Civilitas

 

ISÓCRATES COMO PRIMER FUNDADOR DE CIVILITAS


Por Ricardo Rovira Reich 

 

 

     De modo reincidente, podemos encontrar a lo largo de la historia de la vida política de occidente, que ante situaciones de crisis generalizada, además del frecuente recurso revolucionario o de la moderación reformista, siempre han aparecido dos soluciones que se presentan como alternativas casi excluyentes: la incorporación a la dirigencia política de nuevas generaciones y/o de nuevos estilos —lo que ha dado en llamarse la regeneración de la dirigencia—, y una opción más a largo plazo que ha sido preferida por destacados filósofos políticos: concentrarse en la buena formación ética y técnica de los futuros gobernantes; por tanto, apostar al futuro confiando en la educación, tomarse el tiempo necesario para que las reformas comiencen desde el interior de las personas decisivas, y así puedan ser más profundas y duraderas. No en vano, procede de los años del dominio de Roma sobre el mundo antiguo, la máxima de quien mueve la cuna mueve los imperios...

 

     Hacia finales del siglo V a.C. en Atenas crece la conciencia de estar viviendo un período histórico crítico. Después de las Guerras Médicas (500-449 a.C.) se desató la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.). Poco más tarde, la Guerra de Corinto. Al esfuerzo, y el desgaste consiguiente, de luchar contra los persas, se suman las luchas fratricidas entre griegos. Se debilita la polis, decae Atenas, quiebra la economía, proliferan los demagogos, la antigua superior cultura ya no se demuestra eficaz para contener el crecimiento de la inmoralidad, de la irresponsabilidad vanidosa, de ambiciones subalternas... Crece la amenaza —luego confirmada— de la pérdida de la libertad y la sumisión al poder extranjero. Los espíritus mejores buscan soluciones. Entre ellos está Isócrates. Es un representante típico de la segunda alternativa arriba mencionada. Forma parte, como Platón y Jenofonte, de la rica herencia que deja Sócrates.

 

     Ateniense nacido en el 436 a.C., recibió una esmerada educación de sus maestros Pródico, Tisias, Terámenes y Gorgias. Alcanzado por la ruina a consecuencia de la guerra del Peloponeso, se gana la vida como logógrafo, aunque luego se esfuerce en disimularlo. Consciente de sus limitaciones para dedicarse a la oratoria política por su debilidad de voz y timidez, funda escuela en Atenas hacia el año 400. Discípulos suyos fueron políticos como Timoteo y Licurgo, historiadores como Éforo y Teopompo, oradores como Iseo y, probablemente, Demóstenes. Morirá casi contemporáneamente con la derrota griega en Queronea (338 a.C.) que muchas décadas antes venía previendo e intentando evitar.

 

     Isócrates es un hombre comprometido con su patria y con su época; no vuelve la espalda a los problemas presentes y futuros. Intenta resolverlos apostando a la educación en las virtudes morales y cívicas. Atiende a su vez a las dificultades externas e internas de su ciudad. Para aquellas propugna la alianza panhelénica, principalmente ante el peligro persa; para éstas confía en la formación de nuevos dirigentes políticos, superiores en virtud, y en el aumento de la cultura ciudadana. El recurso a los antiguos ideales patrios es el paradigma a reconquistar. Puede afirmarse que contribuyó con sus ideas al nacimiento de la llamada etapa helenística. Con capacidad de anticipación, aceptó que había que renunciar al malentendido orgullo ático, y propició la alianza con los antiguos enemigos espartanos, y luego la convivencia con el nuevo poder macedónico.

 

     También atiende a lo externo e interno en la formación de los ciudadanos. No alcanza con mejorar las instituciones y el comportamiento cívico, hay que mejorar el interior de las personas y, así, se asegurará también la mejora y estabilidad de aquellas. Quiere convertir, entonces, su escuela como un instrumento de servicio público. Pero para poder dedicarse con seriedad a este importante menester hay que limitar el número de discípulos: serán turnos de nueve, para poder conocerlos bien e incidir en la mejora de su intimidad. Si el cambio no parte desde lo más íntimo, no será eficaz. Actuaba sobre sus alumnos de forma directa, con mucho trato personal. Así como la paideia era el camino para recuperar el esplendor de la antigua politeia, una fuerte ascesis personal será necesaria para garantizar la eficacia pública del futuro gobernante. Aspiraba a una democracia basada en la justicia, pero dirigida por una aristocracia de los mejores: los más virtuosos y sabios, los mejor educados[1], son quienes deben ser promovidos a las mayores reponsabilidades.

