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Civilitas
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ARISTÓTELES 1.
En la Ética a Nicómaco El último
párrafo con el que Aristóteles concluye la Ética a Nicómaco es bien ilustrativo de la importancia que da a lo
político, entiendiendo su Ética simplemente a modo de una introducción,
donde puedan sentarse las bases de algo más decisivo que viene a continuación.
Así termina esa Ética anunciando
el comienzo de su Política: "Pues bien, como nuestros antecesores han dejado
sin investigar lo referente a la legislación, quizás será mejor que
lo consideremos nosotros, y, por tanto, estudiemos en general lo relativo
a la constitución política a fin de completar, en la medida de lo posible,
la filosofía de las cosas humanas. En primer lugar, pues, intentemos
pasar revista a lo que parcialmente haya podido quedar bien tratado
por nuestros predecesores; después, en vista de las constituciones políticas
que hemos reunido, intentemos ver qué cosas salvan y qué cosas pierden
a las ciudades, y cuáles a cada uno de los regímenes, y por qué causas
unas ciudades son bien gobernadas y otras lo contrario. Examinadas estas
cosas, quizá podamos ver mejor al mismo tiempo cuál es la mejor forma
de gobierno, y cómo ha de ser ordenada cada una y de qué leyes y costumbres
se ha de servir para ser la mejor en su género. Comencemos, pues, a
hablar de esto"[1]. Tanto
para la mejor comprensión de las obras éticas del Estagirita, como para
la correcta interpretación de su Política,
debemos tener en cuenta la conexión entre ambas, como ha destacado Julián
Marías en los estudios introductorios respectivos[2].
Desde el comienzo de la Ética
Nicomaquea encontramos lo que señalábamos respecto a su último párrafo;
desde las primeras líneas destaca el superior valor de la dimensión
política, y enlaza —subordinándolos— los estudios éticos a los políticos. "Parecería que ha de ser el de la más principal
y eminentemente directiva (el fin superior). Tal es manifiestamente
la política. En efecto, ella es la que establece qué ciencias son necesarias
en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno, y hasta qué punto.
Vemos además que las facultades más estimadas le están subordinadas,
como la estrategia, la economía, la retórica. Y puesto que la política
se sirve de las demás ciencias prácticas y legisla además qué se debe
hacer y de qué cosas hay que apartarse, el fin de ella comprenderá los
de las demás ciencias, de modo que constituirá el bien del hombre; pues
aunque el bien del individuo y el de la ciudad sean el mismo, es evidente
que será mucho más grande y más perfecto alcanzar y preservar el de
la ciudad; porque, ciertamente, ya es apetecible procurarlo para uno
solo, pero es más hermoso y divino para un pueblo y para ciudades. Este
es, pues, el objeto de nuestra investigación, que es una cierta disciplina
política"[3]. Asentada
por él mismo esa conexión ético-política luego, como al pasar, no deja
de advertir que es disciplina poco apropiada para quienes no tienen
experiencia de la vida, ni para quienes carecen de la madurez suficiente
para no dejarse arrastrar por sus sentimientos: es inútil el conocimiento
si la razón es ofuscada por la pasión. "Por otra parte, cada uno juzga bien aquello que
conoce, y de eso es buen juez; de cada cosa particular el instruído
en ella, y de una manera absoluta el instruído en todo. Por esta razón,
el joven no es discípulo apropiado para la política, ya que no tiene
experiencia de las acciones de la vida, y la política se apoya en ellas
y sobre ellas versa; además, por dejarse llevar de sus sentimientos,
aprenderá en vano y sin provecho, puesto que el fin de la política
no es el conocimiento, sino la acción[4];
y es indiferente que sea joven en edad o de carácter, pues el defecto
no está en el tiempo, sino en vivir y procurar todas las cosas de acuerdo
con la pasión. Para tales personas, el conocimiento resulta inútil,
como para los intemperantes; en cambio, para los que encauzan sus deseos
y acciones según la razón, el saber acerca de estas cosas será muy provechoso"[5]. El
tratamiento de cuestiones políticas, en la producción aristotélica,
es tan penetrante y extenso que debemos estar en guardia para no dejarnos
arrastar por el inmediato interés que suscita en campos muy amplios[6],
y procurar ceñirnos a lo que estrictamente tiene relación con lo que
venimos ocupándonos: la importancia de lo político, y la necesidad de
procurar la formación de buenos gobernantes, tal como viene presentado
en sus obras. Sobre
lo primero hace continua referencia a lo largo de todo el cuerpo de
la Ética Nicomaquea, especialmente
con ocasión del tratamiento de las virtudes, y de la ordenación entre
medios y fines en los que basa su moral. "Además esto también estará de acuerdo con lo que
dijimos al principio, pues establecimos que el fin de la política es
el mejor, y ésta pone el mayor cuidado en dotar a los ciudadanos de
cierto carácter y hacerlos buenos y capaces de acciones nobles"[7].
"De modo que es evidente
que la sabiduría es el más perfecto de los modos de conocimiento. El
sabio, por consiguiente, no sólo debe conocer lo que deriva de los principios,
sino poseer además la verdad sobre los principios. De suerte que la
sabiduría será intelecto y ciencia, por así decirlo, la ciencia capital
de los objetos más estimados. Sería absurdo considerar la política,
o la prudencia, como la más excelente si el hombre no es lo mejor del
mundo"[8]. En el minucioso
trabajo de análisis y disección sociológica que, de algún modo, con
propósitos de fundamentación realiza también en esta obra ética, hace
ver que todas las asociaciones o comunidades humanas se constituyen
por fines o intereses parciales, sin embargo la comunidad política se
ha constituido desde un principio por fines que convienen a todos y
para siempre, y por esta razón todas las demás le están subordinadas
y forman parte de ella[9]. Si no se
lee la Política de Aristóteles
se corre el riesgo de traicionar su Ética;
a su vez para él, la extensión de la ética a la polis es, en sí misma, lo que constituye la filosofía política[10].
