Civilitas

 

 Ideas de Civilitas en Plutarco
Por Dr. Ricardo Rovira Reich

 

El humanismo romano desde la perspectiva de Plutarco

     Para nosotros este período reviste especial interés por ser el contexto histórico y social en el que va a transcurrir toda la vida de Plutarco. Nace bajo el emperador Claudio hacia el 45-46 de nuestra era; vive bajo Nerón, Galba, Otón, Vitelio, Vespasiano, Tito, Domiciano, Nerva, Trajano, y muere hacia el año 126, bajo el dominio de Adriano. De todos ellos nos ha dejado trabajos monográficos, o al menos, referencias importantes en sus escritos. Conoció personalmente a algunos, recibió cargos y distinciones del Imperio, trató a la Corte tanto en Roma como en Grecia. Es imposible que este entorno no haya influido en su modo de pensar, de ver la vida y la historia, y de escribir para esa posteridad que ahora encarnamos nosotros. Según Jérôme Carcopino, "esta generación conoció el apogeo del poder y la prosperidad romanas"[1].

     Algunos grandes autores de esta época —como Cicerón y sobre todo Séneca— son inmediatamente anteriores al Queronense, adquiriendo gran influjo en la capital del Imperio. Cuando Plutarco nace y se educa, lo hace sobre un humus cultural helenístico-latino, formado por la simbiosis entre el pensamiento patrio y las instituciones y usos romanos.

     Pero por encima del interés particular para este estudio, la época del humanismo romano está en perfecta continuidad con lo que venimos tratando, y a su vez tiene un nexo directo con la cultura occidental de nuestros días. Acierta a decírnoslo así Antonio Fontán:

"La cultura de expresión latina es el molde en que tomaron forma las principales características de la tradición humanista que llega desde la Antigüedad hasta la época contemporánea (...) Los principios intelectuales de esta tradición son griegos y, antes de ser explicitados por la filosofía, habían sido aplicados por la más antigua poesía helénica. Los grandes escritores romanos los incorporan en el espíritu y en el estilo de sus obras. En ellas, como en toda gran literatura, se logra una universalización de la experiencia humana, que es la que les otorga la capacidad de convertirse en modelo y fuente de inspiración para la cultura moderna. Sin el singular e irrepetible proceso de asimilación de la cultura griega que realizan los escritores romanos de la época clásica, no se habría establecido la continuidad de una tradición que es el eje de la historia espiritual de occidente"[2].

     En el rápido recorrido que hemos hecho por el pensamiento clásico griego, hemos podido comprobar algo que volveremos a encontrar en el humanismo y en la cultura clásica romana: los aspectos políticos suelen estar en el centro del interés y del debate intelectual. En este aspecto, la diferencia con la cultura de nuestro tiempo es evidente[3].

     Las conquistas militares de Roma, su expansión hacia confines muy distantes de la Urbs, su capacidad de organización, sus construcciones, sus leyes, sirvieron como vehículo para la realización del universalismo potencial de la cultura helénica, siguiendo una pauta ya marcada por Alejandro y sus sucesores. A su vez, el pragmatismo romano encontraba un pensamiento y un espíritu del que estaba necesitado. La Grecia invadida y derrotada seguía perviviendo —y de algún modo, dominando[4]— a través de su cultura, aunque los autores latinos no dejen de aportar su genio propio en este universo común de ideas[5].

     Jaeger nos hace ver que el reconocimiento y la aceptación de lo helénico fue percibido por los romanos como algo natural, como si se tratara de una norma clásica, cuya asimilación por el espíritu nacional romano no constituía una desnaturalización de éste, sino una fecundación que les hacía desplegar mejor sus potencialidades universales[6]. Asimismo, el poder militar del Lacio opera una reducción del mundo a la unidad, que posibilitará el intento, por primera vez, de una comprensión conjunta de toda la historia humana, o —en lenguaje contemporáneo— de la dimensión histórica del hombre, lo que llenará de entusiasmo a Polibio y su pragmateia histórica. El resultado hará que Roma y su dominio sobre el mundo antiguo aparezca como el Estado natural de la vida civil, también cuando surjan los cristianos[7]. Por eso, siglos después, Jerónimo de Dalmacia y Agustín de Hipona sentirán que tiemblan los cimientos del mundo cuando el orden romano es amenazado por los bárbaros, y el primero de ellos rompe la pluma, renunciando a seguir escribiendo una Historia que parece que acaba.

     Esa estabilidad de un gran orden que duró más de mil años, y la continuidad o frecuente reincidencia de miembros de las mismas familias en los puestos directores durante largos siglos —a pesar de los cambios en la forma institucional de gobernar: monarquía, república con preponderancia del senado o de los cónsules, imperio uni o pluripersonal— nos incitan a indagar qué factores sumergidos, o no suficientemente expuestos hasta ahora por la crítica histórica, han podido propiciar semejante solidez en aquel marco institucional[8]. El contraste con la vida política griega que venimos estudiando es muy llamativo: a pesar de la riqueza de pensamiento, del intenso y variado desarrollo de teorías políticas, de la responsabilidad en la conciencia de ciudadanía, etc., la democracia helénica fue muy inestable y duró, en unas ciudades u otras, muy pocas décadas. En una primera aproximación, todo parece apuntar a que, en el seno íntimo de las familias patricias romanas, se transmitiría un tipo de educación que tendría como consecuencia la de formar verdaderos estadistas[9].

