labor historiográfica— prototipos de intelectuales"
(FONTÁN, Antonio, Humanismo romano..., pág. 48). [8] Cfr.
CICERÓN, De oratore,
1, 5. [9] Cfr.
FONTÁN, Antonio, Humanismo
romano..., pág. 51. [10] Para una introducción general
a la personalidad de Cicerón, es referencia obligada: BOISSIER,
G., Cicéron et ses amis; étude sur la société Romaine
du temps de César, con numerosas ediciones en varias lenguas;
en castellano está editado en Buenos Aires desde 1944. En el ámbito
de Epaña la primera referencia biográfica es: MAGARIÑOS, Antonio,
Cicerón, Clásicos Labor, Barcelona 1951. [11] Cfr.
BOARDMAN, John – GRIFFIN, Jasper – MURRAY, Oswyn, Historia Oxford del Mundo Clásico, versión española de Federico
Zaragoza Alberich, Alianza Editorial, Madrid 1988, 460 pp. Ver especialmente:"Cicerón y Roma", por Miriam
GRIFFIN, pp. 542 y ss. [12] CICERÓN,
Correspondencia con su hermano
Quinto (incluido el
"Breve manual de campaña electoral"), introd. y
notas de J.M. Baños, trad. de Tomás Hernández Cabrera, col. "Clásicos
de Grecia y Roma", Alianza Editorial, Madrid 2003, Carta
XXVIII, pág. 220. En las pp. 10 y 11 de la introducción se
hace referencia a la tesis de Jérôme Carcopino. [13] El insigne
romanista Álvaro d´Ors, profundo conocedor de toda la vida cultural
de aquella época, ha puesto de relieve cómo Cicerón —de modo similar
a lo que ocurrirá con Séneca— desborda la clasificación de jurisconsulto:
"Porque también de Cicerón se ha dicho que fue un jurisconsulto,
por más que su significación general exceda con mucho tal calificación
(...) como es sabido, la función del abogado romano, del patronus,
no era, como pretende ser hoy, la de un técnico del derecho, sino
la de un retórico, para el que el conocimiento de la cuestión
jurídica que defiende tiene un valor accesorio. En efecto, dada
la estructura del proceso romano de la época clásica, los debates
ante el juez se refieren más a los hechos que al planteamiento
jurídico, el cual viene predeterminado ya en la fórmula procesal
que las partes, debidamente asesoradas por los jurisconsultos
y no por abogados, han convenido previamente ante el pretor. Lo
que se puede esperar del abogado romano no es el conocimiento
del derecho, sino la elocuencia y la habilidad para convencer
a los jueces acerca de la prueba de los hechos. Este es un terreno
al que el jurisconsulto no se digna descender, y de ahí, quizá,
la inigualable elegantia
iuris propia de la jurisprudencia romana de la época clásica"
(d´ORS, Álvaro, Nuevos papeles del oficio universitario,
Rialp, Madrid 1980, pp. 193-194). [14] A partir
de ahora, para todas las fechas que se indican en la vida de Cicerón,
se da por supuesto que son a.C. [15] "Aunque
formado, por tanto, con juristas de primera fila, Cicerón no lo
fue nunca en sentido estricto, pues no dio responsa.
Era él un apasionado abogado enamorado del foro que incluso advirtió
a sus colegas del peligro de ejercer como juristas por impedir
esta función pensar seriamente las defensas (De
legibus 1, 4, 12). Y es que el jurista romano no se interesaba
por los hechos, que suponía en todo caso podían probarse, sino
tan sólo de la solución justa. Para probar los hechos ya estaban
los abogados" (DOMINGO, Rafael, voz Cicerón, en DOMINGO, Rafael (ed.), Juristas Universales, vol. I (Juristas antiguos), Marcial Pons, Madrid
2004. [16] Cfr.
FONTÁN, Antonio, Humanismo
romano..., pp. 45-93. [17] Ibidem, pág. 63. [18] Cfr.