 

     Isócrates, que en un primer momento se consideró poco dotado para influir en los espacios públicos, nos brinda el ejemplo de quien con buenas ideas supera sus limitaciones físicas y caracteriológicas, y termina gravitando no solamente por sus discursos, sino principalmente a través de los hombres que formó. A diferencia de los sofistas, promueve que la retórica se ocupe de la realidad circundante. La secuencia de su sistema para la reforma ética y política podría resumirse así:

—creación de una escuela con un maestro muy dedicado a sus discípulos;

—formación de oradores, en la que el logos[2] es parte esencial para la construcción de la convivencia ciudadana;

—el discurso, como intrumento de una buena comunicación, será un arma importante para la reforma política y de las costumbres, en un ambiente y un tiempo, en el que es el principal medio de comunicación de ideas;

—a su vez, el orador no recibe solamente una formación técnica para lograr la buena composición y elocución del discurso, sino una formación integral: persuade apoyándose en la ejemplaridad y solidez de sus virtudes; sin una superior formación y vida ética sería inútil toda formación retórica;

—el orador forma al pueblo, pero antes debe apuntar a la formación de buenos dirigentes[3];

—en la ejecución del discurso y en el debate con sus contrincantes, el orador no cesa de aprender: "de los mismos argumentos que nos sirven para persuadir a los otros, de ésos nos valemos para reflexionar"; como buen socrático, sabe que se comprende mejor al tener que explicar los conceptos, y que del contraste de opiniones mana un nuevo conocimiento;

—anticipándose a la conexio virtutum aristotélica, considera que vivir bien, virtuosamente, y tener paz en el alma, lleva a pensar bien, y ello a escribir bien, de lo que se deriva hablar bien, y esto permite transmitir el bien a otros, multiplicando la posibilidad personal de hacer el bien; "el ideal educativo del orador es, por consiguiente, el ideal del bien decir fundado en el bien saber y en el bien vivir[4]";

—la profesión oratoria es camino para el ascenso en las responsabilidades ciudadanas, y terminar ocupando puestos de gobierno;

—esos nuevos gobernantes, bien imbuídos de la superior cultura griega, serán maestros no solamente para su pueblo, sino que harán de los griegos "un pueblo de maestros", haciendo prevalecer sus ideales y su dominio político en círculos cada vez más amplios de territorios bárbaros.

 

     Debe reconocerse que Isócrates logró personalmente esa capacidad de visión, de ver más allá que sus iguales, de anticipación, que exigía para el buen político. Superando los prejuicios de su época, en su discurso A Filipo, intenta persuadir al macedonio que se convierta en portaestandarte ad extra de la cultura griega, presagiando así la difusión de esos valores que realizará Alejandro en el período helenístico.

 

     Pero el núcleo de toda su actividad se concentra en quien para él debe ser el primer sujeto de toda educación: el gobernante. Así la trilogía de discursos A Nicocles—Nicocles—Evágoras, presenta un cuerpo unitario de doctrina sobre las características que debe poseer todo buen gobernante. Evágoras es monarca de Chipre, y Nicocles su hijo y sucesor, discípulo en la escuela del retórico ático. En el primero, el maestro se dirige al discípulo que va a ocupar el trono de su padre; quiere entregarle un obsequio: apuntalar su tarea de gobernante con sus consejos. En el segundo discurso, el mismo Nicocles aparece dirigiéndose a sus súbditos, donde les expone la filosofía y programa de gobierno que se propone llevar a cabo. Evágoras fue escrito en los primeros tiempos del gobierno de Nicocles, y allí Isócrates le pone como modelo de gobernante ideal a su padre. Puede constatarse que este maestro de retórica es un político peculiar[5], que hace Política de modo indirecto o mediato.