     Completar con los más significativos autores latinos el estudio de los filósofos políticos griegos, seguramente aumentará el tomar conciencia —nunca borrada en la historia occidental— de que la sociedad grecorromana alcanzó un máximo ideal de civilización humana, y contenía los gérmenes de un desarrollo histórico a la vez conservador y progresivo. El autor a quien más de cerca hemos seguido en sus conceptos sobre la recepción en Roma del espíritu helénico, sintetiza así las consecuencias de aquella cultura en la nuestra:

"Todos estos aspectos del legado o de la tradición antigua prolongan su acción y su presencia a lo largo de los siglos, hasta la sociedad contemporánea. Si en una hipótesis absurda intentáramos imaginar ésta suprimiendo mentalmente aquellas «estructuras» heredadas, la veríamos deshacerse y convertirse en una masa amorfa como el cuerpo de un hombre o de un animal superior del que hubiéramos sustraído el esqueleto"[10].

     Con la precaución de intentar que esto no nos lleve demasiado lejos, es difícil al considerar esta pervivencia, no pensar en la tesis de Carl Schmitt en su conocido artículo “Raum und Rom”[11]. Como concluye Rafael Alvira:

“El espíritu romano es el de la aristocracia republicana. Roma es el humanismo y éste implica necesariamente la excelencia; pero en esa excelencia está incluida la vocación radical por la res publica. Si la Roma imperial quiso convertir a todos los habitantes del imperio en ciudadanos, la eclesial trabaja para que todos los seres humanos actualicen su condición excelsa de hijos de Dios. Toda civilización y cultura que se precie de buscar su perfección posible, ha de seguir teniendo a Roma –la antigua y la actual- como espejo vivo en el que mirarse”[12]. 

 



[1] Cfr. CARCOPINO, Jérôme, La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, edic. Temas de Hoy, Madrid 1993, pág. 14.

[2] FONTÁN, Antonio, Humanismo romano, ensayos Planeta, Barcelona 1974, pág. 7.

[3] "La cultura humanista de la Antigüedad está más estrechamente ligada a la política que la literatura y la ciencia modernas. El pragmatismo de la política moderna tiende a separar los dos campos del pensamiento y de la acción pública. Y los filósofos, historiadores, escritores y científicos tienden a alejarse, mitad por impotencia, mitad por disgusto o repugnancia, del escenario político, que les parece que consume estérilmente las energías que en él se gastan. El poder, en efecto, suele ser, en la historia humana, muchas veces, una cuestión de hecho. Pero los más elevados espíritus de la Antigüedad clásica sentaron el precedente de cuestionarse también estos problemas del poder y la política" (ibidem, pág.10).

[4] "La Grecia vencida conquistó a su fiero vencedor e introdujo la cultura en el Lacio" (HORACIO, Epístolas, primer poema del libro segundo).

[5] Es difícil no asociar inmediatamente aquella situación histórica con la actual: Europa tiene la vocación de aportar sus ideas, su cultura de antigua data, su gran experiencia histórica, y los Estados Unidos de América la de aportar su gran capacidad de realización material, en una simbiosis y asociación que podría ser muy fructífera. Europa es Grecia, Norteamérica la nueva Roma.

[6] Otra vez resulta difícil no pensar —por asociación de ideas— en la situación contemporánea española y de otras naciones europeas: los nacionalismos parecen sufrir un complejo de inferioridad opuesto a la grandeza de Roma y Grecia, de cuya interacción mutua se derivaron bienes que luego beneficiaron a la Humanidad en todo tiempo y lugar.

[7] "En la época de Augusto, Roma vive más espléndidamente que en ningún otro momento de su historia, el orgullo nacional de su propia grandeza. Virgilio ve en ello el destino y la razón de ser de la Ciudad y pone en boca del padre de Eneas, como una profecía y una promesa, que al hombre romano le corresponde gobernar el mundo, pero enseguida añade el modo cómo debe ser ejercido este imperio, que ha de estar presidido por un espíritu de moderación y de magnanimidad hacia los pueblos sometidos, y que tiene como fin el establecimiento permanente de la paz" ((FONTÁN, Antonio, Humanismo Romano (clásicos-medievales-modernos), Planeta, Barcelona 1974, pág. 26).

[8] Puede encontrarse una colección de datos sobre todos los magistrados en: BROUGHTON, T.R.S.—PATTERSON, Marcia L., The Magistrates of the Roman Republic, New York 1951.

[9] Luciano Perelli, entre otros autores, se encuentra entre quienes se interrogan por qué la vieja aristocracia romana pudo mantener —adaptándose— durante tantos siglos el poder. También logra poner de relieve la relación entre la filosofía griega y el espíritu aristocrático romano [cfr. PERELLI, Luciano, Il pensiero politico di Cicerone (Tra filosofia greca e ideologia aristocratica romana), ed. La Nuova Italia, Firenze 1990, 220 pp.]. Ver también: BOARDMAN, John – GRIFFIN, Jasper – MURRAY, Oswyn, Historia Oxford del Mundo Clásico, versión española de Federico Zaragoza Alberich, Alianza Editorial, Madrid 1988; especialmente el capítulo "Artes de Gobierno" de Nicholas PURCELL en pp. 623 y ss.

[10] FONTAN, Antonio, Humanismo romano..., pág. 20. 

[11] SCHMITT, Carl, “Raum und Rom”, en Universitas, 6, Heft 9, 1951.

[12] ALVIRA, Rafael, “Sobre el significado de Roma”, pro manuscripto, pág. 10.