Debemos estar prevenidos, también, de que el método analítico es insuficiente
para estudiar adecuadamente al Estagirita[11],
y recordar —como ha demostrado Jaeger— que la Política admite muchas lecturas y relecturas. Para este autor, Aristóteles
es un Platón debilitado por la fuerza de los hechos. Llama la atención,
efectivamente, cómo el discípulo está en continuo diálogo con su maestro,
depende de él pero, a la vez, se le contrapone, apremiado por un espíritu
pragmático que le impulsa siempre a contrastar el ideal teórico con
sus posibilidades concretas de realización, atento también al camino
que van marcando los hechos históricos. Esa atención a los hechos de
la experiencia para poder fundar sobre bases bien reales el ideal ético,
no ha bastado para las abundantes objeciones que ha recibido —a lo largo
del desarrollo histórico de la filosofía política— por intentar fundar
en la moral el orden político. Para G.E.R. Lloyd, por ejemplo, aquí
está su postulado más criticable[12]. Los libros
VIII y IX de la Ética Nicomaquea
constituyen un magnífico tratado sobre la amistad. Habitualmente solemos
pensar en distintos tipos de amistad entre particulares, pero Aristóteles
sabe encontrar en ella también un vínculo importante para mantener unida
a la sociedad política[13]. "Parece además que
la amistad mantiene unidas a las ciudades, y que los legisladores consagran
más esfuerzos a ella que a la justicia: en efecto, la concordia parece
ser algo semejante a la amistad, y es a ella a lo que más aspiran, mientras
que lo que con más empeño procuran expulsar es la discordia, que es
enemistad. Y cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad hay de
justicia, mientras que aun siendo justos necesitan además de la amistad,
y parece que son los justos los que son más capaces de amistad"[14]. Esa amistad
entre conciudadanos es ampliamente compatible con la diversidad de opiniones,
que deriva hacia el debate político y la discusión sobre los diferentes
modos de entender el bien de la ciudad, resultando ésta enriquecida
con la diversidad de caracteres, condiciones personales y opiniones.
Es aquel ideal leído en Protágoras:
"... pues discuten, incluso por su propio afecto, los amigos
con los amigos, pero disputan los enfrentados y los enemigos"[15].
Es decir, la homonoia necesaria
para la vida armónica en sociedad, no debe confundirse con la homodoxia[16]. Hacia el
fin de este tratado ético, el Estagirita aborda cómo puede favorecerse
la práctica de la virtud, dada las malas inclinaciones naturales que
suelen tener los seres humanos. Allí aparece la función no sólo normativa,
sino también pedagógica de la ley. Hace ver que un modo
de procurar el bien en gran escala es convertirse en legislador. Esta
función es parte de la política. Y para dedicarse a ser político es
imprescindible la experiencia. Así como la virtud no se adquiere solamente
por el conocimiento, sino que se es virtuoso cuando se practica, así
el buen político es el que consigue el bien práctico para sus conciudadanos.
Observamos en Aristóteles un pragmatismo realista unido a cierta desconfianza
en los conocimientos sólo teóricos. Puede decirse que de ello se derivaría
todo un programa de selección y formación para legisladores y políticos. "En las otras (ciencias
y facultades), son los mismos los que transmiten la facultad y los que
la ejercitan, como los médicos y los pintores, mientras que la política
profesan enseñarla los sofistas, pero ninguno de ellos la ejerce, sino
los hombres de Estado, los cuales a su vez parecen hacerlo en virtud
de cierta facultad natural y experiencia, más que por la reflexión;
no vemos, en efecto, que escriban ni hablen de tales cuestiones (...)
ni que hayan hecho políticos a sus hijos, o a algunos de sus amigos.
Sin embargo, sería razonable hacerlo, si pudieran, pues ni podrían dejar
nada mejor a sus ciudades, ni preferirían para sí mismos, ni por tanto
para sus seres queridos, la posesión de otra facultad más bien que ésta.
Con todo, la experiencia parece contribuir a ella no poco; de no ser
así, los hombres no llegarían a ser políticos por la costumbre de la
política, y por esta razón los que aspiran a saber de política parecen
necesitar, además, experiencia"[17].
Latente
siempre la tensión entre areté
y têchne, y también entre teoría y práctica,
reaparece aquí el debate ya tratado entre Sócrates y Protágoras[18],
dándosele una solución más sencilla: el gobierno es algo eminentemente
práctico, está más en el orden de la acción que del conocimiento; es
la verdad, la virtud y el acierto en la acción, y por todo ello es fundamental
poseer experiencia. 2.
En la Política Importantes
autoridades en la materia han sostenido que la Política es la principal obra de filosofía
política en toda la historia, a pesar de estar situada casi en el nacimiento
de esa disciplina[19].
El énfasis en la natural sociabilidad humana —para el discípulo de Platón
y maestro de Alejandro— se despliega del modo más completo en la cooperación
política, lo que da lugar al cultivo de virtudes capitales como la justicia,
la prudencia intelectual (phrónesis)
y la amistad (philía), que
es el camino que conduce a la cohesión de la vida comunitaria, y por
el que se puede lograr ese fin tendencial que constituye la eudamonía
(felicidad). Por el contrario, en su tiempo, filósofos que inmediatamente
nutrirán el período helenístico —entre los que hay cínicos, epicúreos
y algunos estoicos— propugnarán la autarkeia
del sabio como una conquista, y rechazarán las virtudes políticas. Niegan
que exista esa conexión directa entre la prosperidad de la polis y las virtudes de sus ciudadanos como sostiene Aristóteles[20]. Para éste,
el modo de lograr ese enriquecimiento mutuo será, una vez más, a través
de la educación: una buena educación es principalmente la formación
de buenos ciudadanos. Esto es así porque el oficio por excelencia del
hombre libre es dedicarse a la vida ciudadana. Los excluídos de ella
—los bánausoi— son despreciados socialmente porque no participan del único
quehacer obligado para las personas de bien: la vida política. Es uno
de los últimos defensores de esta tesis tradicional entre los griegos[21]. No podemos
entrar aquí en el debatido tema sobre el tratamiento que da a la esclavitud
en el libro I de la Política,
haciendo gala allí de su espíritu práctico, y justificándola principalmente
por la necesidad de tiempo libre para que los ciudadanos puedan dedicarse
a atender los más importantes asuntos de la polis.
Ni de cómo precisamente ese pragmatismo, y su visión histórica, naufragan
en la confrontación con los hechos que se dieron inmediatamente después,
en el período helenístico, con el derrumbe de la forma política de la
polis, tan defendida por el sabio de Estagira.
Para muchos autores la intensidad de la crisis social que se vivió en
las ciudades griegas en tiempos de Aristóteles, explica las respuestas
y salidas que busca el insigne filósofo en sus obras políticas. De este
modo, para Julián Marías, por ejemplo, "el tema de la ciencia política
no es el ideal de la politeia,
la constitución perfecta, sino algo mucho más modesto, pero más apremiante:
la seguridad (aspháleia)"[22]. Tampoco
es el momento de precisar si puede admitirse o no, desde el Derecho
Natural, su célebre texto del segundo capítulo de este primer libro
de la Política, donde afirma que por naturaleza
la ciudad es anterior a la familia y a cada uno de nosotros. Su lógica
procede aquí desde el más al menos: el conjunto es necesariamente anterior
a la parte; en el cuerpo humano, si se destruye el conjunto ya no habrá
pie ni mano. Sólo de modo equívoco se puede hablar de mano separada
de un cuerpo. Esa mano sin vida no cumple su función. El todo permite
la funcionalidad de las partes. Si cada individuo por separado no es
autosuficiente, el conjunto le asegura su función y de algún modo su
identidad. "Y el que no puede vivir en sociedad, o no necesita
nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino como
una bestia o un dios"[23].