CICERÓN, Correspondencia
con su hermano Quinto..., Cartas VI, 1-2; VII, 7; VIII, 2;
IX, 1; X, 3-4; XII, 3; XXI, 1-6, 14 y 24; XXIII, 1 y XXVII, 7.
A partir de éstas y otras referencias, Carcopino calcula en más
de diez millones de sestercios la fortuna "inmobiliaria"
de Cicerón: a la mansión del Palatino y otros bienes inmuebles
en Roma (algunos propiedad de su esposa, Terencia) había que añadir
ocho villas de descanso fuera de Roma, sin contar las casas (diversoria) en los caminos importantes
para descansar cuando se trasladaba de una propiedad a otra. [19] Usamos
la edición: CICERÓN, Marco Tulio, Sobre
la República, Biblioteca Clásica Gredos nº 72, introducción,
traducción, apéndice y notas de Álvaro d´Ors, revisado por Antonio
Fontán, 1ª edición 1984, 1ª reimpresión Madrid 1991, 193 pp. [20] Cfr.
idem, pág. 8. [21] Cfr.
DOMINGO, Rafael, voz Cicerón,
en DOMINGO, Rafael (ed.), Juristas
Universales, vol. I (Juristas
antiguos), Marcial Pons, Madrid 2004. [22] Cfr.
POHLENZ, Max, Die Stoa:
Geschichte einer geistingen Bewegung, Vandenhoeck und Ruprecht,
Göttingen 1959. Panecio es uno de los filósofos predilectos de
Cicerón. En el diálogo De legibus se refiere a él comentando que, a pesar de ser estoico,
se ocupó de estudiar las magistraturas: "un hombre excelente
y cultivado como el que más" (CICERÓN, Marco Tulio, Las Leyes, traducción, introducción y notas por Álvaro d´Ors, Instituto
de Estudios Políticos, Madrid 1953, Libro III, 14). [23] CICERON,
Sobre la República...,
Libro I, 2,2. [24] Entre las valoraciones más
bien críticas por el empeño práctico
del Arpinate, se encuentra por ejemplo, la de: PERELLI, Luciano,
Il pensiero politico di Cicerone (Tra filosofia
greca e ideologia aristocratica romana), ed. La Nuova Italia,
Firenze 1990, 220 pp. Para este autor hay un hiato importante
entre la riqueza que Cicerón transmite al Umanesimo
y sus posturas políticas concretas e inmediatas: es pragmático
y egoísta. Tampoco ve como positivo que no sea un reformista moderado,
sino un tenaz conservador republicano; sostenedor de la primacía
del Senado y de la prevalencia de los optimates. Está contra las concesiones
al pueblo, sólo las acepta como fines instrumentales y "maquiavélicos".
Asimismo para Perelli —como para otros autores itlianos— es negativo
que haya estado contra el gobierno de uno solo, de donde está
contra el hipotético principado augusteo. Con sus diferencias,
se inclina también por una valoración crítica desfavorable: ZECCHINI,
Giuseppe, Il pensiero politico romano (Dall´età arcaica alla tarda antichità), La
Nuova Italia Scientifica, Roma 1997, 180 pp. [25] Idem, I, 2,3. [26] Cfr.
introducción de Álvaro d´Ors, en idem,
pág. 25. [27] FONTÁN,
Antonio, Humanismo romano...,
pág. 53. [28]
Vid.
pág. 30. [29]
Cfr. CICERÓN, Ad Quintum
fratrem I, 1,23 ss. Cfr. CICERÓN, Ad familiares
IX, 25,1. Cfr. CICERÓN, De
republica I, 43 ss.; II, 15; II, 27. [30] Este
trabajo lo realiza principalmente en De
re publica y en De legibus. [31] Diccionario
R.A.E. (1992): "Gobierno de la muchedumbre o de la plebe
(del gr. ojclocrativa). [32] Cfr.
Álvaro d´Ors en introducción a CICERÓN, Marco Tulio, Las Leyes, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1953, pág. 6, nota
2. [33] Cfr.
FONTÁN, Antonio, Humanismo
romano..., pp. 65-68.
