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IDEARIO
DE CIVILITAS EN JENOFONTE La
Ciropedia o Educación de Ciro en realidad es tratada solamente en el primer libro
de los ocho que componen esta obra de Jenofonte. Los restantes se
ocupan de presentarnos el resto de su vida como prototipo del soberano
y militar ejemplar. Pero al repasar todo el arco de la vida de Ciro
el Viejo, se concluye que toda ella fue el despliegue y desarrollo
de la acertada formación que recibió en su niñez y juventud, y por
tanto, el título tradicional[1] con que conocemos esta especie
de tratado de pedagogía aplicada se demuestra acertado. El libro I se abre con un proemio en donde
realiza algunas consideraciones filosófico-políticas sobre la dificultad
que supone el gobierno de hombres: "Los hombres, en cambio, contra nadie se levantan más que contra aquellos
en quienes noten intención de gobernarlos. Mientras meditábamos sobre
estos asuntos, íbamos comprendiendo, al respecto, que al hombre, por
su naturaleza, le es más fácil gobernar a todos los demás seres vivos
que a los propios hombres"[2]. Pero la experiencia histórica de Ciro le hace ver que es posible —a pesar de las muchas dificultades— llevar a cabo un buen gobierno, si se tienen las condiciones personales adecuadas, potenciadas por una buena educación dirigida hacia ese fin específico. "Pero, cuando caímos en la cuenta de que existió el persa Ciro, que consiguió
la obediencia de muchísimos hombres, muchísimas ciudades y muchísimos
pueblos, a partir de ese momento nos vimos obligados a cambiar de
idea y a considerar que gobernar hombres no es una tarea imposible
ni difícil, si se realiza con conocimiento"[3]. Ciro consiguió algo que para un griego de
la ciudad-estado era inédito: que lo obedecieran, lo respetaran y
quisieran agradarle, súditos que no lo conocían personalmente, que
nunca lo habían visto ni lo verían jamás, en lugares que el soberano
nunca podría pisar, pertenecientes a pueblos y razas diferentes, muchos
de ellos antiguos enemigos. Jenofonte capta y refleja la transformación
de su tiempo, en el que la antigua polis va a decaer como forma socio-política
y cederá el paso a unidades de poder de otra naturaleza. Puede ser
ésta una explicación de la aceptación que tuvo este autor en la época
helenística, y de su influencia en los gobernantes y en la opinión
general durante la dominación romana. Es el autor de los grandes espacios
políticos, la apertura y absorción de civilizaciones diferentes, y
la expansión imperial. Debe tenerse en cuenta que —como es conocido—
Jenofonte junto al material histórico procesa también elementos pseudo-históricos,
que pueden resultar más convincentes y atractivos de lo que corresponde,
debido a su fino arte literario. Las diferencias en datos históricos
con Heródoto y Ctesias de Cnido[4], así como con Estrabón[5], son notorias. Sus tendencias
aristocratizantes y guerreras se combinan bien con su filoespartanismo,
tan diferentes al espíritu de su patria ateniense en aquella época;
si bien en la fecha de composición[6] de la Ciropedia había moderado el entusiasmo pro-lacónico de los días en
que escribió La República de
los lacedemonios[7]. La referencia a Jenofonte reviste interés para nuestro tema, pues aunque pueda ofrecer datos discutibles, de todas maneras, trata de un gobernante que ha pasado a la historia como un paradigmático jefe de Estado, que vivió en pleno siglo VI a.C. —un siglo antes de Pericles— y que no es griego. Todo ello amplía nuestro campo de referencia, aunque sea a través del prisma de un autor ateniense que vivió dos siglos después. Muchos pasajes, quizás literaturizados, por ejemplo sobre la educación de los jóvenes aristócratas medos y persas, aportan también datos objetivos de sumo interés para tomar contacto con las ideas educativo-políticas del mundo antiguo no helénico. El Ciro que nos presenta Jenofonte en la
Ciropedia parece un discípulo de Sócrates
con algunas gotas de la escuela cínica de Antístenes[8]. Hay similitudes evidentes
con Platón, pero también diferencias. Aulo Gelio[9] recoge una tradición que
sostiene que la composición de la
Ciropedia es una réplica a los dos primeros libros de La República. Aunque Diès[10] relativiza esta opinión.
