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Civilitas
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ISÓCRATES COMO PRIMER FUNDADOR DE CIVILITAS
De
modo reincidente, podemos encontrar a lo largo de la historia
de la vida política de occidente, que ante situaciones de crisis
generalizada, además del frecuente recurso revolucionario o de
la moderación reformista, siempre han aparecido dos soluciones
que se presentan como alternativas casi excluyentes: la incorporación
a la dirigencia política de nuevas generaciones y/o de nuevos
estilos —lo que ha dado en llamarse la
regeneración de la dirigencia—, y una opción más a largo plazo
que ha sido preferida por destacados filósofos políticos: concentrarse
en la buena formación ética y técnica de los futuros gobernantes;
por tanto, apostar al futuro confiando en la educación, tomarse
el tiempo necesario para que las reformas comiencen desde el interior
de las personas decisivas, y así puedan ser más profundas y duraderas.
No en vano, procede de los años del dominio de Roma sobre el mundo
antiguo, la máxima de quien mueve la cuna mueve los imperios... Hacia finales del siglo V a.C.
en Atenas crece la conciencia de estar viviendo un período histórico
crítico. Después de las Guerras Médicas (500-449 a.C.) se desató
la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.). Poco más tarde, la Guerra
de Corinto. Al esfuerzo, y el desgaste consiguiente, de luchar
contra los persas, se suman las luchas fratricidas entre griegos.
Se debilita la polis, decae
Atenas, quiebra la economía, proliferan los demagogos, la antigua
superior cultura ya no se demuestra eficaz para contener el crecimiento
de la inmoralidad, de la irresponsabilidad vanidosa, de ambiciones
subalternas... Crece la amenaza —luego confirmada— de la pérdida
de la libertad y la sumisión al poder extranjero. Los espíritus
mejores buscan soluciones. Entre ellos está Isócrates. Es un representante
típico de la segunda alternativa arriba mencionada. Forma parte,
como Platón y Jenofonte, de la rica herencia que deja Sócrates. Ateniense nacido en el 436 a.C.,
recibió una esmerada educación de sus maestros Pródico, Tisias,
Terámenes y Gorgias. Alcanzado por la ruina a consecuencia de
la guerra del Peloponeso, se gana la vida como logógrafo,
aunque luego se esfuerce en disimularlo. Consciente de sus limitaciones
para dedicarse a la oratoria política por su debilidad de voz
y timidez, funda escuela en Atenas hacia el año 400. Discípulos
suyos fueron políticos como Timoteo y Licurgo, historiadores como
Éforo y Teopompo, oradores como Iseo y, probablemente, Demóstenes.
Morirá casi contemporáneamente con la derrota griega en Queronea
(338 a.C.) que muchas décadas antes venía previendo e intentando
evitar. Isócrates es un hombre comprometido
con su patria y con su época; no vuelve la espalda a los problemas
presentes y futuros. Intenta resolverlos apostando a la educación
en las virtudes morales y cívicas. Atiende a su vez a las dificultades
externas e internas de su ciudad. Para aquellas propugna la alianza
panhelénica, principalmente ante el peligro persa; para éstas
confía en la formación de nuevos dirigentes políticos, superiores
en virtud, y en el aumento de la cultura ciudadana. El recurso
a los antiguos ideales patrios es el paradigma a reconquistar.