 

     Podrían resumirse las cualidades que deben adornar al gobernante ejemplar en una serie de virtudes que, algunas deben ser propias de todo buen ciudadano, y otras específicas de esa alta función. Deberá ir muy por delante de sus súbditos en todo[6]. Afrontará con valentía y generosidad las consecuencias de sus decisiones; como el buen pastor va por delante del rebaño, no se esconde detrás de él cuando se acerca el peligro[7]. Como es propio de quien formó sus opiniones políticas a partir de un pragmatismo histórico, Isócrates aconsejará ser sagaz en la observación de los hechos y en el conocimiento de las personas para tomar decisiones[8]. Hay que estar atentos a los más esforzados y capaces para promocionarlos, estableciendo una sana competencia entre sus colaboradores, constituyendo así una especie de meritocracia[9]. La experiencia de gobierno y el estar atento a todas las circunstancias, también pueden explicar ciertos excesos de los gobernantes[10], y por ello es importante la interacción cercana entre los súbditos y sus jefes, y formar a los jóvenes en la obediencia para que después sepan mandar. Saber ponerse el de arriba mentalmente en la situación del de abajo, y viceversa. La prudencia es también saber elegir asesores y rodearse de los mejores consejeros, aunque esto signifique romper el círculo[11] que se forma en torno a quienes detentan el poder: hay que ir a buscar a los mejores allí donde estén, sin detenernos en diferencias que a veces son superficiales, así como hay que tomar las buenas ideas donde estén, sin fijismos propios del prejuicio. El trasfondo socrático vuelva a aparecer en el consejo del dominio de sí mismo ("Sé señor de ti mismo no menos que de los demás, y considera que lo más digno de un rey es no ser esclavo de ningún deleite, y gobernar sus deseos más que a sus súbditos"[12]).

 

     Tanto gobernantes como gobernados deben mantener una distancia interior ante el éxito o el fracaso, esa fortaleza de espíritu se traducirá en ser humildes, en no caer en la peligrosa soberbia que lo arruina todo ("los que no resultan corrompidos por el éxito, ni se enajenan, ni se vuelven soberbios, antes bien permanecen en la disposición propia de los hombres prudentes..."). Todos también deben practicar lo que hoy en día llamaríamos transparencia: "Procurad que vuestra actuación pública no sea astuta u oculta, sino tan sencilla y tan clara, que ninguno, aun queriendo, pueda fácilmente calumniaros"[13]. Hasta podemos encontrar una formulación ante litteram de algún principio de la ética kantiana: "Lo que os irrita que otros os hagan, no lo hagáis a los demás. Lo que reprobáis con las palabras, no lo practiquéis con vuestros actos. No sólo elogiéis a los buenos, imitadlos también"[14]. Aunque no parece considerar, como Jenofonte, que toda educación tiene naturaleza mimética, sin embargo continuamente realza la importancia de las conductas ejemplares, en primer lugar las que vienen desde arriba, exempla trahunt:

 

"No creas que conviene a otros vivir ordenadamente, pero que a los reyes les va bien el desorden; por el contrario, presenta a los demás como ejemplo tu prudencia, sabiendo que las costumbres de todos los ciudadanos imitan a las de sus gobernantes (...) Sé delicado en tu vestimenta y en el ornato de tu persona, pero firme en los demás asuntos como conviene a los reyes; para que quienes te vean, por tu aspecto te consideren digno del poder; y los que viven contigo tengan la misma opinión que aquéllos, por tu fortaleza de ánimo. Lo que aconsejes a tus hijos, tenlo por digno de ti mismo"[15].

 

     Pueden encontrarse numerosas similitudes de enfoque y de contenidos entre las obras de educación política de Isócrates[16] y Jenofonte. Por las fechas de composición relativa[17], es probable que el retórico haya mostrado un prometedor camino al historiador, aunque luego éste, al trabajar sobre un modelo antiguo, pudo expresar sus opiniones con mayor libertad y claridad[18].

 

 

 

 