Sin más comentario, de este debatido texto podemos deducir de modo directo
que, para Aristóteles, dedicarse al cuidado de ese todo, que es la política,
constituye una actividad de primera importancia. Una manifestación de
ello la encontramos en las palabras con que finaliza este primer libro,
recordando la necesidad de educar en los aspectos políticos también
a las mujeres y a los niños. "Ya que toda familia
es una parte de la ciudad, y éstos son asuntos de la familia, y como
hay que observar la virtud de la parte en relación a la virtud del conjunto,
es necesario educar tanto a los hijos como a las mujeres en relación
con el régimen de gobierno, si es que importa que los hijos sean decentes
para una ciudad decente. Y necesariamente es importante. Las mujeres,
en efecto, forman la mitad de los ciudadanos libres y de los hijos salen
los miembros del régimen político"[24]. Entre líneas
podemos ir recogiendo, a lo largo de toda esta obra, consejos surgidos
de un minucioso análisis político, que pueden ser de gran utilidad para
quienes quieren dedicarse a tareas de gobierno, o tengan el deseo de
influír en la configuración institucional de sus sociedades. Así en
el libro quinto, sostiene que la división con mayor significación política
en las ciudades es la de virtud y vicio, seguida por la de riqueza y
pobreza[38].
Puede merecer la pena detenerse a pensar, cuando se está intentando
entender qué está realmente pasando en una sociedad política concreta,
en esa división principal que nos señala Aristóteles. Quizás bajo esa
luz —pocas veces utilizada hoy— comprendamos mejor por dónde encontrar
vías de solución. La segunda división en importancia, ricos y pobres,
sí que ha sido más atendida a lo largo de la historia, también en días
recientes. En varios
lugares encontramos ecos de aquella advertencia suya en otro lugar —quia parvus error in principio magnus est in
fine— que luego sería tan utilizada por la filosofía escolástica[39], como cuando nos dice: "Por tanto,
hay que evitar la aparición de tales discusiones y terminar con las
riñas entre los dirigentes; pues en el principio se produce el error
y el principio dicen que es la mitad del todo, de forma que hasta el
más mínimo error en éste es equivalente a la suma de los posteriores"[40]. Pertenece
al mismo género de consejos lo que expone en el capítulo VIII con ocasión
de buscar los medios de salvación para todos los regímenes en general.
Sostiene que, una vez identificados los principios por los que se corrompen,
ya se tienen por los que pueden salvarse "ya que los principios
contrarios producen otros contrarios y la destrucción es lo contrario
de la conservación"[41].
Hay que cuidar "que no se infrinjan las leyes, y sobre todo cuidar
lo de escasa importancia; pues la ilegalidad se introduce subrepticiamente,
lo mismo que el gasto pequeño, si tiene lugar a menudo acaba con las
fortunas"[42].
Hay que tener en cuenta "que el conocimiento de un mal incipiente
no es tarea de cualquier hombre, sino del político"[43].
Estas advertencias recuerdan aquellas de Tomás de Aquino, cuando sitúa
entre los deberes característicos del gobernante la vigilancia, la solicitud
y la diuturnidad[44]. El capítulo
IX aborda desde su inicio un tema fundamental para nuestro asunto, cuyo
texto ha quedado como una formulación clásica en casi todos los manuales
de teoría del gobierno: "Tres condiciones
deben tener los que van a desempeñar los cargos de más responsabilidad:
primero, amor hacia el régimen establecido; luego, la mayor competencia
en los asuntos de su cargo; y, en tercer lugar, virtud y justicia"[45]. Pasa a
examinar, entonces, a quién elegir cuando no concurren todas estas condiciones
en las mismas personas, qué condición está primero y para qué funciones,
y aunque según éstas se inclinará la elección, siempre "habrá que
estar en guardia para que sea más fuerte el grupo partidario del régimen
que el no partidario"[46]. Pero más
importante aún es que se imparta una educación cívica de acuerdo a los
sistemas políticos en los que se vive: "Pues nula será la utilidad
de las leyes más provechosas y refrendadas por todos los miembros del
régimen si no son éstos habituados y formados en el régimen"[47]. A lo largo
de su extenso estudio sobre cómo preservar los distintos sistemas políticos,
va desgranando las características que debe tener cada tipo de gobernantes.
Procede de un modo que podríamos llamar, más descriptivo que valorativo,
dado el estilo taxonómico-científico dominante en esta obra. Aunque
sin ser infiel a su finalismo ético, a veces puede recordar lo que luego
se llamó maquiavelismo político: centrarse en la
eficacia, sin valorar éticamente los medios utilizados. De todas formas,
va demostrando que los gobernantes virtuosos son los que más perduran
y los que, en la práctica, han alcanzado mejores resultados. No podemos
detenernos ahora en exhumar tantos agudos comentarios que —sin pretenderlo
aquí directamente el Estagirita— nos servirían para obtener una tipología
del buen gobernante. Como muestra traemos la siguiente, para hacer ver
con qué acierto baja a los detalles, aunque esté refiriéndose a los
tiranos: "(se debe arreglar
y embellecer la ciudad como administrador y no tirano); además, en lo
que concierne a los dioses, mostrarse siempre con especial diligencia
(pues los ciudadanos tienen menos miedo a sufrir alguna ilegalidad de
tales hombres, si estiman que quien les gobierna es reverente y se preocupa
por los dioses, y conspiran menos contra él, pensando que tiene por
aliados a los dioses), pero debe mostrarse así sin rudeza. A los buenos
en algo, honrarlos tanto que nunca crean que habrían sido honrados mejor
por los ciudadanos independientes, y esos honores, distribuirlos
él en persona, pero los castigos, por medio de distintos magistrados
y tribunales"[48]. El libro
séptimo suele ser relacionado con el tercero, ya que retoma los temas
más decisivos: ¿Cuál es la ciudad ideal? Afirma que a las ciudades,
como a los individuos, le salen bien las cosas si hay inteligencia y
virtud; por casualidad es imposible que ocurra. Los individuos valientes,
justos, sabios y prudentes son los que causan la felicidad de las sociedades[49].