Puede afirmarse que contribuyó con sus ideas al nacimiento de
la llamada etapa helenística. Con capacidad de anticipación, aceptó
que había que renunciar al malentendido orgullo ático, y propició
la alianza con los antiguos enemigos espartanos, y luego la convivencia
con el nuevo poder macedónico. También atiende a lo externo e
interno en la formación de los ciudadanos. No alcanza con mejorar
las instituciones y el comportamiento cívico, hay que mejorar
el interior de las personas y, así, se asegurará también la mejora
y estabilidad de aquellas. Quiere convertir, entonces, su escuela
como un instrumento de servicio público. Pero para poder dedicarse
con seriedad a este importante menester hay que limitar el número
de discípulos: serán turnos de nueve, para poder conocerlos bien
e incidir en la mejora de su intimidad. Si el cambio no parte
desde lo más íntimo, no será eficaz. Actuaba sobre sus alumnos
de forma directa, con mucho trato personal. Así como la paideia
era el camino para recuperar el esplendor de la antigua politeia, una fuerte ascesis personal será necesaria para garantizar
la eficacia pública del futuro gobernante. Aspiraba a una democracia
basada en la justicia, pero dirigida por una aristocracia de los mejores: los más virtuosos y sabios, los mejor
educados[1], son quienes deben ser promovidos
a las mayores reponsabilidades. Isócrates, que en un primer momento se consideró poco dotado para influir en los espacios públicos, nos brinda el ejemplo de quien con buenas ideas supera sus limitaciones físicas y caracteriológicas, y termina gravitando no solamente por sus discursos, sino principalmente a través de los hombres que formó. A diferencia de los sofistas, promueve que la retórica se ocupe de la realidad circundante. La secuencia de su sistema para la reforma ética y política podría resumirse así: —creación de una escuela con un maestro muy dedicado a sus discípulos; —formación de oradores, en la que el logos[2]
es parte esencial para la construcción de la convivencia ciudadana;
—el discurso, como intrumento de una buena comunicación, será un arma importante
para la reforma política y de las costumbres, en un ambiente y
un tiempo, en el que es el principal medio de comunicación de
ideas; —a su vez, el orador no recibe solamente una formación técnica para lograr
la buena composición y elocución del discurso, sino una formación
integral: persuade apoyándose en la ejemplaridad y solidez de
sus virtudes; sin una superior formación y vida ética sería inútil
toda formación retórica; —el orador forma al pueblo, pero antes debe apuntar a la formación de buenos
dirigentes[3];
—en la ejecución del discurso y en el debate con sus contrincantes, el orador no cesa de aprender: "de los mismos argumentos que nos sirven para persuadir a los otros, de ésos nos valemos para reflexionar"; como buen socrático, sabe que se comprende mejor al tener que explicar los conceptos, y que del contraste de opiniones mana un nuevo conocimiento; —anticipándose a la conexio virtutum
aristotélica, considera que vivir bien, virtuosamente, y tener
paz en el alma, lleva a pensar bien, y ello a escribir bien, de
lo que se deriva hablar bien, y esto permite transmitir el bien
a otros, multiplicando la posibilidad personal de hacer el bien;
"el ideal educativo del orador es, por consiguiente, el ideal
del bien decir fundado en el bien saber y en el bien vivir[4]"; —la profesión oratoria es camino para el ascenso en las responsabilidades
ciudadanas, y terminar ocupando puestos de gobierno; —esos nuevos gobernantes, bien imbuídos de la superior cultura griega, serán
maestros no solamente para su pueblo, sino que harán de los griegos
"un pueblo de maestros", haciendo prevalecer sus ideales
y su dominio político en círculos cada vez más amplios de territorios
bárbaros. Debe reconocerse que Isócrates
logró personalmente esa capacidad de visión, de ver más allá que
sus iguales, de anticipación, que exigía para el buen político.
Superando los prejuicios de su época, en su discurso A
Filipo, intenta persuadir al macedonio que se convierta en
portaestandarte ad extra de la cultura griega, presagiando
así la difusión de esos valores que realizará Alejandro en el
período helenístico. Pero el núcleo de toda su actividad
se concentra en quien para él debe ser el primer sujeto de toda
educación: el gobernante. Así la trilogía de discursos A Nicocles—Nicocles—Evágoras, presenta un cuerpo unitario de doctrina
sobre las características que debe poseer todo buen gobernante.
Evágoras es monarca de Chipre, y Nicocles su hijo y sucesor, discípulo
en la escuela del retórico ático. En el primero, el maestro se
dirige al discípulo que va a ocupar el trono de su padre; quiere
entregarle un obsequio: apuntalar su tarea de gobernante con sus
consejos. En el segundo discurso, el mismo Nicocles aparece dirigiéndose
a sus súbditos, donde les expone la filosofía y programa de gobierno
que se propone llevar a cabo. Evágoras fue escrito en los primeros tiempos del gobierno de Nicocles,
y allí Isócrates le pone como modelo de gobernante ideal a su
padre. Puede constatarse que este maestro de retórica es un político
peculiar[5], que hace Política de modo
indirecto o mediato. Podrían resumirse las cualidades
que deben adornar al gobernante ejemplar en una serie de virtudes
que, algunas deben ser propias de todo buen ciudadano, y otras
específicas de esa alta función. Deberá ir muy por delante de
sus súbditos en todo[6]. Afrontará con valentía y
generosidad las consecuencias de sus decisiones; como el buen
pastor va por delante del rebaño, no se esconde detrás de él cuando
se acerca el peligro[7]. Como es propio de quien
formó sus opiniones políticas a partir de un pragmatismo histórico,
Isócrates aconsejará ser sagaz en la observación de los hechos
y en el conocimiento de las personas para tomar decisiones[8]. Hay que estar atentos a
los más esforzados y capaces para promocionarlos, estableciendo
una sana competencia entre sus colaboradores, constituyendo así
una especie de meritocracia[9].
