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Civilitas
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El
humanismo romano desde la perspectiva de Plutarco
Para nosotros este período reviste
especial interés por ser el contexto histórico y social en el que
va a transcurrir toda la vida de Plutarco. Nace bajo el emperador
Claudio hacia el 45-46 de nuestra era; vive bajo Nerón, Galba, Otón,
Vitelio, Vespasiano, Tito, Domiciano, Nerva, Trajano, y muere hacia
el año 126, bajo el dominio de Adriano. De todos ellos nos ha dejado
trabajos monográficos, o al menos, referencias importantes en sus
escritos. Conoció personalmente a algunos, recibió cargos y distinciones
del Imperio, trató a la Corte tanto en Roma como en Grecia. Es imposible
que este entorno no haya influido en su modo de pensar, de ver la
vida y la historia, y de escribir para esa posteridad que ahora
encarnamos nosotros. Según Jérôme Carcopino, "esta generación
conoció el apogeo del poder y la prosperidad romanas"[1]. Algunos grandes autores de esta
época —como Cicerón y sobre todo Séneca— son inmediatamente anteriores
al Queronense, adquiriendo gran influjo en la capital del Imperio.
Cuando Plutarco nace y se educa, lo hace sobre un humus
cultural helenístico-latino, formado por la simbiosis entre
el pensamiento patrio y las instituciones y usos romanos. Pero por encima del interés particular
para este estudio, la época del humanismo romano está en perfecta
continuidad con lo que venimos tratando, y a su vez tiene un nexo
directo con la cultura occidental de nuestros días. Acierta a decírnoslo
así Antonio Fontán: "La cultura de expresión latina es el molde
en que tomaron forma las principales características de la tradición
humanista que llega desde la Antigüedad hasta la época contemporánea
(...) Los principios intelectuales de esta tradición son griegos
y, antes de ser explicitados por la filosofía, habían sido aplicados
por la más antigua poesía helénica. Los grandes escritores romanos
los incorporan en el espíritu y en el estilo de sus obras. En ellas,
como en toda gran literatura, se logra una universalización de la
experiencia humana, que es la que les otorga la capacidad de convertirse
en modelo y fuente de inspiración para la cultura moderna. Sin el
singular e irrepetible proceso de asimilación de la cultura griega
que realizan los escritores romanos de la época clásica, no se habría
establecido la continuidad de una tradición que es el eje de la
historia espiritual de occidente"[2]. En el rápido recorrido que hemos
hecho por el pensamiento clásico griego, hemos podido comprobar
algo que volveremos a encontrar en el humanismo y en la cultura
clásica romana: los aspectos políticos suelen estar en el centro
del interés y del debate intelectual. En este aspecto, la diferencia
con la cultura de nuestro tiempo es evidente[3]. Las conquistas militares de Roma,
su expansión hacia confines muy distantes de la Urbs, su capacidad de organización, sus construcciones, sus leyes,
sirvieron como vehículo para la realización del universalismo potencial
de la cultura helénica, siguiendo una pauta ya marcada por Alejandro
y sus sucesores. A su vez, el pragmatismo romano encontraba un pensamiento
y un espíritu del que estaba necesitado. La Grecia invadida y derrotada
seguía perviviendo —y de algún modo, dominando[4]—
a través de su cultura, aunque los autores latinos no dejen de aportar
su genio propio en este universo común de ideas[5].
Jaeger nos hace ver que el reconocimiento
y la aceptación de lo helénico fue percibido por los romanos como
algo natural, como si se tratara de una
norma clásica, cuya asimilación por el espíritu nacional romano
no constituía una desnaturalización de éste, sino una fecundación
que les hacía desplegar mejor sus potencialidades universales[6].
Asimismo, el poder militar del Lacio opera una reducción del mundo
a la unidad, que posibilitará el intento, por primera vez, de una
comprensión conjunta de toda la historia humana, o —en lenguaje
contemporáneo— de la dimensión histórica del hombre, lo que llenará
de entusiasmo a Polibio y su pragmateia histórica. El resultado hará
que Roma y su dominio sobre el mundo antiguo aparezca como el Estado
natural de la vida civil, también cuando
surjan los cristianos[7].
Por eso, siglos después, Jerónimo de Dalmacia y Agustín de Hipona
sentirán que tiemblan los cimientos del mundo cuando el orden romano
es amenazado por los bárbaros, y el primero de ellos rompe la pluma,
renunciando a seguir escribiendo una Historia que parece que acaba. Esa estabilidad de un gran orden
que duró más de mil años, y la continuidad o frecuente reincidencia
de miembros de las mismas familias en los puestos directores durante
largos siglos —a pesar de los cambios en la forma institucional
de gobernar: monarquía, república con preponderancia del senado
o de los cónsules, imperio uni o pluripersonal— nos incitan a indagar
qué factores sumergidos, o no suficientemente expuestos hasta ahora
por la crítica histórica, han podido propiciar semejante solidez
en aquel marco institucional[8]. El
contraste con la vida política griega que venimos estudiando es
muy llamativo: a pesar de la riqueza de pensamiento, del intenso
y variado desarrollo de teorías políticas, de la responsabilidad
en la conciencia de ciudadanía, etc., la democracia helénica fue
muy inestable y duró, en unas ciudades u otras, muy pocas décadas.
