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Civilitas
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IMPORTANCIA
DE LO POLÍTICO Y
El
estudio y la reflexión serena realizados con posterioridad a situaciones
históricas dolorosas, con frecuencia concluye en la incidencia
determinante —a veces como primera causa— de la incapacidad moral,
o de la insuficiente idoneidad técnica, de los gobernantes que
fueron protagonistas de esas situaciones[1].
Es una consecuencia lógica de una realidad comprobable: la historia
es el resultado de la conjunción de una serie de decisiones libres,
no una ficción, ni un juego cósmico, ni la consecuencia del acaso
fortuito, ni de un fatalismo predeterminado. Los hombres son los
actores y protagonistas principales de la historia humana, a pesar
de que en ella entren también otras variables poco manejables.
Y dentro de esos hombres, los constituídos en función de gobierno,
alcanzan mayor efecto multiplicativo con sus decisiones y acciones. El poco aprecio, o la escasa inclinación
a ocuparse del manejo de la res
publica, cuando no la ignorancia o desestimación de la importancia
de la Política[2],
caída hoy en bastante desprestigio —sobre todo entre gente joven—
a causa de políticos deficientes, ha tenido funestas consecuencias
materiales, sociales y morales cuando ha desmotivado a los mejores
a asumir las principales responsabilidades. Ese absentismo[3]
de los más preparados ética y técnicamente, que desde hace varias
décadas se ha extendido y consolidado en vastas regiones del mundo,
ha producido y sigue produciendo efectos devastadores y difícilmente
remediables. Priorizar lo político no significa politizarlo todo
—como se tiende a entenderlo hoy por la influencia de una equivocada,
reductiva y pedestre concepción de la política— sino volver a
considerarla en su sentido original, con su luminosa tradición
desde los clásicos griegos, donde desde muy antiguo ya encontramos
las trazas de esa visión que acertará a sintetizar Aristóteles
con su concepto arquitectónico de la Política[4]. Dar su adecuada importancia a la
Política significa también respetar, y no manipular ni pretender
invadir, realidades prepolíticas sumamente importantes y que son
decisivas para que la sociedad alcance sus fines[5]:
el hombre como persona y su centralidad en todos los órdenes sociales,
la familia, la cultura, la vida profesional, e incluso algunos
aspectos de la vida económica, como aquellos a los que se refiere
Centesimus annus y Sollicitudo
rei socialis como
"la capacidad de iniciativa económica". Asimismo se
debe tener conciencia que muchas veces lo decisivo en la vida
política y social no son las formas institucionales —lo que lleva,
por ejemplo, a la sacralización de la democracia— por más importantes que ellas sean,
sino las condiciones positivas o negativas de las personas que
encarnan esas instituciones. Entre estas instituciones, están
en lugar eminente las que hacen posible el gobierno de una sociedad.
Un buen gobierno preserva la unidad del todo social: "Si todos
somos iguales y hay un único «Estado» que nos cobija a todos,
entonces el problema es cómo se articula
una entidad política. En efecto, cada sociedad es una unidad formada por diversos miembros, pero eso significa que hace
falta una fuerza, una energía
inteligente que mantenga unidos a esos miembros. Esa unidad
es el gobierno.[6]
Pero el gobierno es un principio,
que necesita mediación para
transmitirse a los gobernados. Esa mediación es doble: «positiva»
y «negativa». «Positiva» es la facultad de comunicar
adecuadamente las directrices gubernativas; «negativa», la facultad
de obligar a cumplirlas al que no las atiende.
Así pues, toda entidad política está —se quiera o no— compuesta
por tres «estamentos»: gobernante, mediación y gobernados. Se
dice que la revolución democrática moderna acabó con los estamentos,
pero más bien habría que decir que acabó (y no del todo) con la
institucionalización jurídica
de ellos; de ningún modo acabó con ellos, porque no se puede ir
contra lo natural, tampoco
en política"[7]. El razonamiento que da inicio al
interés por participar en responabilidades políticas es bien sencillo:
todos tenemos derecho a participar en la gestión de lo que es
de todos. No existen círculos restringidos, privilegiados, de
iniciados que tengan
más derechos que otros a ocuparse de la administración del patrimonio
común. Es público el poder cuidar del Bien Público. Cuando se
fraguó la Independencia Americana, en aquellos pueblos comenzó
a repetirse con regocijo comprensible y significativo, un aserto
hasta entonces casi inédito: cualquier criatura que nace en estas tierras
un día podrá ocupar la más alta Magistratura de la Nación...