[34] Según
el diccionario de M.C. HOWATSON, esta expresión es equivalente
a la significación que tenía, en la época victoriana, la palabra
inglesa "gentlemanly" (cfr. HOWATSON, M.C., Oxford Companion to Classical Literature, versión española como Diccionario de Literatura Clásica, Alianza,
Madrid 2004, pág. 477). [35] FONTÁN,
Antonio, Humanismo romano,
Planeta, Barcelona 1974, pág. 32. [36] CICERONIS,
M. Tulli, Orator: hemos
contrastado la traducción de Marcelino Menéndez y Pelayo, en Obras Completas de Marco Tulio Cicerón,
tomo II: Diálogos del Orador,
Imprenta Nacional, Madrid 1880, con: CICERÓN, Marco Tulio, El Orador, texto revisado y traducido por Antonio Tovar y Aurelio
R. Bujaldón, 2ª edición, Consejo Superior de Investigaciones Científicas,
Madrid 1992. [37] Seguimos
traducción de Menédez y Pelayo, pág. 8. [38] Idem, pág. 10. [39] Como
filósofo puede ser considerado un seguidor de la Nueva Academia de Carnéades y su probabilismo gnoseológico. Su inteligente
eclecticismo se manifiesta, por ejemplo, en la aceptación de los
aspectos positivos estoicos en la moral, a la vez que rechaza
el fatalismo de éstos, afirmando la existencia de una verdadera
libertad, como hace por ejemplo en De
fato. La armonización entre esas distintas escuelas la intentó
Antíoco de Ascalona. (Cfr. por ejemplo, CICERON, Academica;
CICERON, De finibus bonorum et malorum; CICERON,
Tusculanae disputationes. [40] "Lo
más notable es que la información va acompañada ordinariamente
de una profunda comprensión del tema. El antidogmatismo de los
académicos y la erudición tradicional de los peripatéticos, que
en aquella época andaban muy cerca de sus antiguos adversarios,
permiten a Cicerón el intento de entender cada filosofía desde
ella misma y en sus propios términos. Lo cual también pone en
su mano la posibilidad de extraer de las diversas doctrinas citas,
datos, argumentos, paralelos históricos, etc., para aplicaciones
judiciales o políticas" (FONTÁN, Antonio, Humanismo
romano..., pág. 61). [41] Hemos
utilizado la edición bilingüe: CICERÓN, Marco Tulio, Las Leyes, traducción, introducción y notas por Álvaro d´Ors, Instituto
de Estudios Políticos, Madrid 1953, 247 pp. [42] Álvaro
d ´Ors, en introducción a idem,
pág. 9. [43] Cfr.
CICERON, De re publica,
IV, 3. [44] "La
contraposición de ius y
lex era algo que existía realmente en la
vida jurídica romana, aunque tenía un valor distinto. Pero en
el cambio de valor que se produce por obra del esfuerzo adaptador
de Cicerón se esconde lo que pudiéramos llamar la clave de la
gran aporía de la filosofía jurídica occidental" (Álvaro
d´Ors, en introducción a CICERÓN, Las Leyes..., pág. 29). [45] Cfr.
idem, pp. 28-37. [46] Ibidem, pp. 31-32. [47] Idem, Libro II, 1,
2. [48] Cfr.
idem, Libro II, 1, 3. El traductor de la
edición bilingüe que utilizamos, declara que tuvo dudas respecto
a verter al castellano el "dios" del que habla Cicerón
con mayúscula o no. Aunque hay pasajes que —como decía Luis Vives—
podrían haber sido escritos por un cristiano, también hay pasajes
en lo que habla de "dioses" como cualquier pagano (cfr.
CICERÓN, Marco Tulio, Las Leyes, traducción, introducción y notas por Álvaro d´Ors..., pág.