Sea como sea, lo que sí es evidente es el conocimiento que Jenofonte
tuvo de La República,
reflejado en una gran similitud de conceptos y opiniones. Pero hay también notables diferencias: el
fundador de la Academia ofrece una formación fundamentalmente intelectual
para el futuro gobernante. Jenofonte se centra más en los aspectos
prácticos[11]. Desde el punto de vista
ético, nos parece encontrar posiciones muy distintas respecto a la
situación de la mujer, la familia y los niños en las sociedades que
propugnan. Platón las hace partícipes del trabajo y de la guerra,
y en un pasaje muy discutido propone la comunidad de mujeres y de
hijos, entendiendo la ciudad como única familia, que a veces exige
el sacrificio de los niños (cfr. La República, 457d). Jenofonte desea que
se mantenga un distanciamiento respetuoso hacia la mujer, ensalza
el matrimonio y la vida familiar; escribiendo pasajes de gran ternura
hacia los niños. Este contraste se dio también existencialmente: Platón
nunca fue esposo y padre; Jenofonte tuvo una feliz experiencia con
su mujer Filesia, y lloran con gran dolor la pérdida del hijo de ambos,
Grilo, en Mantinea[12]. Esos trasuntos de su humanidad,
junto a la dulzura de su lengua y estilo, se reflejan en el apelativo
de "abeja ática" como lo califica el Suidae Lexicon[13].
Ya Cicerón dijo que su estilo es más dulce que la miel[14], y Diógenes Laercio le llamó
—por idéntica razón— "musa ática"[15]. No puede descartarse la opinión de que la
Ciropedia sea, en realidad, menos una historia
de Ciro el Grande que el sueño de lo que hubiera hecho Ciro el Joven
—a quien conoció— si hubiera terminado venciendo; o que es una obra
de teoría política y militar de Jenofonte suscitada por la Anábasis. Estas teorías armonizan bien con las de La República de los lacedemonios para los
aspectos públicos, y con las del Económico
para el gobierno de la casa. Se inclina hacia una forma mixta entre
las antiguas oligarquías y una monarquía que podríamos llamar "constitucional",
donde el rey también respeta la ley. No hay que olvidar que el monarca
delineado por Jenofonte debe dominar en territorios que van mucho
más allá de la propia ciudad y del propio país, necesitando atributos
proporcionados, y debiendo usar, como hábil estadista, del respeto
a la autonomía política y religiosa de las regiones que va anexionando.
La democracia ateniense, en los días en que se escribía la Ciropedia, había decepcionado a los más virtuosos y venía cediendo
como fuente de inspiración para el pensamiento filosófico-político. En esta obra de Jenofonte se trata, más que
en otras suyas, de la educación como medio para alcanzar la areté como fuerza creadora del poderío
persa. Es decir, una concepción muy griega y que podemos advertir
en casi todos los autores importantes: la paideia
recibida configura la politeia.
La novedad es la aplicación de ideales griegos a una personalidad
persa y en unos territorios extranjeros. Es el fin de la tradicional
distinción estricta entre griegos y bárbaros.
Es la apertura pre-helenística más allá de la Hélade. Ya Isócrates[16] había advertido que los
pueblos que participaban de la paideia
merecían más el nombre de griegos que los propios griegos. Jenofonte combina acertadamente la kalokagathía griega con la areté persa, aunque no deja de resaltar
el contraste entre la educación individualista griega y la comunitaria
persa. En el gobernante ideal que presenta, encontramos la concepción
socrática de la virtud, el apoyo en las virtudes cardinales platónicas
y el modelo isocrático de estadista. En muchos apartados de este trabajo nos encontraremos
con una dificultad muy conocida por los filólogos dedicados a la Antigüedad
griega: la incomensurabilidad de los campos semánticos, y la consiguiente
dificultad de traducir con exactitud conceptos que no tienen una correspondencia
unívoca en distintas lenguas y épocas. De todas formas, hecha esta
advertencia sobre nuestras limitaciones, abordaremos ahora las características
y virtudes que Jenofonte delinea como necesarias en el soberano ideal[17]: — en primer lugar, siempre, la eusébeia (piedad). Siguiendo el consejo de su padre, Cambises, Ciro
es muy respetuoso en toda ocasión con los dioses[18]. Siempre que emprende una
acción se encomienda antes a sus cuidados y desea consultar su voluntad.
