Civilitas

 


IMPORTANCIA DE LO POLÍTICO Y
NECESIDAD DE BUENOS GOBERNANTES

 Por Ricardo Rovira Reich

 

 

   

     El estudio y la reflexión serena realizados con posterioridad a situaciones históricas dolorosas, con frecuencia concluye en la incidencia determinante —a veces como primera causa— de la incapacidad moral, o de la insuficiente idoneidad técnica, de los gobernantes que fueron protagonistas de esas situaciones[1]. Es una consecuencia lógica de una realidad comprobable: la historia es el resultado de la conjunción de una serie de decisiones libres, no una ficción, ni un juego cósmico, ni la consecuencia del acaso fortuito, ni de un fatalismo predeterminado. Los hombres son los actores y protagonistas principales de la historia humana, a pesar de que en ella entren también otras variables poco manejables. Y dentro de esos hombres, los constituídos en función de gobierno, alcanzan mayor efecto multiplicativo con sus decisiones y acciones.

 

     El poco aprecio, o la escasa inclinación a ocuparse del manejo de la res publica, cuando no la ignorancia o desestimación de la importancia de la Política[2], caída hoy en bastante desprestigio —sobre todo entre gente joven— a causa de políticos deficientes, ha tenido funestas consecuencias materiales, sociales y morales cuando ha desmotivado a los mejores a asumir las principales responsabilidades. Ese absentismo[3] de los más preparados ética y técnicamente, que desde hace varias décadas se ha extendido y consolidado en vastas regiones del mundo, ha producido y sigue produciendo efectos devastadores y difícilmente remediables. Priorizar lo político no significa politizarlo todo —como se tiende a entenderlo hoy por la influencia de una equivocada, reductiva y pedestre concepción de la política— sino volver a considerarla en su sentido original, con su luminosa tradición desde los clásicos griegos, donde desde muy antiguo ya encontramos las trazas de esa visión que acertará a sintetizar Aristóteles con su concepto arquitectónico de la Política[4].

 

     Dar su adecuada importancia a la Política significa también respetar, y no manipular ni pretender invadir, realidades prepolíticas sumamente importantes y que son decisivas para que la sociedad alcance sus fines[5]: el hombre como persona y su centralidad en todos los órdenes sociales, la familia, la cultura, la vida profesional, e incluso algunos aspectos de la vida económica, como aquellos a los que se refiere Centesimus annus y Sollicitudo rei socialis como "la capacidad de iniciativa económica". Asimismo se debe tener conciencia que muchas veces lo decisivo en la vida política y social no son las formas institucionales —lo que lleva, por ejemplo, a la sacralización de la democracia— por más importantes que ellas sean, sino las condiciones positivas o negativas de las personas que encarnan esas instituciones.

 

     Entre estas instituciones, están en lugar eminente las que hacen posible el gobierno de una sociedad. Un buen gobierno preserva la unidad del todo social:

 

 "Si todos somos iguales y hay un único «Estado» que nos cobija a todos, entonces el problema es cómo se articula una entidad política. En efecto, cada sociedad es una unidad formada por diversos miembros, pero eso significa que hace falta una fuerza, una energía inteligente que mantenga unidos a esos miembros. Esa unidad es el gobierno.[6] Pero el gobierno es un principio, que necesita mediación para transmitirse a los gobernados. Esa mediación es doble: «positiva» y «negativa». «Positiva» es la facultad de comunicar adecuadamente las directrices gubernativas; «negativa», la facultad de obligar a cumplirlas al que no las atiende. Así pues, toda entidad política está —se quiera o no— compuesta por tres «estamentos»: gobernante, mediación y gobernados. Se dice que la revolución democrática moderna acabó con los estamentos, pero más bien habría que decir que acabó (y no del todo) con la institucionalización jurídica de ellos; de ningún modo acabó con ellos, porque no se puede ir contra lo natural, tampoco en política"[7].

 

     El razonamiento que da inicio al interés por participar en responabilidades políticas es bien sencillo: todos tenemos derecho a participar en la gestión de lo que es de todos. No existen círculos restringidos, privilegiados, de iniciados que tengan más derechos que otros a ocuparse de la administración del patrimonio común. Es público el poder cuidar del Bien Público. Cuando se fraguó la Independencia Americana, en aquellos pueblos comenzó a repetirse con regocijo comprensible y significativo, un aserto hasta entonces casi inédito: cualquier criatura que nace en estas tierras un día podrá ocupar la más alta Magistratura de la Nación... Era un reflejo del natural entendimiento de una igualdad radical entre todos los hombres, a pesar de sus diferencias funcionales.