Era un reflejo del natural entendimiento de una igualdad radical
entre todos los hombres, a pesar de sus diferencias funcionales. Lo Común nos afecta a todos. La
gestión de lo público puede tener alto efecto multiplicativo.
Al incidir en cada uno de los ciudadanos, ninguno de estos debería
desentenderse de lo que le compete e implica. Pero como todos
no podemos participar en todo ni saber de todo, hay algunos que
se ofrecen a prestar este servicio; se especializan y adquieren
especial competencia. Incluso hay quienes harán una profesión
de la dedicación a lo general, a lo público. Aunque debe recordarse
que el gobierno conviene que sea una acción transeúnte, una función
u oficio mejor que una profesión[8],
como se ocupan de recordar algunas teorías sobre el buen gobierno[9].
Esto hace conveniente que quien se dedique a la política tenga
previamente un activo profesional propio que, junto a la aportación
de su experiencia, le asegure cierta independencia profesional
y económica que disminuya los riesgos de enquistación y de corrupción. Quienes administran lo común han
recibido una delegación por parte de los demás. Deben ser merecedores de una especial
confianza: porque nos afecta a todos; porque por su amplitud y
actual complejidad no es fácil la verificación de la fidelidad
en ese cometido; y porque el daño no lo pagará sólo quien gestiona,
sino que recaerá sobre todos nosotros. El futuro de una sociedad
puede quedar hipotecado por quienes gerencian incompetente o inmoralmente
lo público[10].
Por eso, los ciudadanos responsables saben que el mejor modo de
servir al futuro es darlo todo al presente. Las causas del actual desprestigio
de esta función son bien conocidas: falta de capacidad o de integridad;
aprovechamiento en beneficio propio, con la consecuente patrimonialización
de lo público; falta de veracidad; uso y abuso de las personas;
especulación con las esperanzas y expectativas de los demás; eterno
relegamiento de los más débiles o con menor fuerza de negociación...,
son algunos de los motivos que recurrentemente han alimentado
la frustración, el desprecio hacia lo público, un sordo resentimiento
en todos los estratos sociales. Los mejor dotados para ganarse
la vida de otra manera, o incluso las personas más íntegras, vienen
sufriendo una sostenida desmotivación y se alejan para no salpicarse
ni contaminarse con una actividad que urge represtigiar. Debe reconocerse que no siempre
esa ausencia se ha debido a desinterés o irresponsabilidad, sino
a falta de visión o a la consideración de la pequeñez o irrelevancia
de las consecuencias de nuestra intervención[11].
Pero el futuro no es
algo que viene, sino que lo hacemos —lo
"creamos"— nosotros desde ahora. Por la mera condición
de simple ciudadano, que pertenece a una sociedad determinada,
toda persona madura y que está en ciertas condiciones de normalidad
—no sometida a excepcionalidades— debe sentir la responsabilidad
de no sustraerse "a la multiforme y variada acción económica,
social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover
orgánica e institucionalmente el bien común"[12].
Ese interés hacia lo público no es sólo deducible de la condición
del hombre como miembro de una sociedad, sin la cual no puede
alcanzar su estatuto de plena humanidad[13],
sino también de otro componente antropológico básico: el carácter
dialógico de toda persona humana. Aunque sea algo propio del común de los ciudadanos, en cuanto ciudadanos
precisamente, sin embargo en el caso particular de los ciudadanos
cristianos debería ser más clara aún la conciencia de esta responsabilidad,
puesto que deben conocer la importancia de lo político en el orden
de los fines: "La misión de la Iglesia no es sólo ofrecer
a los hombres el mensaje y la gracia de Cristo, sino también
el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu
evangélico"[14],
según el mandato que recibimos en Efesios 1, 10: "Restaurar
en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra"[15]. Llevaría demasiado lejos indagar
también los motivos intelectuales por los que, desde la modernidad,
ha venido creciendo una implícita malignización del Poder que
da poseer el Gobierno, tanto en esferas públicas como privadas[16].