Si la empresa tiene éxito la atribuye a ellos[19]. Esa piedad queda expresada
claramente en todos sus discursos ante sus tropas, intentándoles persuadirles
de comportarse siempre así ante los dioses. Su eusébeia no es superficial, ni se queda
en sacrificios y libaciones rituales como vemos en tantos casos de
aquella época, sino que responde a una convicción profunda de que
ahí deben estar los firmes pilares del imperio y de la vida de cada
uno. — en segundo lugar debe estar la dikaiosýnê (justicia). Era el objetivo primordial en la educación
persa. Los atenienses por el contrario, en aquella época, perseguían
más bien la grammatikê tékhnê.
Para aquellos era el fundamento del Estado, lleva al respeto de las
leyes y a la igualdad de derechos para todos garantizada por la monarquía.
El soberano encarna las leyes: "es una ley con ojos"[20]. En esto es similar a la
idea de Isócrates quien considera las palabras del rey como leyes[21]. Y a Platón, quien atribuye
al buen legislador el conocimiento de la ley eterna, por lo que puede
descuidar las leyes escritas[22]. — la tercera cualidad que encuentra en Ciro y propugna para
el gobernante ideal es el aidós
(respeto). Ya Homero la consideraba obligada en sus héroes[23], y Hesíodo atribuye a su
desaparición la pérdida de la buena conciencia en el mundo[24]. Para Platón, asimismo,
está en la base del arte político junto con la justicia[25]. — también encontramos en Ciro la euergesía, cualidad que manifiesta generosidad con su entorno, pero
concebida no solamente como ayuda material, sino como una actitud
de fondo que supone apertura a los problemas de los demás. Jenofonte
presenta como partes integrantes de esta virtud a la philanthrôpia,
a la philomathía (amor al
estudio), y la philotimía,
que podría entenderse como "avidez de gloria" aunque quizás
hoy la llamaríamos "tener suficiente espíritu competitivo"[26]. — otra cualidad suya, muy útil para todo el que ocupa puestos
encumbrados, es la praótês,
que puede entenderse como mansedumbre o "dulzura en el trato";
evita las distancias innecesarias con los subordinados y les facilita
la confianza y afecto al superior[27]. Homero aún no había exigido
esta actitud a sus héroes, pero en el siglo IV a.C. se convirtió en
algo exigible por la democracia moderada. — se relaciona con la condición de carácter anterior, la peithó (obediencia), que tendrá que tener
de modo ejemplar quien después ha de mandar. Era un elemento básico
en la paideia de los jóvenes
persas a fin de que llegaran a ser militares muy disciplinados[28]. En La República de los lacedemonios (cfr. VIII, 3), puso esta cualidad
como fundamento del Estado espartano. En el símil de las abejas ilustra
la necesidad de esta virtud para que se consolide el tejido social,
y es imprescindible para lograr la eukosmía[29]. — finalmente, una de las virtudes en las que Jenofonte más
insiste como imprescindibles en todo buen gobernante: la enkráteia. Se ha traducido como "continencia", pero es también
aquella fortaleza que lleva a soportar con buen ánimo las adversidades,
el cansancio, el frío y el calor, el hambre y la sed... Era una distinción
de los persas ante todos, principalmente los medos[30]. Tanto Platón como Jenofonte
aplican esta virtud —por primera vez— no sólo a soportar la contradicción
exterior sino al dominio de sí mismo[31]. Se ha discutido mucho sobre el último capítulo
del libro VIII de la Ciropedia,
considerándolo apócrifo o sospechoso, ya que después de siete libros
donde se ensalza a la patria de Ciro, en ese último apartado —bien
conocido como Epílogo— se produce un explícito viraje
negativo respecto a los persas. Hoy día la autenticidad parece estar
suficientemente fuera de dudas[32]. Además, también Jenofonte
había finalizado La República
de los lacedemonios con un epílogo crítico. En ambos casos, precisamente
quiere hacer ver que por haberse dejado de vivir las virtudes y características
positivas que propugna, por ello se produce la decadencia que critica.
No se olvide la intención pedagógica que subyace en todo este tratado,
aparentemente histórico. La influencia que ha ejercido la Ciropedia en la literatura posterior, y
de modo particular en las diversas concepciones del gobernante ideal,
ha sido muy notable[33].