[1] Considerando que la labor pedagógica —junto a la regeneración ética— forma el núcleo sobre el que pivota todo el programa político isocrático, es de interés conocer qué entiende por un hombre bien educado. Al respecto hay un texto suyo muy significativo: "Así pues, ¿a quiénes considero acabadamente educados, dado que yo no tomo en cuenta para ello las artes, las ciencias y las capacidades? En primer lugar, a los que tratan atinadamente los asuntos que se presentan cada día, y tienen la opinión adecuada a las circunstancias, capaz de conjeturar lo que es ventajoso en la mayor parte de los casos. Después, a los que tienen una relación conveniente y justa con aquellos con quienes conviven —llevando fácil y pacíficamente sus asperezas y los caracteres muy difíciles de soportar— y que muestran también la mayor paciencia y consideración posibles hacia los que tienen trato con ellos. Además, a los que, por una parte, señorean siempre sobre los placeres y, por otra, no se dejan abatir por completo en las circunstancias adversas, sino que en ellas su ánimo se torna valeroso y digno de la naturaleza de la que participan. En cuarto lugar, y lo que es lo mejor, a los que no resultan corrompidos por el éxito, ni se enajenan, ni se vuelven soberbios, antes bien permanecen en la disposición propia de los hombres prudentes y no se alegran más por los bienes que les depara la suerte que por los que provienen, desde su origen, de su propia naturaleza y sensatez. Los que tienen una disposición anímica en armonía no sólo con una de estas condiciones, sino con todas ellas, éstos digo que son hombres sabios y formados, y que poseen todas las virtudes" (ISÓCRATES, Panatenaico, 30-32).

[2] Marcando su oposición a los sofistas, y refiriéndose a quienes rechazan el valor de la retórica y la elocuencia afirma nuestro autor: "(...) son adversos precisamente hacia aquella actividad que, de todas cuantas existen en la naturaleza humana, es la causa de los mayores bienes. Pues en todas las demás, nada nos diferencia de los otros animales, y aun en la ligereza, en la fuerza y en otras cualidades somos inferiores a muchos de ellos; mas porque existe en nosotros la capacidad de persuadirnos unos a otros y de manifestarnos lo que deseamos, no sólo pudimos apartarnos de la vida salvaje, sino que nos hemos congregado formando ciudades, establecimos leyes, inventamos técnicas y, en fin, casi todas las cosas que hemos producido, es la palabra quien nos las han procurado (...) Pero si hemos de resumir los bienes que debemos a esta facultad, no encontramos cosa alguna hecha con inteligencia que se haya hecho sin la palabra, antes bien veremos que en todas las obras y los pensamientos la palabra tiene la parte principal, y que los que tienen mayor inteligencia son los que más se valen de ella; y así los que se atreven a maldecir a quienes se dedican a la educación y a la filosofía, son merecedores del mismo repudio que los que faltan a lo que es propio de los dioses" (ISÓCRATES, Nicocles, 5-9).

[3] "Yo, pues, apruebo todos los discursos que pueden sernos útiles hasta en la cosa más mínima; pero en verdad, juzgo que los más excelentes, más dignos de un rey y más propios de mi condición, son aquellos que aconsejan, ya sobre las costumbres, ya sobre la administración del Estado. Y todavía más: de éstos, prefiero aquellos que enseñan a los gobernantes cómo conviene tratar con la muchedumbre y, a los particulares, qué disposición de ánimo deben tener con los que los gobiernan. Porque veo que es por esto que las ciudades llegan a ser muy felices y poderosas" (ISÓCRATES, Nicocles, 10).

[4] Cfr. FRABOSCHI, A., STRAMIELLO, C., SÁNCHEZ, M., GARCÍA, C., Isócrates: la formación ética del hombre político (el gobernante y el ciudadano), Instituto de Estudios Grecolatinos "Prof. F. Novoa", Buenos Aires 1995, passim.

[5] "Tiene mucha razón Jaeger al notar que la concepción moderna sobre Isócrates, al restituirle su condición de político, acentúa demasiado este aspecto de su obra, olvidando su condición fundamental de educador, un teórico cuyas ideas políticas están al servicio del programa educativo de su escuela, igual que ocurría con Platón y Aristóteles" (cfr. Juan Manuel GUZMÁN HERMIDA, en ISÓCRATES, Discursos I, Colección Clásica Gredos nº 23, introducción, traducción y notas de Juan Manuel Guzmán Hermida, Madrid 1979, 362 pp., pág. 16; cfr. JAEGER, W. Paideia..., pág. 839).

[6] "Era temible, no por mostrarse hostil hacia muchos, sino porque sobrepasaba con mucho la naturaleza de los demás. Señoreó sobre los placeres, y no se dejó guiar por ellos" (ISÓCRATES, Evágoras, 41 ).