La experiencia de gobierno y el estar atento a todas las circunstancias,
también pueden explicar ciertos excesos de los gobernantes[10], y por ello es importante
la interacción cercana entre los súbditos y sus jefes, y formar
a los jóvenes en la obediencia para que después sepan mandar.
Saber ponerse el de arriba mentalmente en la situación del de
abajo, y viceversa. La prudencia es también saber elegir asesores
y rodearse de los mejores consejeros, aunque esto signifique romper
el círculo[11] que se forma en torno a
quienes detentan el poder: hay que ir a buscar a los mejores allí
donde estén, sin detenernos en diferencias que a veces son superficiales,
así como hay que tomar las buenas ideas donde estén, sin fijismos
propios del prejuicio. El trasfondo socrático vuelva a aparecer
en el consejo del dominio de sí mismo ("Sé señor de ti mismo
no menos que de los demás, y considera que lo más digno de un
rey es no ser esclavo de ningún deleite, y gobernar sus deseos
más que a sus súbditos"[12]). Tanto gobernantes como gobernados
deben mantener una distancia interior ante el éxito o el fracaso,
esa fortaleza de espíritu se traducirá en ser humildes, en no
caer en la peligrosa soberbia que lo arruina todo ("los que
no resultan corrompidos por el éxito, ni se enajenan, ni se vuelven
soberbios, antes bien permanecen en la disposición propia de los
hombres prudentes..."). Todos también deben practicar lo
que hoy en día llamaríamos transparencia:
"Procurad que vuestra actuación pública no sea astuta u oculta,
sino tan sencilla y tan clara, que ninguno, aun queriendo, pueda
fácilmente calumniaros"[13]. Hasta podemos encontrar
una formulación ante litteram
de algún principio de la ética kantiana: "Lo que os irrita
que otros os hagan, no lo hagáis a los demás. Lo que reprobáis
con las palabras, no lo practiquéis con vuestros actos. No sólo
elogiéis a los buenos, imitadlos también"[14].
Aunque no parece considerar, como Jenofonte, que toda educación
tiene naturaleza mimética, sin embargo continuamente realza la
importancia de las conductas ejemplares, en primer lugar las que
vienen desde arriba, exempla trahunt: "No creas que conviene a otros vivir ordenadamente,
pero que a los reyes les va bien el desorden; por el contrario,
presenta a los demás como ejemplo tu prudencia, sabiendo que las
costumbres de todos los ciudadanos imitan a las de sus gobernantes
(...) Sé delicado en tu vestimenta y en el ornato de tu persona,
pero firme en los demás asuntos como conviene a los reyes; para
que quienes te vean, por tu aspecto te consideren digno del poder;
y los que viven contigo tengan la misma opinión que aquéllos,
por tu fortaleza de ánimo. Lo que aconsejes a tus hijos, tenlo
por digno de ti mismo"[15]. Pueden encontrarse numerosas similitudes
de enfoque y de contenidos entre las obras de educación política
de Isócrates[16] y Jenofonte. Por las fechas
de composición relativa[17], es probable que el retórico
haya mostrado un prometedor camino al historiador, aunque luego
éste, al trabajar sobre un modelo antiguo, pudo expresar sus opiniones
con mayor libertad y claridad[18]. [1] Considerando que la labor pedagógica —junto
a la regeneración ética— forma el núcleo sobre el que pivota
todo el programa político isocrático, es de interés conocer
qué entiende por un hombre bien educado. Al respecto hay un
texto suyo muy significativo: "Así pues, ¿a quiénes considero
acabadamente educados, dado que yo no tomo en cuenta para ello
las artes, las ciencias y las capacidades? En primer lugar,
a los que tratan atinadamente los asuntos que se presentan cada
día, y tienen la opinión adecuada a las circunstancias, capaz
de conjeturar lo que es ventajoso en la mayor parte de los casos.