El prototipo de los reyes helenísticos está en gran medida calcado
sobre ella[34]. En el mundo romano, influyó
principalmente en Cicerón, Escipión y Séneca. Gravitó allí también
en el ámbito de la religión: en la era de los Escipiones se produce
un movimiento de defensa de la religión ancestral romana ante los
nuevos cultos orientales. Escipión, Lelio y Furio se apoyan en esta
obra de Jenofonte para impulsar el resurgimiento[35].
El lector romano siente mayor atracción por este autor que por Isócrates
o Platón, ya que sintoniza más con sus enseñanzas militares, sus vidas
ejemplares y las cuestiones políticas prácticas, como la ampliación
de los límites del Estado, o la relación y absorción de los pueblos
aliados o conquistados. El modelo jenofonteo fue muy discutido en
el círculo de los Escipiones. Pero la máxima influencia se encuentra en
Cicerón. Él mismo se encarga de demostrarlo, por ejemplo, en una carta
enviada a su hermano Quinto hacia fines del año 60 a.C. donde constata
que la Ciropedia era utilizada sistemáticamente
como fuente de inspiración por Escipión el Africano, y declara admirar
a ese soberano dibujado por Jenofonte que logra realizar la combinación
perfecta entre la máxima autoridad y una extraordinaria afabilidad[36]. Diez años después, en carta
a L. Papirio Peto[37], afirma haber leído a menudo
ese libro e intentará llevar a la práctica sus enseñanzas en la administración
de Cilicia. Por otra parte, en el De Senectute presenta una traducción del final de la obra de Jenofonte.
Cuando ofrece una imagen de los tradicionales reyes romanos Rómulo
o Numa, intentando que sirvan de ejemplo a los políticos contemporáneos
suyos, está aplicando el modelo del Ciro retratado por el escritor
ático[38]. Esa influencia perdura
y, bastante después, encontramos que Ausonio atribuye al emperador
Graciano el conjunto de virtudes que Jenofonte había atribuido a Ciro
el Viejo[39]. En el Renacimiento y en los siglos XVII y
XVIII el influjo de la Ciropedia
sigue haciéndose sentir en la literatura europea. Así, por ejemplo,
Maquiavelo en El Príncipe,
después de recoger muchas ideas de Jenofonte, concluye: "Alejandro Magno imitaba a Aquiles, César seguía a Alejandro y Escipión
caminaba tras las huellas de Ciro. Cualquiera que lea la vida de este
último, escrita por Jenofonte, reconocerá después en la de Escipión
cuánta gloria le resultó a éste haberse propuesto a Ciro como modelo,
y cuán semejante se hizo a él, por otra parte, con su continencia,
afabilidad, humanidad y liberalidad"[40]. En esas palabras del célebre florentino encontramos
una justificación del enfoque que intentamos dar a esta investigación.
Montaigne, asimismo, recomienda el sistema de la Ciropedia para la educación de los niños[41]. Bossuet elogia a Ciro como
conquistador y a Jenofonte como historiador[42], y Fenelón imitará esa obra
en su Telémaco[43].
Hay una obra de Jenofonte comúnmente denominada
en castellano Recuerdos de Sócrates[44],
y universalmente conocida como
Memorabilia[45],
que en su libro II tiene un largo diálogo de Sócrates consagrado
a la educación de gobernantes. Su interlocutor es Aristipo de Cirene,
filósofo tardío del hedonismo. La premisa fundamental de la que arranca
aquí Sócrates es que toda educación debe ser política. Todo hombre
debe educarse para dos cosas: o para gobernar o para ser gobernado.
La diferencia empieza ya a marcarse en algo tan elemental como la
alimentación. El educado para gobernar debe aprender a anteponer los
deberes más importantes a la satisfacción de sus necesidades físicas.
Sobreponerse al hambre y a la sed; levantarse pronto, acostarse tarde;
ningún trabajo por duro que sea debe asustarle... Debe superar el
cebo que le tienden los sentidos. Quien no sea capaz de superar estos
desafíos debe aceptar encontrarse siempre entre los gobernados. Sócrates
designa esta educación para el dominio de sí mismo y la abstinencia
con el término ascesis. Es la virtud del hombre destinado a mandar. Aristipo no quiere
ser señor ni esclavo, sino sencillamente un hombre libre. Desea llevar
una vida sin sobresaltos, lo más placentera y "libre" posible.