Concebir el tener-poder como algo malo en sí —a pesar de cuantas
malas experiencias históricas se hayan vivido— es algo que la
misma historia ha mostrado como erróneo. Es otra tarea que hombres
magnánimos deben cargar sobre sus hombros: demostrar que la ampliación
de capacidad para realizar el bien, resultado de la posesión de
poder, es una realidad que no puede ser desatendida. El poder
es susceptible de ser utilizado para su auténtico fin respecto
a la consecución del bien común, o puede ser tergiversado hacia
fines menos buenos, o hacia fines malos, o convertido fraudulentamente
en un fin en sí mismo. Quienes deseen restaurar el orden original
de todo lo creado, no pueden desentenderse de la redención de
este ineludible instrumento. Como ayuda-memoria de su importancia,
puede resultar útil reseñar, aunque sea un poco a vuelapluma,
el tratamiento de esta cuestión en algunos ámbitos particularmente
significativos. El tema está tratado por los principales pensadores,
de modo continuo, sin interrupción, por lo menos desde el siglo
V antes de Cristo hasta nuestros días. [1] Puede afirmarse que —desde las distintas
ciencias humanas— hay consenso unánime sobre que es ésta la
principal causa de las continuas crisis, y del estancamiento,
de la mayoría de los países de América Latina, a pesar de los
ricos recursos humanos y materiales que suelen poseer, incluso
del buen nivel educativo que tiene alguno de ellos. [2] La falta de una genuina visión política
de los acontecimientos, con su correspondiente incapacidad de
anticipación, es otra explicación que encontramos recurrentemente
en los analistas de situaciones históricas desgraciadas. Así,
por ejemplo, explica Churchill la derrota de Alemania en la
Primera Guerra Mundial: aquellos generales prusianos con responsabilidades
políticas, brillantes profesionalmente, herederos directos de
quienes humillaron a Francia en 1870, fracasaron precisamente
en lo que era su especialidad y donde eran mejores "por
ser sólo militares y por tomar decisiones con criterios exclusivamente
militares" (cfr. CHURCHILL, Winston S., Pensamientos
y aventuras, ed. Los libros de nuestro tiempo, Barcelona
1943, passim ). Sin salirnos de la historia reciente de la misma nación,
al indagar cómo fue posible que personas muy bien preparadas
—brillantes en su especialidad— y de gran honestidad, no advirtieran
a tiempo el desastre que se cernía sobre la Alemania de Hitler,
nos volvemos a encontrar con las consecuencias de la desestimación
de lo político. Es el caso bien conocido de militares como Erwin
Rommel: a pesar de su cercanía, se dieron cuenta tarde de quién
era realmente su líder y a dónde iba a conducir a su patria.
Cuando quisieron evitarlo ya fue imposible. Incluso se da la
paradoja que la solución política pensada como última salida
por los militares alemanes complotados, sin interés previo por
lo político, hubiera resultado la salida política más acertada
(cfr. ADENAUER, Konrad, Memorias
1945-1953, Rialp, Madrid 1965 passim;
FRAZER, David, Rommel,
2ª edic., La esfera de los libros, Madrid 2004, pp. 623-633
). [3] "Siempre se ha advertido la complejidad
de lo humano, pero no teníamos una comprobación práctica tan
clara como tenemos hoy. No hay más remedio que admitirlo: si
fallan algunos de los factores que intervienen, se resiente
el conjunto. Para algunas personas esto es aterrador o sumamente
incómodo: se quiera o no se quiera, de cómo se comporte uno
dependen muchas cosas; incluso la abstención tiene consecuencias;
no cabe quitarse de en medio, sin que ello provoque algún efecto"
(POLO, Leonardo, Introducción
a la Filosofía, Eunsa 1995, pág. 207). [4] Procurando ser comprensivos, también debe
reconocerse —como contraparte— que en ocasiones ha influído,
para ese absentismo, lo que se ha llamado canibalismo
político: personas que generosamente han aceptado cargos
públicos con espíritu de servicio, y que por un cambio de régimen,
o un vuelco eleccionario, se ven expuestas al escarnio injusto,
o a la persecución judicial por puro revanchismo y espíritu
de venganza. Ello produce una desmotivación y decepción profunda
en personas honorables y capaces, y extiende la ocupación de
los espacios de poder, crecientemente, por aventureros y arribistas
menos preparados y, a veces, moralmente peligrosos. La animación
y convocatoria a la responsabilidad en la construcción del bien
común, termina teniendo así un efecto perverso. [5] Explicando el pensamiento en este punto
de Santo Tomás, se expresa así el maestro Millán Puelles: "Ante
todo, la vida política no se reduce a la actividad del gobernante.