Le preocupa establecer qué relaciones hay entre la vida virtuosa y feliz
de cada uno de los ciudadanos, y la vida virtuosa y feliz de la ciudad,
y si aquélla debe implicar necesariamente la participación política,
o es posible lograrla con el otro modo superior de vivir, que es la
contemplación filosófica. Después
de pasar revista —con intención de ser completa— a las bases físicas
necesarias para establecer una ciudad ideal, atendiendo de modo especial
al orden, medida y proporción en todo, vuelve a tratar brevemente sobre
quiénes conviene que dirijan, destacando que "además de virtud
hay que seguir al que tiene esa capacidad de ser práctico"[50].
Como la ciudad no debe ser demasiado extensa ni populosa, será posible
otra condición importante que es "conocer a los que se nombran"[51].
Aunque el gobierno sea eminentemente algo práctico, sin embargo hay
que prestar atención a los que "actúan con control de las actividades
externas que son quienes las dirigen con su reflexión"[52].
Este libro finaliza con la ineludible necesidad de dar una buena educación
personal y política a todos los ciudadanos, comenzando a cuidar de ella
esmeradamente desde que son niños, "ya que toda arte y educación
pretende completar lo que le falta a la naturaleza"[53].
Hay que legislar cuidadosamente sobre este particular para acertar a
suministrar una educación que atienda a la estructura interior de la
persona humana, a la vez que a su cuerpo, y que forme para el trabajo,
para la guerra y para la paz, incluido el descanso y la reflexión, "dando
la capacidad de gozar bien del ocio"[54]. En el último
libro de la Política hace
referencia a un debate de su tiempo sobre las distintas opciones educativas
que parece escrito en nuestros días: ventajas e inconvenientes de dar
una formación demasiado dirigida a lo útil y práctico —oficios y habilidades—,
o una formación teórica demasiado especializada. Como siempre se inclina
hacia el equilibrio y la moderación en todo, buscando un término medio
que atienda a la vez a todas las principales finalidades de la vida.
Sus alegatos humanísticos en el tercer capítulo de este
libro VIII son brillantes. "El buscar en todo la utilidad conviene
muy poco a las personas magnánimas y libres"[55]. La lectura
completa de esta obra de Aristóteles —como parece haber quedado demostrado—
nos confirma en la primordial importancia que concede a la actividad
política, y a la necesidad de una formación específica para lograr buenos
ciudadanos y buenos gobernantes, ambas dimensiones apoyadas por sólidos
argumentos, si bien la Política
no está dirigida directamente hacia nuestro asunto. Sus apreciaciones
sobre éste nos pueden resultar demasiado breves y como de paso hacia
otras, pero al evidenciar su profunda agudeza y sabiduría, nos dejan
con el deseo de desarrollar más la sustancia que contienen. La metodología
empleada por el Estagirita podría ser considerada como de un excesivo
afán clasificatorio, más propia de las ciencias naturales —que él también
cultivó— que de las humanas, de las que en estas mismas páginas afirma
que no es necesario excederse en la precisión[56].
Pero igualmente el lector de la Política
es siempre ayudado a concebir mejor una estructura y arquitectura más
completa del Estado, llamándosele también la atención hacia aspectos
que habitualmente no se tienen en cuenta, y que siguen siendo trasladables
e importantes aún en nuestros días. En aras
de la brevedad, y con la precaución de no derivar hacia otros campos
muy interesantes de la filosofía política, pero queriendo señalar muy
sintéticamente otros ámbitos de reflexión hacia los que nos lleva esta
obra, podemos recoger estas apreciaciones de Ricardo Yepes: "El balance de la
kyriopolitica es mayor del que con estas
breves observaciones hemos podido señalar. Se trata de un primer principio
político cuya correcta asimilación permite acceder a los demás. Su carácter
primero se refleja en la enorme cantidad de implícitos que contiene:
el concepto de política como ciencia de la felicidad, se diferencia
respecto de la technê, su
objeto doble (la virtud, que constituye la felicidad, y la politeia
u organización de la convivencia), el carácter natural de la koinonía, sin la cual el hombre no puede
ser, no ya feliz, sino ni siquiera hombre, sino «una bestia o un dios»,
la ciudad como koinonía superior
perfecta, política, en la que se hace posible la felicidad, el
lógos como condición de posibilidad de
la convivencia, el papel de la philía
en esa comunidad perfecta, que no es otro que el ergon común que constituye la koinonía"[57]. 3.
En la Constitución de Atenas Esta
obra reviste particular interés pues, como es bien sabido, es la única
que conservamos escrita directamente por Aristóteles y destinada a su
publicación[58].
Todo el resto del extenso corpus
aristotélico son manuscritos personales, o bien apuntes de clase, o
extractos realizados por sus alumnos y continuadores. La
gran compilación sobre las constituciones de ciudades, o Politei?ai,
es una manifestación más de la gran atención que prestó a la política.
Redactó personalmente la primera de ellas, la de Atenas, para que sirviera
como modelo a seguir por sus colaboradores. Al parecer, llegaron a reunir
hasta 158 constituciones, trabajo imposible de realizar entonces si
no se contaba con un gran equipo de investigadores, reclutados entre
sus discípulos del Liceo, y logro admirable de capacidad de labor intelectual
conjunta para aquellos tiempos. Las relaciones entre la Política
y la Constitución de Atenas son las que hay
entre un tratado teórico —aunque de naturaleza progresivamente empírica,
como hemos visto— y un documento histórico que le sirve de apoyo. Este
plan de estudio, basado en los hechos reales, corresponde al método
positivo y de observación que caracteriza la última etapa científica
de Aristóteles[59]. El
papiro de Londres[60]
parece demostrar que esta obra nunca vio su publicación en vida del
Estagirita: es un documento in
fieri, con abundantes correcciones e interpolaciones como la de
la constitución de Dracón, o contradicciones como las anotaciones a
la constitución de Solón. Pero una vez muerto su autor, los discípulos
se abstuvieron de hacer algún retoque más y la publicaron sin ocultar
sus añadidos y contradicciones. Sus
fuentes principales son Herodoto, Tucídides y los atidógrafos; se duda
si Jenofonte. Se advierte un gran trabajo de investigación directa en
archivos y documentos de textos oficiales de género múltiple, utilizando
un método que podría llamarse casi moderno. Intenta ejercer el discernimiento
crítico y la conciliación entre fuentes contradictorias. Se nota su
temperamento de preferir el término medio —to; mevson ajgaqovn— tan
característico del peripatetismo. Después
de referir algunos datos de la Constitución de Dracón —tradicionalmente
fechada hacia el 621 a.C.— y de la consiguiente revuelta popular como
consecuencia de la injusticia subyacente[61],
entra en escena el arconte Solón como árbitro de la situación, comisionado
para redactar una nueva constitución. En él encuentra Aristóteles un
modelo de buen gobernante en veste de legislador. Lo retrata de un modo
muy adecuado a su propio gusto: "Era Solón por nacimiento y reputación
uno de los primeros, por su hacienda y actuación de los del medio (...)
exhortando a los ricos a no ser codiciosos"[62].