Piensa que ello no lo podrá encontrar como ciudadano de ningún Estado,
sino como un extranjero o meteco permanente, que no está obligado
a nada[46]. Como apostilla Jäeger: "Frente a este individualismo modernista y refinado, Sócrates preconiza la ciudadanía clásica del hombre apegado a su suelo y que concibe su misión política como la educación para llegar a ser un gobernante, haciéndose digno de ello mediante el ascetismo voluntario. Los dioses no conceden nunca a los mortales ningún verdadero bien sin esfuerzo y sin una pugna seria por conseguirlo"[47]. Jenofonte, en el libro IV de esta obra, hace decir a su maestro Sócrates en su diálogo con Eutidemo, que aspirar a la virtud más bella y a la más grande de las artes es un arte de reyes, es la política y se le llama arte real. Es lo que nos hace ser buenos ciudadanos, y por eso, buenos gobernantes, y por tanto, útiles a los demás y a nosotros mismos[48]. [1] A partir de AULO GELIO (Noches áticas, XIV, 3) es el nombre con
el que se viene conociendo esta obra. También en la Anábasis el título no abarca el contenido general: solamente los seis
primeros capítulos la tratan. [2] JENOFONTE, Ciropedia, libro I, 2-3, introducción, traducción y notas de Ana Vegas
Sansalvador, biblioteca clásica Gredos nº 108, Madrid 1987, pág.
72. [3] Idem, I, 3. [4] Médico de Artajerjes II, compuso una imaginativa
historia de Persia en 23 libros, denominada Persiká. Junto con Heródoto es la principal fuente griega utilizada
por Jenofonte para conocer a Ciro. Es suficientemente sabido —principalmente
por la Anábasis— que Jenofonte
sirvió en el ejército persa de Ciro el Joven. Allí, junto a soldados
de Esparta, tuvo estrecho contacto con las costumbres y las tradiciones
orales de medos y persas, y entró en contacto con otras fuentes. [5] Cfr. STRABONE, Geografia, libro VIII: Il Peloponeso, texto griego e italiano,
introducción, traducción y notas de Anna Maria BIRASCHI,
Biblioteca Universale Rizzoli, Milán 1992, 307 pp. Título original:
GEWGRAFIKA. Estrabón, con intuición
moderna, se interesó por el estudio del hombre en el espacio, dando
lugar al primer modelo de antropogeografía. Sus fuentes son más
literarias que de experiencias personales o viajes, aunque viajó
"desde Armenia a Etruria, y
desde el Mar Negro a las fonteras de Etiopía".Tiene muy en
cuenta la tradición homérica, poniéndola como término de comparación
con la suya actual. Es el tratado más importante que nos ha dejado
la antigüedad en esta materia. Los 47 libros de su otra obra, Esbozos
históricos, se han perdido totalmente, pero —como en el caso
que nos ocupa— son indirectamente muy citados, junto con la Geografía,
por autores antiguos debido a su gran prestigio, y se ponen como
término de comparación para verificar datos históricos. [6] Aunque sea asunto discutido, puede situarse
con bastante seguridad entre el 380 y el 360 a.C., y muy probablemente
esté relacionada con la vuelta del rey Agesilao a Asia, hecho que
volvió a despertarle el interés por Persia. Puede verse el estudio
realizado por Ana Vegas Sansalvador en la edición que utilizamos,
con especial referencia a las teorías de E. Delebecque (cfr. JENOFONTE,
Ciropedia, introducción,
traducción y notas de Ana Vegas Sansalvador, biblioteca clásica
Gredos nº 108, Madrid 1987, pp. 12-16; DELEBECQUE, E., Essai sur la vie de Xénophon, Paris 1957, pp. 395-409). [7] Circa 387 a.C. [8] Así lo sostiene, por ejemplo, NESTLE, W., Historia del espíritu griego (trad. esp.), Barcelona 1961, pp. 229
y ss. [9] Cfr. Noches
áticas, XIV, 3. [10] Cfr. DIÈS, A., Introducción a la République de Platón, Paris 1932-1934,
pp. XLI-XLII. [11] Cfr. DELEBECQUE, E., Essai sur la vie..., pág. 392. [12] Ibidem. [13] SUIDAS, Lexicon, edición de Ada Adler, Verlag B.G.Teubner, Stuttgart 1967-1971
(editio stereotypa editionis prima, 1928-1933). [14] Cfr. CICERÓN, Orator, IX, 32. [15] Cfr. DIÓGENES LAERCIO, Vida..., XIV. [16] Cfr. ISÓCRATES, Panegírico, 50. [17] En este apartado seguimos el esquema que
presenta Ana Vegas Sansalvador en la Introducción de su traducción
de la Ciropedia (cfr. "«Paideia». El ideal
del soberano", pp. 40-45); coincide sustancialmente con el
enfoque que buscamos dar a esta investigación. [18] Cfr. Ciropedia, I, 6, 2-6. [19] Cfr. por ejemplo, idem, en II, 1,1; IV, 1,2; VI, 4,1; VII, 1,1; VIII, 7,3. [20] Cfr. idem,
VIII, 1,22. [21] Cfr. ISÓCRATES, A Nicocles, 18. [22] Cfr. PLATÓN, Político, 300c. Se advierte el gran interés actual de este razonamiento,
cuando proliferan leyes que atentan directamente contra la ley natural.