En una primera aproximación, todo parece apuntar a que, en el seno
íntimo de las familias patricias romanas, se transmitiría un tipo
de educación que tendría como consecuencia la de formar verdaderos
estadistas[9]. Completar con los más significativos
autores latinos el estudio de los filósofos políticos griegos, seguramente
aumentará el tomar conciencia —nunca borrada en la historia occidental—
de que la sociedad grecorromana alcanzó un máximo ideal de civilización
humana, y contenía los gérmenes de un desarrollo histórico a la
vez conservador y progresivo. El autor a quien más de cerca hemos
seguido en sus conceptos sobre la recepción en Roma del espíritu
helénico, sintetiza así las consecuencias de aquella cultura en
la nuestra: "Todos estos aspectos del legado o de la
tradición antigua prolongan su acción y su presencia a lo largo
de los siglos, hasta la sociedad contemporánea. Si en una hipótesis
absurda intentáramos imaginar ésta suprimiendo mentalmente aquellas
«estructuras» heredadas, la veríamos deshacerse y convertirse en
una masa amorfa como el cuerpo de un hombre o de un animal superior
del que hubiéramos sustraído el esqueleto"[10]. Con la precaución
de intentar que esto no nos lleve demasiado lejos, es difícil al
considerar esta pervivencia, no pensar en la tesis de Carl Schmitt
en su conocido artículo “Raum
und Rom”[11].
Como concluye Rafael Alvira: “El espíritu romano es el de la aristocracia republicana. Roma es el humanismo
y éste implica necesariamente la excelencia; pero en esa excelencia
está incluida la vocación radical por la res
publica. Si la Roma imperial quiso convertir a todos los habitantes
del imperio en ciudadanos,
la eclesial trabaja para que todos los seres humanos actualicen
su condición excelsa de hijos de Dios. Toda civilización y cultura
que se precie de buscar su perfección posible, ha de seguir teniendo
a Roma –la antigua y la actual- como espejo vivo en el que mirarse”[12]. [1] Cfr.
CARCOPINO, Jérôme, La vida
cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, edic. Temas de
Hoy, Madrid 1993, pág. 14. [2] FONTÁN,
Antonio, Humanismo romano,
ensayos Planeta, Barcelona 1974, pág. 7. [3] "La
cultura humanista de la Antigüedad está más estrechamente ligada
a la política que la literatura y la ciencia modernas. El pragmatismo
de la política moderna tiende a separar los dos campos del pensamiento
y de la acción pública. Y los filósofos, historiadores, escritores
y científicos tienden a alejarse, mitad por impotencia, mitad
por disgusto o repugnancia, del escenario político, que les parece
que consume estérilmente las energías que en él se gastan. El
poder, en efecto, suele ser, en la historia humana, muchas veces,
una cuestión de hecho. Pero los más elevados espíritus de la Antigüedad
clásica sentaron el precedente de cuestionarse también estos problemas
del poder y la política" (ibidem,
pág.10). [4] "La
Grecia vencida conquistó a su fiero vencedor e introdujo la cultura
en el Lacio" (HORACIO, Epístolas,
primer poema del libro segundo). [5] Es difícil
no asociar inmediatamente aquella situación histórica con la actual:
Europa tiene la vocación de aportar sus ideas, su cultura de antigua
data, su gran experiencia histórica, y los Estados Unidos de América
la de aportar su gran capacidad de realización material, en una
simbiosis y asociación que podría ser muy fructífera. Europa es
Grecia, Norteamérica la nueva Roma. [6] Otra
vez resulta difícil no pensar —por asociación de ideas— en la
situación contemporánea española y de otras naciones europeas:
los nacionalismos parecen sufrir un complejo de inferioridad opuesto
a la grandeza de Roma y Grecia, de cuya interacción mutua se derivaron
bienes que luego beneficiaron a la Humanidad en todo tiempo y
lugar. [7] "En
la época de Augusto, Roma vive más espléndidamente que en ningún
otro momento de su historia, el orgullo nacional de su propia
grandeza. Virgilio ve en ello el destino y la razón de ser de
la Ciudad y pone en boca del padre de Eneas, como una profecía
y una promesa, que al hombre romano le corresponde gobernar el
mundo, pero enseguida añade el modo cómo debe ser ejercido este
imperio, que ha de estar presidido por un espíritu de moderación
y de magnanimidad hacia los pueblos sometidos, y que tiene como
fin el establecimiento permanente de la paz" ((FONTÁN, Antonio,
Humanismo Romano (clásicos-medievales-modernos),
Planeta, Barcelona 1974, pág. 26). [8] Puede
encontrarse una colección de datos sobre todos los magistrados
en: BROUGHTON, T.R.S.—PATTERSON, Marcia L., The
Magistrates of the Roman Republic, New York 1951. [9] Luciano
Perelli, entre otros autores, se encuentra entre quienes se interrogan
por qué la vieja aristocracia romana pudo mantener —adaptándose—
durante tantos siglos el poder. También logra poner de relieve
la relación entre la filosofía griega y el espíritu aristocrático
romano [cfr. PERELLI, Luciano, Il pensiero politico di Cicerone (Tra filosofia
greca e ideologia aristocratica romana), ed. La Nuova Italia,
Firenze 1990, 220 pp.]. Ver también: BOARDMAN, John – GRIFFIN,
Jasper – MURRAY, Oswyn,
Historia Oxford del Mundo Clásico, versión española de Federico
Zaragoza Alberich, Alianza Editorial, Madrid 1988; especialmente
el capítulo "Artes de Gobierno" de Nicholas PURCELL
en pp. 623 y ss. [10] FONTAN,
Antonio, Humanismo romano...,
pág. 20. [11] SCHMITT, Carl, “Raum und
Rom”, en Universitas,
6, Heft 9, 1951. [12] ALVIRA,
Rafael, “Sobre el significado de Roma”, pro manuscripto, pág.
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