Después, a los que tienen una relación conveniente y justa con
aquellos con quienes conviven —llevando fácil y pacíficamente
sus asperezas y los caracteres muy difíciles de soportar— y
que muestran también la mayor paciencia y consideración posibles
hacia los que tienen trato con ellos. Además, a los que, por
una parte, señorean siempre sobre los placeres y, por otra,
no se dejan abatir por completo en las circunstancias adversas,
sino que en ellas su ánimo se torna valeroso y digno de la naturaleza
de la que participan. En cuarto lugar, y lo que es lo mejor,
a los que no resultan corrompidos por el éxito, ni se enajenan,
ni se vuelven soberbios, antes bien permanecen en la disposición
propia de los hombres prudentes y no se alegran más por los
bienes que les depara la suerte que por los que provienen, desde
su origen, de su propia naturaleza y sensatez. Los que tienen
una disposición anímica en armonía no sólo con una de estas
condiciones, sino con todas ellas, éstos digo que son hombres
sabios y formados, y que poseen todas las virtudes" (ISÓCRATES,
Panatenaico, 30-32). [2] Marcando su oposición a los sofistas, y
refiriéndose a quienes rechazan el valor de la retórica y la
elocuencia afirma nuestro autor: "(...) son adversos precisamente
hacia aquella actividad que, de todas cuantas existen en la
naturaleza humana, es la causa de los mayores bienes. Pues en
todas las demás, nada nos diferencia de los otros animales,
y aun en la ligereza, en la fuerza y en otras cualidades somos
inferiores a muchos de ellos; mas porque existe en nosotros
la capacidad de persuadirnos unos a otros y de manifestarnos
lo que deseamos, no sólo pudimos apartarnos de la vida salvaje,
sino que nos hemos congregado formando ciudades, establecimos
leyes, inventamos técnicas y, en fin, casi todas las cosas que
hemos producido, es la palabra quien nos las han procurado (...)
Pero si hemos de resumir los bienes que debemos a esta facultad,
no encontramos cosa alguna hecha con inteligencia que se haya
hecho sin la palabra, antes bien veremos que en todas las obras
y los pensamientos la palabra tiene la parte principal, y que
los que tienen mayor inteligencia son los que más se valen de
ella; y así los que se atreven a maldecir a quienes se dedican
a la educación y a la filosofía, son merecedores del mismo repudio
que los que faltan a lo que es propio de los dioses" (ISÓCRATES,
Nicocles, 5-9). [3] "Yo, pues, apruebo todos los discursos
que pueden sernos útiles hasta en la cosa más mínima; pero en
verdad, juzgo que los más excelentes, más dignos de un rey y
más propios de mi condición, son aquellos que aconsejan, ya
sobre las costumbres, ya sobre la administración del Estado.
Y todavía más: de éstos, prefiero aquellos que enseñan a los
gobernantes cómo conviene tratar con la muchedumbre y, a los
particulares, qué disposición de ánimo deben tener con los que
los gobiernan. Porque veo que es por esto que las ciudades llegan
a ser muy felices y poderosas" (ISÓCRATES, Nicocles,
10). [4] Cfr. FRABOSCHI, A., STRAMIELLO, C., SÁNCHEZ,
M., GARCÍA, C., Isócrates:
la formación ética del hombre político (el gobernante y el ciudadano),
Instituto de Estudios Grecolatinos "Prof. F. Novoa",
Buenos Aires 1995, passim. [5] "Tiene mucha razón
Jaeger al notar que la concepción moderna sobre Isócrates, al
restituirle su condición de político, acentúa demasiado este
aspecto de su obra, olvidando su condición fundamental de educador,
un teórico cuyas ideas políticas están al servicio del programa
educativo de su escuela, igual que ocurría con Platón y Aristóteles"
(cfr. Juan Manuel GUZMÁN HERMIDA, en ISÓCRATES, Discursos I, Colección Clásica Gredos nº
23, introducción, traducción y notas de Juan Manuel Guzmán Hermida,
Madrid 1979, 362 pp., pág. 16; cfr. JAEGER, W. Paideia...,
pág. 839). [6] "Era temible, no por mostrarse hostil hacia muchos, sino porque sobrepasaba con mucho la naturaleza de los demás. Señoreó sobre los placeres, y no se dejó guiar por ellos" (ISÓCRATES, Evágoras, 41 ). [7] "(...) buscamos mandar sobre todos,