Platón ofrece una base convincente a la desobediencia civil. [23] Cfr. BEIL, A., "Aidós bei Homer", Der altsprachliche Unterricht 5, 1 (1961),
pp. 51 y ss. [24] Cfr. HESÍODO, Trabajos y Días, 200. [25] Cfr. PLATÓN, Protágoras, 322d. [26] La referencia a estas virtudes las podemos
encontrar, por ejemplo, en Ciropedia
I, 2,1 y I, 4,1; VIII, 7,25. [27] Cfr. idem,
III, 1,41; VI, 1,37. [28] Cfr. idem,
III, 3,8; VIII, 1,2. [29] Cfr. idem,
V, 1,24. [30] Cfr. idem, I, 2,8 y 3,4; IV, 5,1; V, 2,14-19. [31] Cfr. PLATÓN, Fedro, 256b. [32] Tanto Jäeger como Delebecque han aportado
razones muy convincentes: cfr. JAEGER, W., Paideia,
México 1962, pág. 963 y ss.; DELEBECQUE, E., Essai sur la vie..., pp. 405-407. [33] Cfr. GRUBER, J., "Xenophon und
das hellenistisch-römische Herrscher-ideal", en Reflexionen antiker Kulturen, ed. P. Neukam, Munich 1986, pp. 27-46. [34] Cfr. FARBER, J.J., "The Cyropaedia and Hellenistic Kingship",
American Journal Philologie
100 (1979), 497-514. [35] Cfr. RAWSON, E., "Scipio, Laelius,
Furius and the Ancestral Religion", Journ. Rom. Stud. 63 (1973), 161-174. [36] Cfr. CICERÓN, Ad Quintum fratrem I, 1,23 ss. [37] Cfr. CICERÓN, Ad familiares IX, 25,1. [38] Cfr. CICERÓN, De republica I, 43 ss.; II, 15; II, 27. [39] Cfr. AUSONIO, Gratiani Acta, 15. [40] MAQUIAVELO, N., El Príncipe, cap. XIV. [41] Cfr. MONTAIGNE, Ensayos, I, 3 y 25; II, 22; III, 6; III, 10. [42] Cfr. BOSSUET, J.B., Parte I, época VIII. [43] Puede compararse, por ejemplo, Ciropedia I, 3,3 con el libro I de Telémaco. [44] JENOFONTE, Recuerdos de Sócrates, introducción, traducción y notas de Juan Zaragoza,
Biblioteca Clñasica Gredos nº 182, Madrid 1993. [45] Se la ha llamado así desde la edición de
Johann Löwenclau (Leunklavius) de 1564, quien en la edición latina
de Xenophontis Opera Omnia, incluyó este libro
bajo ese nombre. Hasta entonces se había conocido como Apomnêmoneúmata Sokrátous. [46] Cfr. JENOFONTE, Recuerdos de Sócrates..., II, 1-8. [47] Cfr. JAEGER, Werner, Paideia: los ideales de la cultura griega, traduccion de Joaquín Xirau
y Wenceslao Roces, 2ª edición en 1 volumen, 10ª reimpresión española,
Fondo de Cultura Económica, Madrid 2001, pág. 431. Este autor considera
muy importante el contenido didáctico-político de las Memorabilia, a diferencia del escaso relieve que se le concede en
los comentarios de la edición de Gredos que utilizamos. Nos sorprende
porque habitualmente, las introducciones y notas de esta colección
clásica, son profundas y en sintonía con las grandes autoridades
en la materia. [48] Cfr. JENOFONTE, Recuerdos de Sócrates, IV, 2,11.
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