23, nota 2). Las palabras del humanista renacentista son: "...
addubitabam essetne monumenta a Ciceroniana officina, an a viro
quopiam Christiano scripta et Ciceronis nomini supposita"
(VIVES, Luis, In Leges Ciceronis Praelectio, Lovaina,
1520-1521). [49] CICERÓN,
Las Leyes..., Libro
III, 2, 5. [50] Idem, Libro III,
6, 14. [51] Idem,
Libro III, 12, 28. [52] Ibidem, 30. [53] Idem, Libro III,
18, 41. [54] Para
esta obra hemos utilizado la siguiente edición bilingüe: CICERÓN,
Marco Tulio, De los deberes, versión española y notas
de Baldomero Estrada, introducción de Antonio Gómez Robledo, "Bibliotheca
Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana", Universidad
Nacional Autónoma de México, 2ª edición, Ciudad de México 1962. [55] BOISSIER,
G., Cicéron et ses amis;
étude sur la société Romaine du temps de César…, passim. [56] CICERÓN,
Marco Tulio, De los deberes,
versión española y notas de Baldomero Estrada, introducción
de Antonio Gómez Robledo, "Bibliotheca Scriptorum Graecorum
et Romanorum Mexicana", Universidad Nacional Autónoma de
México, 2ª edición, Ciudad de México 1962, Libro I, VII, 3. [57] "Fundamentum
est autem justitiae fides; id est, dictorum conuentorumque constantia
et ueritas" (idem,
Libro I, VII, 4). [58] Cfr. idem, I, XIII, 1. [59] Idem, Libro I, IX, 1. [60] Ibidem, 2. El subrayado
es mío. [61]
Idem,
I, XIX, 1. [62]
Idem,
I, XX, 3. El subrayado es mío. [63]
Idem,
I, XIX, 2. [64]
Idem,
I, XXI, 2. [65]
Ibidem,
3-4. [66]
Idem,
I, XXII, 4. [67]
Idem,
I, XXIII, 3. [68]
Idem,
I, XXIV, 2. [69]
Idem,
I, XXV, 1-2. [70]
Ibidem,
5. [71]
Idem,
I, XXVI, 1-3. [72]
Idem,
I, XXXIV, 3. [73]
Idem,
I, XLIV, 4. [74]
Idem,
I, XLV, 2. Como ya hemos visto en De legibus al tratar sobre la ley natural, con la palabra communitas Cicerón abarca —de acuerdo con
la doctrina estoica— también el mundo de los dioses, y pone el
culto a ellos como el primer deber. "La piedad es la justicia
con respecto a los dioses", dirá en De
Natura Deorum, lib.I, cap. 41. [75] Idem, Libro II, III,
1. En el libro III De legibus
ya ha tratado de este tema. Debe reconocerse que para muchos sigue
siendo una alternativa no resuelta: piénsese, por ejemplo, en
las dificultades para encarar adecuadamente la enseñanza de la
ética empresarial en las actuales escuelas de negocios, o las
dudas en la aplicación práctica de los principios éticos en el
mundo de los negocios. [76] Idem, II, V, 3. [77] Idem, II, VI-VIII. [78] Ibidem. [79] Idem, II, IX, 1. [80] Ibidem, 4 [81] Idem, II, X, 2. [82] Idem, II, XV-XVIII. [83] Idem, II, XIV, 1. [84] Ibidem, 3 [85] Ibidem, 4. [86] Idem, II, XX, 1-3. [87] Idem, II, XXII. [88] Idem, Libro III,
XI, 4. [89] Idem, III, XI, 6. [90] Idem, III, XI, 1. [91] Idem, III, XVII,
1. [92] Ibidem, 2. [93] Idem, III, XXI, 1. [94] FONTÁN,
Antonio, Letras y Poder
en Roma, colección “Mundo Antiguo”, Eunsa, Pamplona 2001,
pág. 26. [95] Cfr.