 

     Lo Común nos afecta a todos. La gestión de lo público puede tener alto efecto multiplicativo. Al incidir en cada uno de los ciudadanos, ninguno de estos debería desentenderse de lo que le compete e implica. Pero como todos no podemos participar en todo ni saber de todo, hay algunos que se ofrecen a prestar este servicio; se especializan y adquieren especial competencia. Incluso hay quienes harán una profesión de la dedicación a lo general, a lo público. Aunque debe recordarse que el gobierno conviene que sea una acción transeúnte, una función u oficio mejor que una profesión[8], como se ocupan de recordar algunas teorías sobre el buen gobierno[9]. Esto hace conveniente que quien se dedique a la política tenga previamente un activo profesional propio que, junto a la aportación de su experiencia, le asegure cierta independencia profesional y económica que disminuya los riesgos de enquistación y de corrupción.

 

     Quienes administran lo común han recibido una delegación por parte de los demás. Deben ser merecedores de una especial confianza: porque nos afecta a todos; porque por su amplitud y actual complejidad no es fácil la verificación de la fidelidad en ese cometido; y porque el daño no lo pagará sólo quien gestiona, sino que recaerá sobre todos nosotros. El futuro de una sociedad puede quedar hipotecado por quienes gerencian incompetente o inmoralmente lo público[10]. Por eso, los ciudadanos responsables saben que el mejor modo de servir al futuro es darlo todo al presente.

 

     Las causas del actual desprestigio de esta función son bien conocidas: falta de capacidad o de integridad; aprovechamiento en beneficio propio, con la consecuente patrimonialización de lo público; falta de veracidad; uso y abuso de las personas; especulación con las esperanzas y expectativas de los demás; eterno relegamiento de los más débiles o con menor fuerza de negociación..., son algunos de los motivos que recurrentemente han alimentado la frustración, el desprecio hacia lo público, un sordo resentimiento en todos los estratos sociales. Los mejor dotados para ganarse la vida de otra manera, o incluso las personas más íntegras, vienen sufriendo una sostenida desmotivación y se alejan para no salpicarse ni contaminarse con una actividad que urge represtigiar.

 

     Debe reconocerse que no siempre esa ausencia se ha debido a desinterés o irresponsabilidad, sino a falta de visión o a la consideración de la pequeñez o irrelevancia de las consecuencias de nuestra intervención[11]. Pero el futuro no es algo que viene, sino que lo hacemos —lo "creamos"— nosotros desde ahora. Por la mera condición de simple ciudadano, que pertenece a una sociedad determinada, toda persona madura y que está en ciertas condiciones de normalidad —no sometida a excepcionalidades— debe sentir la responsabilidad de no sustraerse "a la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común"[12]. Ese interés hacia lo público no es sólo deducible de la condición del hombre como miembro de una sociedad, sin la cual no puede alcanzar su estatuto de plena humanidad[13], sino también de otro componente antropológico básico: el carácter dialógico de toda persona humana.

 

     Aunque sea algo propio del común de los ciudadanos, en cuanto ciudadanos precisamente, sin embargo en el caso particular de los ciudadanos cristianos debería ser más clara aún la conciencia de esta responsabilidad, puesto que deben conocer la importancia de lo político en el orden de los fines: "La misión de la Iglesia no es sólo ofrecer a los hombres el mensaje y la gracia de Cristo, sino también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico"[14], según el mandato que recibimos en Efesios 1, 10: "Restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra"[15].

 

     Llevaría demasiado lejos indagar también los motivos intelectuales por los que, desde la modernidad, ha venido creciendo una implícita malignización del Poder que da poseer el Gobierno, tanto en esferas públicas como privadas[16]. Concebir el tener-poder como algo malo en sí —a pesar de cuantas malas experiencias históricas se hayan vivido— es algo que la misma historia ha mostrado como erróneo. Es otra tarea que hombres magnánimos deben cargar sobre sus hombros: demostrar que la ampliación de capacidad para realizar el bien, resultado de la posesión de poder, es una realidad que no puede ser desatendida. El poder es susceptible de ser utilizado para su auténtico fin respecto a la consecución del bien común, o puede ser tergiversado hacia fines menos buenos, o hacia fines malos, o convertido fraudulentamente en un fin en sí mismo. Quienes deseen restaurar el orden original de todo lo creado, no pueden desentenderse de la redención de este ineludible instrumento.