Advierte a éstos contra la avaricia y la arrogancia, que suele estar
en la raíz de todos los males. Libera a los más pobres "para el
presente y el futuro" al prohibir los préstamos sobre las personas[63]
—que llevaban a una auténtica esclavitud, constituyendo el gravamen
más insoportable antes de Solón— y realiza la cancelación de las deudas
públicas y privadas[64].
La discreción que debe tener el legislador en todo momento, a fin de
que nadie se aproveche de su amistad para sacar ventajas, queda asentada
en el pasaje[65]
en que Aristóteles lo excusa de las malas interpretaciones a que dio
lugar esta seisavcqeia. Realiza
un resumen sobre la orientación democrática de las disposiciones de
Solón: "Del gobierno de Solón parece que éstas son las
tres cosas más democráticas: en primer lugar, y sobre todo, el suprimir
los préstamos con garantía personal; después, que el que quisiera pudiese
reclamar sobre las cosas en que hubiere sido perjudicado, y lo tercero,
y con lo que dicen que la plebe alcanzó mayor fuerza, la apelación al
tribunal, pues siendo el pueblo dueño del voto, se hace dueño del gobierno"[66]. A
la vez, dio las leyes cerradas por cien años —con lo que evidencia la
importancia de la estabilidad legislativa— pero no suficientemente precisas:
según algunos para que los tribunales decidan, y de ese modo, el pueblo
mantenga el control, aunque el Estagirita se inclina hacia lo ya sostenido
por él en la Política respecto
a que es imposible determinar absolutamente lo justo[67]. El
sabio ateniense no solamente entiende de temas juridico-institucionales,
sino que también se ocupa de una dimensión muy importante para todo
buen legislador y gobernante: lo material y económico. Reformó las medidas,
pesos y monedas[68],
logrando así un fundamento para el ulterior desarrollo y prosperidad
económica de Atenas[69]. La
prueba de su honradez, imparcialidad y suprema sabiduría la da al decidir
auto-desterrarse de Atenas durante diez años: así evitará aferrarse
al poder convirtiéndose en un tirano —dadas las amplias facilidades
que tenía para ello—, facilitará que los ciudadanos se acostumbren a
cumplir las leyes sin tener que recurrir a él en su interpretación —y
así se vaya consolidando la institucionalización de la ciudad— y se
ofrece como blanco de las iras de ricos y pobres, para que descarguen
en él las contradicciones a las que les empujan sus respectivos defectos
dominantes. En sus versos encontramos criterios sobre cómo tratar a
unos y otros. "El pueblo así es como seguirá mejor a sus jefes,
ni demasiado suelto ni por la violencia. Pues la hartura empuja hacia
la arrogancia, cuando una gran felicidad sigue a hombres que no tienen
una mente bastante (...) ni de la tiranía me agrada usar la fuerza,
ni que de la fértil tierra de la patria tengan los buenos iguales suertes
que los malos (...) Y si algún otro, dice, hubiese alcanzado esta dignidad,
no hubiera sujetado al pueblo ni se habría detenido hasta que revolviendo
hubiese la nata sacado. Yo entre éstos, como entre un frente y otro,
me quedé haciendo de límite"[70].
De
la tiranía de Pisístrato pone de relieve que pudo mantenerse en el poder
por su flexibilidad y benevolencia, tanto con los pobres como con los
poderosos, "gobernando más como un ciudadano normal que como un
tirano". Así retomó el poder con facilidad cuantas veces fue destituído.
Gobernó en total 19 años en un período de 33. Muere de muerte natural,
lo que no deja de ser significativo, y le suceden sus hijos Hipias e
Hiparco. Clístenes
—casi cien años después de Solón— reforma la constitución, haciéndola
más democrática, según Aristóteles[71].
Ya estamos ante los rasgos principales de la institucionalización socio-política
clásica de Atenas. Nos encontramos entre el 508 y 504 antes de Cristo.
De Clístenes es también la célebre ley sobre el ostracismo. Refiere
que con Pericles la constitución "se hace aún más popular",
pues se le quitan algunas atribuciones al Areópago, y se orienta toda
la ciudad hacia el poderío naval[72].
Asigna un sueldo a los jueces de los tribunales para contrarrestar la
magnificencia de Cimón: "como con lo propio era vencido, que diese
a la muchedumbre lo que era de ella"[73]. Nos
ofrece una lista de los sucesivos buenos gobernantes que tuvo Atenas
— con una ligera referencia a sus filiaciones— siendo en general bien
aceptados por el pueblo: Solón, Pisístrato, Clístenes, Xantipo, Milcíades,
Temístocles, Arístides, Efialtes, Cimón, Tucídides y Pericles. A partir
de éste, la decadencia en la categoría personal y en la aceptación general
es grande, salvándose quizás Nicias y Terámenes[74]. Deja
ver que las adversas circunstancias de la guerra aconsejan la Constitución
de los Cuatrocientos, pasando después todo el poder a los hoplitas:
en tiempos de guerra hay que adaptar las instituciones políticas a las
necesidades perentorias de la guerra, y deben decidir quienes hacen
la guerra[75].