GRIFFIN, Miriam, "Cicerón y Roma", en: BOARDMAN, John
– GRIFFIN, Jasper – MURRAY, Oswyn,
Historia Oxford del Mundo Clásico, versión española de Federico
Zaragoza Alberich, Alianza Editorial, Madrid 1988, pp. 542 y ss. [96] Ibidem, pp. 26-29. [97] CICERÓN,
Correspondencia con su hermano
Quinto (incluido el
"Breve manual de campaña electoral"), introd. y
notas de J.M. Baños, trad. de Tomás Hernández Cabrera, col. "Clásicos
de Grecia y Roma", Alianza Editorial, Madrid 2003, pág. 9. [98] Puede
ser oportuno recordar que ya desde el tiempo inmediatamente posterior
a su muerte, se sostuvo que alguna edición de Ático estuvo condicionada
por presiones de César Augusto buscando la publicación de una
selección de cartas donde Cicerón quedara desfavorablemente
presentado ante la posteridad. [99] Cfr.
CANFORA, Luciano, Julio
César (un dictador democrático), Ariel, Barcelona 2000, pp.
345-349; cap. XXXVII: "¿Cicerón promotor de la conjura?". [100] Luciano
Canfora sostiene sobre este controvertido asunto: "Igualmente
cierto es que un intelectual como Cicerón, «que sufría» políticamente
bajo la dictadura de César, usa las palabras con una violencia
que es puramente «imaginaria»: que probablemente se paraliza cuando
de las palabras se debe pasar a la acción. Los intelectuales son
extremistas y drásticos en el campo del imaginario subjetivo:
no siempre comprenden las implicaciones materiales, las consecuencias
de sus palabras; no siempre prevén que otros, tomándolas literalmente,
transformarán en actos,
en hechos, sus palabras.
Que Cicerón evoque al antiguo Bruto «que expulsó a Tarquinio»
no quiere decir que imagine de veras que Bruto, incitado por aquel
gran modelo, coja el puñal" (CANFORA, Luciano, Julio
César (un dictador democrático), Ariel, Barcelona 2000, pág.
348). No podemos evitar la conexión mental directa con aquel "¡no
es esto, no es esto!" que decía Ortega y Gasset ante los
desmanes de la II República que él había contribuido a instalar
en España con su encendida oratoria. [101] Cfr.
CICERÓN, Marco Tulio, Filípicas,
II, 28. [102] Cfr.
CICERÓN, Marco Tulio, Epístolas
a Ático, XII, 21, 1. [103] Cfr.
ibidem, 34. [104] PLUTARCO,
Vidas paralelas (Comparación de Demóstenes y Cicerón), traducción
directa del griego por Antonio Ranz Romanillos, revisada, corregida
y anotada, con unas notas prologales de Emiliano M. Aguilera,
Obras Maestras, vol. IV, Barcelona 1979, pág. 230. [105] CICERÓN, Correspondencia con su hermano Quinto (incluido el "Breve manual de campaña
electoral"), introd. y notas de J.M. Baños, trad. de
Tomás Hernández Cabrera, col. "Clásicos de Grecia y Roma",
Alianza Editorial, Madrid 2003, pp. 17-25. “Como señalaba un político
de la experiencia de Giulio Andreotti en su presentación de la
edición y traducción de P. Fedeli (1987), lo que no podía imaginar
Quinto es que su obra, dos mil años después, pudiera resultar
tan extraordinariamente interesante, ´no sólo como documento histórico
y literario, sino también, y sobre todo, por una suerte de imprevisible
actualidad de las situaciones que describe´ (apud Fedeli 1987:
7). [106] Cfr.
Antonio Gómez Robledo en introducción a: CICERÓN, Marco Tulio,
De los deberes..., pág. XVIII. [107] PLUTARCO,
Vidas paralelas (Cicerón), Obras Maestras, vol. IV…, pp.
227-228. [108] "En
la curia era donde se reunían los verdaderos amos del Estado (...)
Habrás visto en los alrededores una tribuna a la que llaman los
Rostros, reconocible por las proas de navío con las que está decorada.
Perpetúa el recuerdo de la victoria naval conseguida sobre los
latinos cerca de la costa de Antium y que valió a los romanos
el dominio del mar (...) Desde esa misma tribuna, Cicerón pronunciaba
la mayoría de sus discursos cuando se dirigía al pueblo"
(GRIMAL, Pierre, El Alma
Romana, Espasa, Madrid 1999, pp. 109-110). |
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