 

     Como ayuda-memoria de su importancia, puede resultar útil reseñar, aunque sea un poco a vuelapluma, el tratamiento de esta cuestión en algunos ámbitos particularmente significativos. El tema está tratado por los principales pensadores, de modo continuo, sin interrupción, por lo menos desde el siglo V antes de Cristo hasta nuestros días.

 



[1] Puede afirmarse que —desde las distintas ciencias humanas— hay consenso unánime sobre que es ésta la principal causa de las continuas crisis, y del estancamiento, de la mayoría de los países de América Latina, a pesar de los ricos recursos humanos y materiales que suelen poseer, incluso del buen nivel educativo que tiene alguno de ellos.

[2] La falta de una genuina visión política de los acontecimientos, con su correspondiente incapacidad de anticipación, es otra explicación que encontramos recurrentemente en los analistas de situaciones históricas desgraciadas. Así, por ejemplo, explica Churchill la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial: aquellos generales prusianos con responsabilidades políticas, brillantes profesionalmente, herederos directos de quienes humillaron a Francia en 1870, fracasaron precisamente en lo que era su especialidad y donde eran mejores "por ser sólo militares y por tomar decisiones con criterios exclusivamente militares" (cfr. CHURCHILL, Winston S., Pensamientos y aventuras, ed. Los libros de nuestro tiempo, Barcelona 1943, passim ). Sin salirnos de la historia reciente de la misma nación, al indagar cómo fue posible que personas muy bien preparadas —brillantes en su especialidad— y de gran honestidad, no advirtieran a tiempo el desastre que se cernía sobre la Alemania de Hitler, nos volvemos a encontrar con las consecuencias de la desestimación de lo político. Es el caso bien conocido de militares como Erwin Rommel: a pesar de su cercanía, se dieron cuenta tarde de quién era realmente su líder y a dónde iba a conducir a su patria. Cuando quisieron evitarlo ya fue imposible. Incluso se da la paradoja que la solución política pensada como última salida por los militares alemanes complotados, sin interés previo por lo político, hubiera resultado la salida política más acertada (cfr. ADENAUER, Konrad, Memorias 1945-1953, Rialp, Madrid 1965 passim; FRAZER, David, Rommel, 2ª edic., La esfera de los libros, Madrid 2004, pp. 623-633 ).

[3] "Siempre se ha advertido la complejidad de lo humano, pero no teníamos una comprobación práctica tan clara como tenemos hoy. No hay más remedio que admitirlo: si fallan algunos de los factores que intervienen, se resiente el conjunto. Para algunas personas esto es aterrador o sumamente incómodo: se quiera o no se quiera, de cómo se comporte uno dependen muchas cosas; incluso la abstención tiene consecuencias; no cabe quitarse de en medio, sin que ello provoque algún efecto" (POLO, Leonardo, Introducción a la Filosofía, Eunsa 1995, pág. 207).

[4] Procurando ser comprensivos, también debe reconocerse —como contraparte— que en ocasiones ha influído, para ese absentismo, lo que se ha llamado canibalismo político: personas que generosamente han aceptado cargos públicos con espíritu de servicio, y que por un cambio de régimen, o un vuelco eleccionario, se ven expuestas al escarnio injusto, o a la persecución judicial por puro revanchismo y espíritu de venganza. Ello produce una desmotivación y decepción profunda en personas honorables y capaces, y extiende la ocupación de los espacios de poder, crecientemente, por aventureros y arribistas menos preparados y, a veces, moralmente peligrosos. La animación y convocatoria a la responsabilidad en la construcción del bien común, termina teniendo así un efecto perverso.