La derrota trae el régimen de los Treinta, que —como se ha repetido
tantas veces en la historia— creó, en un principio, expectativas favorables
por reprimir los excesos de los sicofantas y reformar demagógicamente
los aspectos considerados ambiguos en la Constitución de Solón. Pero
en poco tiempo muestran su verdadera naturaleza, arbitraria y cruel[76]. Una
vez derrocados los Treinta y lograda la pacificación gracias a Pausanias,
se realizan nuevos acuerdos y juramentos para salvar el estado de guerra
civil. Alaba entonces como medida de buen gobierno el borrar las cuentas
y rencores del pasado recurriendo incluso a una ejecución sumaria[77],
a fin de evitar el recomienzo de venganzas, manteniendo el pulso firme
ante los que miran hacia atrás. Contabiliza
once cambios de régimen desde el nacimiento de la ciudad hasta su tiempo;
considera que crecientemente se ha ido cediendo mayores cuotas de poder
al pueblo, aprobando que "incluso los juicios que eran del Consejo
han pasado al pueblo. En esto parece que han hecho bien, pues más fáciles
de corromper son los pocos que los muchos con ganancias y favores"[78]. Finaliza
esta obra inconclusa, y sujeta a continua revisión por su insigne autor,
con una larga enumeración de instituciones y reglamentaciones de toda
índole que forman parte de la Constitución considerada "definitiva"
en la época de Aristóteles. Con su estilo analítico-descriptivo, va
demostrando el avanzado y democrático sistema institucional que llegaron
a desarrollar. Destacan las garantías y contrapesos que se preven para
evitar arbitrariedades y enriquecimientos ilícitos. En esta sección
de sus escritos constitucionales el Filósofo nos ayuda a conocer con
detalle aspectos muy significativos de la vida ateniense de entonces,
ya que las funciones de los servidores públicos que describe son muy
amplias: desde los oficios litúrgico-religiosos, pasando por los tribunales,
la guerra, la marina comercial, la educación de los jóvenes —se advierte
el énfasis en este aspecto—, los mercados, los pesos, monedas y medidas,
las construcciones públicas, las cárceles, los asuntos familiares y
de beneficiencia social, el teatro, la música y las fiestas populares. La
gran cantidad de funcionarios públicos —normalmente en grupos de diez
para cada función, en atención a cada tribu— denota la responsabilidad
con que se encaran, al menos teóricamente, los asuntos comunes de la
ciudad y del Estado. Algunas instituciones sociales como la atimía[79],
la antídosis[80]
y el mismo ostracismo, parecen demostrar la consideración de los derechos
y deberes ciudadanos como una dimensión de primer orden en la estimación
de aquellos hombres. La exclusión de la participación política es un
gran castigo. A la vez, aquellos demócratas eran muy firmes en la aplicación
de la justicia: por ejemplo, arrancar un olivo sagrado merecía ser juzgado
por el consejo del Aerópago, si el sujeto era declarado culpable, la
pena era la muerte[81];
quien había defraudado económicamente a un particular o al Estado, si
se arrepentía era perdonado después de pagar al damnificado diez veces
el valor de lo sustraído[82]. Al concluir
este apretado resumen del tratamiento de nuestro asunto en algunas de
las obras del maestro universal nacido en la Calcídica, puede ser oportuno
volver a recordar que, si todos estos grandes pensadores han tenido
una singularidad —y a veces una genialidad— que se resiste fuertemente
ha ser tratada con una rapidez que puede caer en superficialidad, en
el caso del Estagirita esto es mucho más grave, ya que en las obras
reseñadas utiliza abundantes neologismos[83], dibuja
los conceptos con un perfil inacabado que impulsa a seguir avanzando
en el camino del conocimiento, y al leerlo no podemos evitar sentir
la presión multisecular de las contrapuestas interpretaciones de que
ha sido objeto[84]. También
hemos intentado evitar aquí —en aras de la simplificación— lo que ha
dado en llamarse una lectura "genética" de nuestro autor.
Es bien sabido que estas lecturas se han multiplicado a partir de un
trabajo fundamental en la renovación de los estudios aristotélicos,
como ha sido el de Werner Jaeger, publicado por primera vez en 1923,
en Berlín, con el título de Aristoteles. Grundlegung einer Geschichte seiner Entwicklung[85].
La complejidad de su interpretación aumenta porque el Filósofo realiza un
punto de inflexión sobre la anterior trayectoria del pensamiento antiguo.
Afirma Jaeger: "Es el primer pensador
que se forjó, al mismo tiempo que su filosofía, un concepto de su propia
posición en la historia; con ello, fue el creador de un nuevo género
de conciencia filosófica más responsable e íntimamente complejo. Fue
el inventor de la idea de desarrollo intelectual en el tiempo, y vio
incluso en su propia obra el resultado de una evolución exclusivamente
dependiente de su propia ley"[86].
El gran
humanista inglés John Henry Newman, dedica unas palabras a Aristóteles
que pueden parecer tienen un punto de exageración, contradiciendo su
moderación habitual, pero si por un momento podemos tener in mente toda la historia —y aún todo el presente— de la ciencia y
de la cultura de occidente, podrán parecernos justas. "Mientras dure el
mundo, durará la opinión de Aristóteles en estas materias, pues él es
la voz de la naturaleza y de la verdad. Mientras seamos hombres, no
tenemos más remedio que ser, en gran medida, aristotélicos, pues este
gran Maestro no hizo sino analizar los pensamientos, sentimientos, visiones
y opiniones de la humanidad. Él nos ha dicho el significado de nuestras
propias palabras e ideas antes de que naciéramos. En muchas materias,
pensar correctamente es pensar como Aristóteles, y nosotros, queramos
o no, somos sus discípulos, aunque ni siquiera lo sepamos"[87]. [1] ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, X, 9, 1181b, edición
bilingüe y traducción por María Araujo y Julián Marías, introducción
y notas de Julián Marías, Centro de Estudios Constitucionales, 6ª
edición, Madrid 1994, pág. 174. [2]"Sorprende
hasta qué punto las interpretaciones de las obras éticas de Aristóteles
suelen desatender su conexión con la Política,
a pesar de la extraordinaria explicitud con que está subrayada en
los textos: la Ética a Nicómaco
empieza y acaba con referencias a la política, del modo más formal
y concluyente. Esta conexión, por lo general, es enunciada —no siempre,
por lo demás—, pero después se la deja caer y no sirve para la comprensión
de la Ética. Creo, por el contrario, que sólo una aproximación de ambas
puede ser fecunda, y que una consideración de la Ética que dejara en segundo plano otros aspectos e intentase una interpretación
analógica (o, mejor, homológica) de ella, teniendo presente lo que
Aristóteles hace realmente en la Política, llevaría a una imagen fresca
y sumamente fecunda de este ilustre libro" (MARÍAS, Julián, en
Introducción a ARISTÓTELES, Ética
a Nicómaco..., pág. XVII). [3] ARISTÓTELES,
Ética a Nicómaco, Libro
I, 2, 1094b. [4] El subrayado
es nuestro. [5] Idem, Libro I, 3,
1095a. [6] "Aristóteles
es uno de esos nombres tremendos cuyo sonido desencadena aludes históricos.
Arrastra consigo tal número de cosas que apenas se atreve uno a pronunciarlo.
Tan pronto como suena, enormes secciones de la historia de Occidente
se desprenden y se precipitan sobre nosotros. El resultado, abrumador,
suele ser la confusión en que todo se mezcla, entrecruza y baraja,
donde toda claridad se pierde. No es fácil contener ese alud, ni siquiera
encauzarlo y ordenarlo. El enorme esfuerzo acumulado desde la antigüedad,
y en forma especial durante los dos últimos siglos, y sus resultados
últimamente insatisfactorios, son buena prueba de ello" (MARÍAS,
Julián, en Introducción a ARISTÓTELES, Ética
a Nicómaco..., pág. VII). [7] ARISTÓTELES,
Ética a Nicómaco, I, 9,
1100a. [8] Idem, VI, 7, 1141a. [9]
Cfr. idem, VIII, 9, 1160a. [10] Cfr. idem, I, 2, 1094b. [11] Cfr.