pero no queremos ir a una expedición militar, y nos falta poco
para emprender la guerra contra todos los hombres, pero no nos
ejercitamos a nosotros mismos para ella (...) Hemos llegado
a tal grado de locura que, faltándonos el sustento cotidiano,
hemos intentado mantener tropas mercenarias y maltratamos e
imponemos un tributo especial a nuestros aliados para proporcionar
un sueldo a enemigos comunes de todos los hombres. Somos tan
inferiores a nuestros antepasados (...) que aquellos, si habían
votado hacer la guerra a alguien, se creían en la obligación
de poner en peligro sus propias personas para defender su opinión,
aunque la acrópolis estuviera llena de oro y plata. Nosotros
(...) a pesar de haber llegado a tanta miseria y de ser tantos,
utilizamos, como el gran rey, tropas mercenarias" (ISÓCRATES,
Discurso sobre la paz, 46 y ss.) [8] "(...) nada dejó sin examen, sino que
tan concienzudamente observaba los hechos, y conocía a cada
uno de sus ciudadanos, que ni los conspiradores se le adelantaban,
ni se le ocultaban los que estaban bien dispuestos, y todos
obtenían lo que les correspondía" (ISÓCRATES, Evágoras,
41 y ss.). [9] "No tengáis envidia de los que ocupan
los primeros lugares cerca de mí; mas rivalizad con ellos y,
mostrando vuestras virtudes, esforzaos por llegar a ser iguales
a los que sobresalen" (ISÓCRATES, Nicocles,
47 ). [10] "No creáis que la malevolencia o la
buena disposición de los reyes se deben sólo a causas naturales,
sino también a las costumbres de sus súbditos; porque muchos
se han visto precisados a dominar con crueldad, más por la maldad
de sus súbditos que por su propio temperamento (...) Enseñad
a vuestros hijos a obedecer a sus superiores y acostumbradlos
principalmente en la práctica de esta virtud, porque si han
aprendido bien a ser gobernados, podrán gobernar a muchos"
(ibidem). [11] "(...) y por lo mismo
deberían tener cerca de los monarcas mayor influencia los que
con valor dicen la verdad, que no los que les hablan siempre
con la mira de agradarles, sin decir jamás nada que merezca
ser agradecido" (ISÓCRATES, Carta IV a Filipo, en Speeches and Letters, ed. George Norlin,
Cambridge MA, Harvard University Press, 1980, tomo II, pág.
350; cfr. también ISÓCRATES,
Discursos II, Biblioteca Clásica Gredos nº 29, J.M.Guzmán
Hermida, Madrid 1980, 318 pp. [12] Cfr. ISÓCRATES, Carta a Timoteo, 29. [13] Cfr. ISÓCRATES, A Nicocles, 49. [14] Cfr. ibidem. [15] ISÓCRATES, Carta a Timoteo, 35. [16] "Especial interés
tiene el discurso A Nicocles,
que, con el epígrafe de «Sobre el modo de reinar», ha tenido
gran éxito durante el Renacimiento y la Edad Moderna" (cfr.ISÓCRATES,
Discursos I, Colección Clásica Gredos nº 23, introducción, traducción
y notas de Juan Manuel Guzmán Hermida, Madrid 1979, 362 pp.,
pág. 34) [17] "Las ideas fundamentales del A Nicocles y las de la Ciropedia,
especialmente en lo relativo a la tipificación de los deberes
del buen gobernante, coinciden hasta tal punto que la obra de
Jenofonte parece el desarrollo de la del orador, ya que si se
admite la fecha de 370 para el A Nicocles, éste es anterior a la Ciropedia" (Ana Vegas Sansalvador,
en JENOFONTE, Ciropedia...,
pág. 36). "Aún
más claro es el paralelismo entre la Ciropedia
y el Evágoras isocrático"
(ibidem). "Es muy posible, pues, que Isócrates mostrara
el camimo a Jenofonte al trazar un programa de educación del
príncipe acompañado de elogio, si bien es verdad que la Ciropedia mejora y amplía su modelo procediendo con mayor libertad
en el tratamiento de un héroe perteneciente a la historia legendaria"
(ibidem). [18] Más adelante podremos ver cómo algunos educadores políticos
se autolimitan e inhiben en sus propuestas por temor al poder
político imperante en su tiempo, buscando caminos oblicuos para
hacernos llegar su pensamiento. Es el caso, por ejemplo, de
Cicerón en su Orator ante Augusto; sinuoso también respecto a la situación política
contemporánea en Sobre
la República. |
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