[7] "(...) buscamos mandar sobre todos, pero no queremos ir a una expedición militar, y nos falta poco para emprender la guerra contra todos los hombres, pero no nos ejercitamos a nosotros mismos para ella (...) Hemos llegado a tal grado de locura que, faltándonos el sustento cotidiano, hemos intentado mantener tropas mercenarias y maltratamos e imponemos un tributo especial a nuestros aliados para proporcionar un sueldo a enemigos comunes de todos los hombres. Somos tan inferiores a nuestros antepasados (...) que aquellos, si habían votado hacer la guerra a alguien, se creían en la obligación de poner en peligro sus propias personas para defender su opinión, aunque la acrópolis estuviera llena de oro y plata. Nosotros (...) a pesar de haber llegado a tanta miseria y de ser tantos, utilizamos, como el gran rey, tropas mercenarias" (ISÓCRATES, Discurso sobre la paz, 46 y ss.)

[8] "(...) nada dejó sin examen, sino que tan concienzudamente observaba los hechos, y conocía a cada uno de sus ciudadanos, que ni los conspiradores se le adelantaban, ni se le ocultaban los que estaban bien dispuestos, y todos obtenían lo que les correspondía" (ISÓCRATES, Evágoras, 41 y ss.).

[9] "No tengáis envidia de los que ocupan los primeros lugares cerca de mí; mas rivalizad con ellos y, mostrando vuestras virtudes, esforzaos por llegar a ser iguales a los que sobresalen" (ISÓCRATES, Nicocles, 47 ).

[10] "No creáis que la malevolencia o la buena disposición de los reyes se deben sólo a causas naturales, sino también a las costumbres de sus súbditos; porque muchos se han visto precisados a dominar con crueldad, más por la maldad de sus súbditos que por su propio temperamento (...) Enseñad a vuestros hijos a obedecer a sus superiores y acostumbradlos principalmente en la práctica de esta virtud, porque si han aprendido bien a ser gobernados, podrán gobernar a muchos" (ibidem).

[11] "(...) y por lo mismo deberían tener cerca de los monarcas mayor influencia los que con valor dicen la verdad, que no los que les hablan siempre con la mira de agradarles, sin decir jamás nada que merezca ser agradecido" (ISÓCRATES, Carta IV a Filipo, en Speeches and Letters, ed. George Norlin, Cambridge MA, Harvard University Press, 1980, tomo II, pág. 350; cfr. también ISÓCRATES, Discursos II, Biblioteca Clásica Gredos nº 29, J.M.Guzmán Hermida, Madrid 1980, 318 pp.

[12] Cfr. ISÓCRATES, Carta a Timoteo, 29.

[13] Cfr. ISÓCRATES, A Nicocles, 49.

[14] Cfr. ibidem.

[15] ISÓCRATES, Carta a Timoteo, 35.

[16] "Especial interés tiene el discurso A Nicocles, que, con el epígrafe de «Sobre el modo de reinar», ha tenido gran éxito durante el Renacimiento y la Edad Moderna" (cfr.ISÓCRATES, Discursos I, Colección Clásica Gredos nº 23, introducción, traducción y notas de Juan Manuel Guzmán Hermida, Madrid 1979, 362 pp., pág. 34)

[17] "Las ideas fundamentales del A Nicocles y las de la Ciropedia, especialmente en lo relativo a la tipificación de los deberes del buen gobernante, coinciden hasta tal punto que la obra de Jenofonte parece el desarrollo de la del orador, ya que si se admite la fecha de 370 para el A Nicocles, éste es anterior a la Ciropedia" (Ana Vegas Sansalvador, en JENOFONTE, Ciropedia..., pág. 36).

 "Aún más claro es el paralelismo entre la Ciropedia y el Evágoras isocrático" (ibidem).

"Es muy posible, pues, que Isócrates mostrara el camimo a Jenofonte al trazar un programa de educación del príncipe acompañado de elogio, si bien es verdad que la Ciropedia mejora y amplía su modelo procediendo con mayor libertad en el tratamiento de un héroe perteneciente a la historia legendaria" (ibidem).

[18] Más adelante podremos ver cómo algunos educadores políticos se autolimitan e inhiben en sus propuestas por temor al poder político imperante en su tiempo, buscando caminos oblicuos para hacernos llegar su pensamiento. Es el caso, por ejemplo, de Cicerón en su Orator ante Augusto; sinuoso también respecto a la situación política contemporánea en Sobre la República.