YEPES STORK, Ricardo, La doctrina
del acto en Aristóteles, Eunsa, Pamplona 1993, pp. 35-150, donde
metodológicamente advierte que el rico pensamiento del Estagirita
nunca expone de una sola vez lo que contiene cada noción, sino
que hay que reunir y coordinar los textos, y hacer una inducción de
todos ellos para captar la conjunción de sentidos. A este respecto,
cfr. también JAEGER, Werner, Aristóteles. Bases para la historia de su desarrollo
intelectual, FCE, México 1984, pág. 426. [12] "Pero
nuestras más graves dudas concernientes a la viabilidad de la teoría
política de Aristóteles se refieren en su apoyo en la virtud de los
ciudadanos del mejor estado como salvaguardia de la constitución (...)
Como muchos otros intentos de trazar el mejor de los estados, el de
Aristóteles está expuesto a la crítica de que la actuación de la constitución
depende en ciertos puntos clave de la bondad y moderación (self-restraint)
de los ciudadanos, y además no sólo de la virtud moral de los ciudadanos,
sino también de la buena voluntad de las clases no ciudadanas para
aceptar los papeles que se les asignan" (LLOYD, G.E.R., Aristotle, The Growth and Structure of His Thought, Cambridge 1968,
pp. 269-270). Cfr. también: BODÉÜS, R., Le philosophe et la cité. Recherches sur les rapports entre morale et
politique dans la penseé d´Aristotele,
Paris 1982, y CALABI, F., La
cittá dell´oikos. La politia di Aristotele, Lucca 1984. [13] Cfr.
FRAISSE, Jean-Claude, Philia.
La notion d´amitié dans la philosophie antique, Librairie Philosophique
J. Vrin, Paris 1974, pp. 189-286. [14] ARISTÓTELES,
Ética a Nicómaco, VIII,
1, 1155a. [15] PLATÓN,
Protágoras, 337b. El subrayado
es nuestro. [16] "L´homonoia
ne se confond pas avec l´identité d´opinions, ou homodoxia"
(FRAISSE, Jean-Claude, Philia…,
pág. 250). En la Política,
Aristóteles valorando las propuestas constitucionales de Sócrates,
ampliará este razonamiento: "Me refiero a la tesis de que lo
mejor es que toda ciudad sea lo más unitaria posible. Ése es el postulado
básico que acepta Sócrates. Pues bien, es evidente que al avanzar
en tal sentido y unificarse progresivamente, la ciudad dejará de serlo.
Porque por su naturaleza la ciudad es una cierta pluralidad, y al
unificarse más y más, quedará la familia en lugar de la ciudad, y
el hombre en lugar de la familia. Podemos afirmar que la familia es
más unitaria que la ciudad y el individuo más que la familia. De modo
que, aunque uno pudiera activar tal proceso, no debería hacerlo, porque
destruiría la ciudad. Y no sólo está compuesta la ciudad por gentes
múltiples, sino por gentes que difieren además entre sí de modo específico.
Una ciudad no se compone de iguales (…) Hay también otro modo de evidenciar
que el buscar la excesiva unificación de la ciudad no es mejor: la
familia es más autosuficiente que el individuo y la ciudad más que
la familia. Precisamente cobra existencia una ciudad cuando sucede
que es autosuficiente su comunidad numérica. Luego si hay que preferir
lo más autosuficiente, también hay que preferir lo menos a lo más
unitario" (Política,
II, 2, 1261a-b). [17] ARISTÓTELES,
Ética a Nicómaco, libro
X, 9, 1181a. [18] Cfr.
PLATÓN, Protágoras, 319a-320a. [19]
MANSFIELD,
STRAUSS, Leo, ¿Qué
es Filosofía Política?, Ediciones Guadarrama, Madrid 1970, 355
pp. (t.o., What is Political Philosophy?, The Free
Press, [20] "Lorsque
l´on envisage la finalité morale de la cité, ce qui est le cas de
la Politique, il s´agit
sourtout de montrer que, par la vie civique, l´homme trouve enfin
le lieu natural de ses différentes activités rationalles, et en conséquence
la posibilité de practiquer les différentes vertus éthiques"
(FRAISSE, Jean-Claude, Philia…, pág. 216). [21] Un estudio
muy completo sobre el concepto de Banausía
puede verse en CHRISTES, J., Bildung
und Gesellschaft, Darmstadt 1975, pp. 71-129). [22] Cfr.
MARÍAS, Julián, en Introducción a ARISTÓTELES, Política, traducción de Julián Marías y María Araujo, texto bilingüe
en colección de "Clásicos Políticos", Instituto de Estudios
de Estudios Políticos, Madrid 1951, pág. LVII. Aunque suponga repetir
parcialmente una cita, este enfoque de Marías queda aún más claro
en otras palabras suyas en su traducción de la Ética
a Nicómaco: "La
fecundidad de Aristóteles sería su rehistorización. Por eso lo he
hecho volver a tomar raíces en su Política,
allí donde, en lugar de hacer una politeía
más, se esfuerza por llegar a una sociología que dé razón de la situación
del mundo helenístico que comienza. La sociedad es siempre lo decisivo,
no la política ni el Estado; porque cuando parece que es la política
quien decide, lo que pasa es que la sociedad está enferma, y es una
vez más el sustrato social —en este caso su enfermedad— quien hace
posible, en lugar del «poder», la ilimitada «prepotencia» política,
que termina en la inseguridad. Por eso Aristóteles quiere asegurar,
como culminación de su política, la aspháleia, la seguridad, condición de la posibilidad de la felicidad
o eudaimonía, cifra a su
vez de la ética" (MARÍAS, Julián, en Introducción a ARISTÓTELES,
Ética a Nicómaco..., pp. XIV-XV). Esa interpretación del autor español, que podría ser considerada
como minimalista y resultado de su espíritu liberal, puede ser interesante
confrontarla con el estudio de REALE, Giovanni, en Introduzione a Aristotele, Roma 1974. [23] ARISTÓTELES,
Política, libro I, 2, 1253a. [24] Idem, libro I, 13,
1260b. [25] Idem, libro II, 12,
1273a. [26] Idem, libro III,
4, 1277b. [27] Ibidem. [28] Idem, libro III,
7, 1279b. [29] Idem, libro III,
12, 1282b. [30] Idem, libro III,
13, 1284b. [31] Ibidem, 1284a. [32] Cfr.