Vida política es, en general, la específica y propia de todos
los ciudadanos como tales. Pero su ordenación pertenece, en
cambio, al gobernante, que es quien tiene a su cargo el cuidado
de la comunidad. El fin de esta ordenación, la paz, no lo consigue
el gobernante únicamente, sino que es el efecto de la cooperación
de todos los ciudadanos, encabezados y dirigidos por aquél.
El gobernante es, pues, entre los ciudadanos, el que para ordenar
la convivencia, tiene el poder de dar las órdenes
precisas. Y la paz, que requiere la conveniente y justa
satisfacción de las necesidades de los súbditos, se atribuye
como efecto al gobernante, no de un modo exclusivo, sino de
una manera principal, análoga a la forma en que la casa se atribuye
al arquitecto como el agente ordenador y directivo de la edificación"
(cfr. MILLÁN-PUELLES, Antonio, La formación de la personalidad humana, 7ª edición, Rialp, Madrid
1989, pp. 109-110). [6] El subrayado es nuestro. [7] Cfr. ALVIRA, Rafael, "División del
trabajo y organización política. Un intento de formalización",
pro-manuscripto, pág. 5. [8] De modo intuitivo comprendemos la conveniencia
de esta distinción cuando decimos, por ejemplo, que la del catedrático
es una carrera, y no decimos que sea una carrera
la del rector, sino una función u oficio. [9] Cfr. VALERO y VICENTE, Antonio—LUCAS TOMÁS,
José Luis, Política de
empresa. El gobierno de la empresa de negocios, 6ª edición,
IESE-Eunsa 2005, passim. [10] "La sociedad es siempre
lo decisivo, no la política ni el Estado; porque cuando parece
que es la política quien decide, lo que pasa es que la sociedad
está enferma, y es una vez más el sustrato social —en este caso
su enfermedad— quien hace posible, en lugar del «poder», la
ilimitada «prepotencia» política, que termina en la inseguridad.
Por eso Aristóteles quiere asegurar, como culminación de su
política la aspháleia,
la seguridad, condición de la posibilidad de la felicidad o
eudaimonia, cifra
a su vez de la ética" (MARÍAS, Julián, Introducción a Etica a Nicómaco, 6ª edic., Centro de Estudios Constitucionales, Madrid 1994,
pp. XIV-XV). [11] "El estudio de la historia no es ajeno
al tema de la complejidad. Todo está interrelacionado y, probablemente,
esas interrelaciones son distintas cuando lo pequeño y lo grande
se parecen entre sí o cuando son discordantes. En amplias regiones
de la realidad física no cabe decir que sea más importante lo
grande que lo pequeño, porque una tormenta puede matar muchas
mariposas, pero una mariposa puede producir la tormenta. ¿Cómo
aplicar esto a la antropología? Para un pensador, encontrar
estas preguntas es un reto apasionante. Ya se sabe: por un clavo
se perdió una herradura, por una herradura se perdió un caballo,
por un caballo se perdió una batalla, y por una batalla se perdió
un reino" (POLO, L., ibid., pág. 208). [12] Cfr. JUAN PABLO II, Exhortación postsinodal
Christifideles laici,
n. 42. [13] "Hemos visto que el carácter complejo
«internamente» del ser humano, y su desequilibrio constitutivo,
nos hacían comprender su peculiar historicidad. Pero ahora podemos
tomarlo globalmente, considerado en su unidad. Desde este punto
de vista se nos presenta como un ser que –como los demás vivientes-
es, al mismo tiempo, independiente y dependiente –la paradoja
de la vida-, es decir, con una cierta existencia separada
de los otros seres que, sin embargo, no puede darse ni mantenerse
como existencia más que en y por la relación
con ellos" (ALVIRA, Rafael, La
razón de ser hombre. Ensayo acerca de la justificación del ser
humano, Rialp, Madrid 1998, pp. 122-123). [14] Cfr. CONCILIO VATICANO II, decr. Apostolicam Actuositatem, n. 5 (el subrayado
es nuestro). [15] Una fundamentación de este empeño, abordado
desde distintos ángulos científicos, puede verse en La misión del laico en la Iglesia y en el Mundo,
actas del VIII Simposio Internacional de Teología de la Universidad
de Navarra, edic. dirigida por SARMIENTO, Augusto—RINCÓN, Tomás—YANGUAS,
José María—QUIRÓS, Antonio, Eunsa 1987, 1090 pp. [16] "No creas que eres bueno porque no
tienes poder" (SCHMITT, Carl, El
concepto de lo político, Alianza, Madrid 1998, prólogo) |
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