[5] Explicando el pensamiento en este punto de Santo Tomás, se expresa así el maestro Millán Puelles: "Ante todo, la vida política no se reduce a la actividad del gobernante. Vida política es, en general, la específica y propia de todos los ciudadanos como tales. Pero su ordenación pertenece, en cambio, al gobernante, que es quien tiene a su cargo el cuidado de la comunidad. El fin de esta ordenación, la paz, no lo consigue el gobernante únicamente, sino que es el efecto de la cooperación de todos los ciudadanos, encabezados y dirigidos por aquél. El gobernante es, pues, entre los ciudadanos, el que para ordenar la convivencia, tiene el poder de dar las órdenes precisas. Y la paz, que requiere la conveniente y justa satisfacción de las necesidades de los súbditos, se atribuye como efecto al gobernante, no de un modo exclusivo, sino de una manera principal, análoga a la forma en que la casa se atribuye al arquitecto como el agente ordenador y directivo de la edificación" (cfr. MILLÁN-PUELLES, Antonio, La formación de la personalidad humana, 7ª edición, Rialp, Madrid 1989, pp. 109-110).

[6] El subrayado es nuestro.

[7] Cfr. ALVIRA, Rafael, "División del trabajo y organización política. Un intento de formalización", pro-manuscripto, pág. 5.

[8] De modo intuitivo comprendemos la conveniencia de esta distinción cuando decimos, por ejemplo, que la del catedrático es una carrera, y no decimos que sea una carrera la del rector, sino una función u oficio.

[9] Cfr. VALERO y VICENTE, Antonio—LUCAS TOMÁS, José Luis, Política de empresa. El gobierno de la empresa de negocios, 6ª edición, IESE-Eunsa 2005, passim.

[10] "La sociedad es siempre lo decisivo, no la política ni el Estado; porque cuando parece que es la política quien decide, lo que pasa es que la sociedad está enferma, y es una vez más el sustrato social —en este caso su enfermedad— quien hace posible, en lugar del «poder», la ilimitada «prepotencia» política, que termina en la inseguridad. Por eso Aristóteles quiere asegurar, como culminación de su política la aspháleia, la seguridad, condición de la posibilidad de la felicidad o eudaimonia, cifra a su vez de la ética" (MARÍAS, Julián, Introducción a Etica a Nicómaco, 6ª edic., Centro de Estudios Constitucionales, Madrid 1994, pp. XIV-XV).

[11] "El estudio de la historia no es ajeno al tema de la complejidad. Todo está interrelacionado y, probablemente, esas interrelaciones son distintas cuando lo pequeño y lo grande se parecen entre sí o cuando son discordantes. En amplias regiones de la realidad física no cabe decir que sea más importante lo grande que lo pequeño, porque una tormenta puede matar muchas mariposas, pero una mariposa puede producir la tormenta. ¿Cómo aplicar esto a la antropología? Para un pensador, encontrar estas preguntas es un reto apasionante. Ya se sabe: por un clavo se perdió una herradura, por una herradura se perdió un caballo, por un caballo se perdió una batalla, y por una batalla se perdió un reino" (POLO, L., ibid., pág. 208).

[12] Cfr. JUAN PABLO II, Exhortación postsinodal Christifideles laici, n. 42.

[13] "Hemos visto que el carácter complejo «internamente» del ser humano, y su desequilibrio constitutivo, nos hacían comprender su peculiar historicidad. Pero ahora podemos tomarlo globalmente, considerado en su unidad. Desde este punto de vista se nos presenta como un ser que –como los demás vivientes- es, al mismo tiempo, independiente y dependiente –la paradoja de la vida-, es decir, con una cierta existencia separada de los otros seres que, sin embargo, no puede darse ni mantenerse como existencia más que en y por la relación con ellos" (ALVIRA, Rafael, La razón de ser hombre. Ensayo acerca de la justificación del ser humano, Rialp, Madrid 1998, pp. 122-123).

[14] Cfr. CONCILIO VATICANO II, decr. Apostolicam Actuositatem, n. 5 (el subrayado es nuestro).

[15] Una fundamentación de este empeño, abordado desde distintos ángulos científicos, puede verse en La misión del laico en la Iglesia y en el Mundo, actas del VIII Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra, edic. dirigida por SARMIENTO, Augusto—RINCÓN, Tomás—YANGUAS, José María—QUIRÓS, Antonio, Eunsa 1987, 1090 pp.

[16] "No creas que eres bueno porque no tienes poder" (SCHMITT, Carl, El concepto de lo político, Alianza, Madrid 1998, prólogo)