Idem, libro III, 11, 1281b: "... pues,
al ser muchos, cada uno aporta una parte de virtud y de prudencia
y, al juntarse, la masa se convierte en un solo hombre de muchos pies,
de muchas manos y con muchos sentidos; y los mismo ocurre con los
caracteres y la inteligencia. Ésa es la razón por la que la masa juzga
mejor las obras musicales y las de los poetas; pues unos aprecian
una parte, otros otra, y el conjunto, todos". [33] Vid.
nota 139 de este mismo apartado. [34] Idem, libro III,
15, 1286b. [35] Ibidem, 1287a. [36] Ibidem, 1287b. [37] ARISTÓTELES,
Política, libro IV, 11,
1295a. [38] "Pues
bien, la división más importante es quizás la de virtud y vicio, luego
la de riqueza y pobreza, y así sucesivamete unas más que otras"
(idem, libro V, 3, 1303b). [39] Santo
Tomás comienza el prólogo al De
ente et essentia con estas mismas palabras, citando a Aristóteles:
"Quia parvus error in principio magnus est in fine, secundum
Philosophum in I Coeli et mundi, ens autem et essentia sunt que primo intellectu concipiuntur". [40] Idem, libro V, 4,
1303b. [41] Idem, libro V, 8,
1307b. [42] Ibidem. [43] Ibidem, 1308a. [44] Cfr.TOMÁS
DE AQUINO, De Regno, libro
II, capítulo 4 (en la edición de Tecnos, colección Clásicos del pensamiento, Madrid 2002, titulada en castellano La Monarquía, pp. 75-78). [45] ARISTÓTELES,
Política, libro V, 9, 1309a. [46] Ibidem, 1309b. [47] Ibidem, 1310a. [48] Idem, libro V, 11,
1315a. El subrayado es nuestro. [49] Cfr.
Idem, libro VII, 1, 1323b. [50] Idem, libro VII,
3, 1325b. [51] Idem, libro VII, 4, 1326b. [52] Idem, libro VII,
3, 1325b. [53] Idem, libro VII, 17,
1337a. [54] Idem, libro VIII,
2, 1337b. [55] Idem, libro VIII,
3, 1338b. [56] "...
se ha determinado más o menos (pues no debe buscarse la misma exactitud
en las cuestiones teóricas que en lo que se percibe mediante los sentidos)"
(Política, libro VII, 7,1328a). [57] YEPES
STORK, Ricardo, , ¿Cuál es la
mejor ciudad? Comentario didáctico a la Política de Aristóteles, pro manuscripto, sin fecha, Pamplona, pág. 52. [58]
Cfr. ARISTOTLE, On the Const.
of [59] Cfr.
TOVAR, Antonio, en introducción a ARISTÓTELES, Constitución de Atenas, edición bilingüe del Instituto de Estudios
Políticos, Madrid 1948, pág. 24. [60]
Es el descubierto y publicado en 1891 por Sir Frederick G. Kenyon,
en facsímil: ARISTOTLE, On the
Const. of [61] Esta
revuelta —larga e intensa— suele datarse en el 594 a.C. [62] ARISTÓTELES,
Constitución de Atenas,
5, 3. Seguimos la traducción y numeración de la edición de Antonio
Tovar, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1948. [63] Cfr.
idem, 6. En 2, 3 ha presentado esta situación
como la mayor calamidad para el pueblo. [64] Esta seisavcqeia o "descarga"
fue al parecer no una reducción, sino una cancelación total de las
deudas garantizadas hipotecariamente, según la opinión dominante en
los intérpretes contemporáneos. Ya en el siglo IV a.C. era problemática
la interpretación sobre en qué consistió realmente. Se la consideraba
entonces una medida anárquica, inconcebible que fuera tomada por el
sabio Solón. Aristóteles no es terminante sobre su verdadera naturaleza,
ya que la duda se hallaba en sus mismas fuentes. [65]
Idem,
6, 2-4. [66]
Idem,
9, 1. [67]
Cfr. idem, 9, 2. [68]
Cfr. idem, 10, 1-2. [69]
Cfr. ALCOCK, F.A., [70] ARISTÓTELES,
Constitución de Atenas,
12, 2-5. [71] Cfr.
idem, 22, 1. [72] Cfr.
idem, 27, 1. [73] Ibidem, 27, 4. [74] Cfr.
idem, 28, 1-5. [75] Cfr.
idem, 33, 1-2. [76] Cfr. idem, 35, 2-4. [77]
Cfr. idem, 40, 2-3. [78]
Idem,
41, 2 in fine. [79] Cfr.
idem, 8, 5; 16, 10; 22, 8; 53, 5; 63, 3
y 67, 5. Es la suspensión temporal de los derechos ciudadanos por
comisión de alguna falta. [80] Cfr.
idem, 56, 3 y 61, 1. Es la posibilidad
que se brinda a quien alega que está incapacitado para ejercer algún
cargo público, por insuficiencia económica, a intercambiar la totalidad
de sus bienes con el propuesto como sustituto. [81] Cfr.
idem, 60, 2. [82] Cfr. idem, 54, 2. [83] "Mientras
Platón, por lo general, más que palabras, crea significados,
en Aristóteles encontramos creaciones de significado (Bedeutungsneuschöpfungen) y creaciones terminológicas, creaciones
de palabras en cuanto tales (Wortschöpfungen)"
(FRITZ, Kurt von, Philosophie
und sprachlicher Ausdruck bei Demokrit,
Plato und Aristoteles, Darmstadt 1963, pág. 64). [84] "Los
escritos de Aristóteles han sido, a lo largo de los siglos, una pieza
esencial para la historia de la cultura europea. Sin ellos no pueden
entenderse muchas de las ideas que constituyen el entramado de esa
cultura. Y, sin embargo, esta obra tan viva y duradera ha estado sometida
a un proceso de esclerotización y momificación (...) Indudablemente
toda obra intelectual puede quedar aplastada por la presión que sobre
ella ejecen otros lenguajes que la describen y comentan; pero, en
Aristóteles, este aplastamiento ha tenido peculiares características"(LLEDÓ,
Emilio, en ARISTÓTELES, Ética Nicomáquea — Ética Eudemia, introducción por Emilio Lledó Íñigo, traducción y notas
por Julio Pallí Bonet, Biblioteca Clásica Gredos nº 89, Madrid 1993,
pág. 7).
[85] En 1934
ya apareció la traducción inglesa de R. Robinson, bajo el título Aristotle. Fundamentals of the history of his development,
[86] JAEGER,
Werner, Aristóteles...,
en la versión de José Gaos, pág. 11. [87]
NEWMAN, John-Henry, The Idea
of an University, University of a Notre Dame Press, Notre Dame
1986, pág. 83. |
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