Civilitas

 

EL IDEARIO DE CIVILITAS EN LA ATENAS
DEL SIGLO DE PERICLES

 

 Por Ricardo Rovira Reich

     La impronta del siglo V a.C. en la Hélade, pero de modo particular en el Ática, marcará para siempre la historia política de Grecia, y desde ella, se transmitirá junto con los ideales democráticos a todo el occidente. Por ello, fijarnos en cómo era la vida institucional en aquel espacio y en aquel tiempo, no es un ejercicio de interés meramente local o particular, sino que tiene alcance universal; aún vivimos algunas de sus consecuencias. En el asunto que ahora nos ocupa, aquello impone pautas decisivas; aunque no se trató de un arranque desde cero, sino que tuvo antecedentes bien conocidos, algunos de los cuales trataremos más adelante en este estudio.

 

     En un trabajo que es punto de referencia habitual cuando se quiere conocer la Antigüedad griega, se introduce así este tema:

 

"La opinión pública es muy estricta con cualquiera que se muestre indiferente respecto a los asuntos del Estado, y habrá que esperar a finales del siglo IV (338) para que una escuela filosófica, la de Epicuro, se atreva a aconsejar al prudente que se ocupe exclusivamente de sus asuntos personales, de su propia felicidad. En la época de los «Maratonómacos» no se podía concebir que la felicidad del individuo pudiera separarse de la prosperidad del Estado"[1].

 

     Una visión general sobre la vida cívica de entonces, de modo inmediato nos hace ver el interés de la mayoría de los ciudadanos por la res publica, el gran tiempo que les insume —sin esclavos y metecos aquellas instituciones hubieran sido insostenibles— y hasta dónde estos derechos y obligaciones ocupaban habitualmente el primer lugar en sus axiologías personales[2].

 

     Atenas es una democracia directa donde todos los ciudadanos participan en la Asamblea (ecclesía), órgano supremo de gobierno del Estado. Aunque los antiguos no desconocieron el gobierno representativo[3] tal como se entiende hoy día, la mayor parte de aquellas ciudades fueron gobernadas directamente por sus ciudadanos. De la Asamblea emanaban los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Para ser ciudadano y, por ende, tener derecho a formar parte de la Asamblea se requerían dos condiciones: ser de padre ateniense (hasta que en el 451 la ley de Pericles estableció que la madre también debía ser ateniense) y ser mayor de edad: 18 años. Como se hacían dos años de servicio militar obligatorio, de hecho, no se accedía a la Asamblea hasta los veinte años. Se reunían en la Pnix, colina situada al sudoeste del Aerópago —frente a la entrada de la Acrópolis—, donde ondeaba el sémeion convocando a la Asamblea.

 

     Aunque las reuniones debían anunciarse con cuatro días de antelación —principalmente en atención a los campesinos que vivían lejos—, y con un orden del día (programa) claramente establecido, se comprende que por la alta frecuencia de convocatorias, de un total de 40.000 ciudadanos se requería solamente un quórum de 6.000 para las votaciones más importantes. Con el fin de favorecer la participación en las responsabilidades públicas también supieron poner medios prácticos:

 

"El establecimiento de una compensación económica para los ciudadanos presentes en la Asamblea (misthós ecclesiasticós), después de la guerra del Peloponeso, no sólo no fue una medida demagógica, como se ha dicho a menudo equivocadamente: sin esa compensación ¿cómo los tetes, los atenienses asalariados, los proletarios, hubieran podido asistir a las sesiones, que a veces duraban todo el día, y se celebraban al menos cuatro veces al mes y de hecho con más frecuencia? (...) Si esbozáramos la vida cotidiana de un europeo del siglo XX podríamos no hablar del deber electoral, que sólo cumple de vez en cuando. Sin embargo el ateniense de la ciudad no solamente participaba en estas frecuentes asambleas, sino que también podía ser nombrado durante un año magistrado o miembro del Consejo de los Quinientos (buleuta) o juez, y en ese caso los asuntos públicos acaparaban la mayor parte de su tiempo, evidentemente"[4].

 

     La Asamblea de la Pnix no era la única de la que un ateniense libre debía formar parte. También estaban las asambleas de las fratrías, de los demos y de las tribus, encargadas de la administración local. Además, en un orden de superior dignidad, todo hombre libre podía formar parte del Consejo de los Quinientos (Bulé). La Bulé en cierto modo preludia el sistema representativo de los parlamentos modernos. Son 500 miembros, 50 por cada tribu. Los buleutas eran elegidos entre los demotas, miembros de cada demos mayores de treinta años. El Consejo está encabezado por los 50 prítanos: proceden todos de una sola tribu y son elegidos entre los 500 buleutas. Son presidentes de la Bulé —forman una especie de comisión permanente— durante la décima parte del año, esto es, unos 35 o 36 días.

 

     Los elegidos debían pasar un año entero al servicio del Estado, abandonando los asuntos privados. La remuneración no era más que cinco óbolos diarios, y un dracma para los prítanos, es decir, seis óbolos, lo que no era demasiado si tenemos en cuenta que un buen obrero podía ganar dos dracmas diarios[5]. La ley prohibía que un ateniense fuera buleuta más de dos veces en su vida. Como eran necesarios 500 cada año y el número de ciudadanos era aproximadamente de 40.000, vemos que cualquier ateniense que lo deseara tenía muchas posibilidades de formar parte del Consejo.

 

     Al menos un tercio de los prítanos permanecía en el Pritaneion día y noche. Eran presididos por el epístata: se elegía por sorteo cada día y ejercía sus funciones de un amanecer a otro. Era el verdadero jefe del Estado, pero durante un tiempo brevísimo. Solamente podía ejercer este cargo una sola vez, por tanto de 50 prítanos, 36 podían ser epístatas. Es decir, casi todos los atenienses tenían las mismas posibilidades de ser presidente de la República durante un día de su vida"[6].

 

     Los prítanos eran los magistrados supremos del Estado, pero había muchos otros magistrados, reunidos siempre en colegios, habitualmente de diez miembros, uno por tribu. El poder estaba muy dividido para evitar cualquier asomo de dominio personal. Los funcionarios civiles más importantes eran los arcontes. Y entre los militares, los estrategos. Los arcontes constituían la magistratura más antigua, anterior a la división de Clístenes en diez tribus[7], por eso su número de 9 es atípico respecto a las demás instituciones de entonces, aunque había un secretario, y ello les permitía ocuparse cada uno de una tribu.

 

     Todos los cargos eran elegidos por sorteo; podemos encontrar en esto una particular filosofía política: todo ciudadano, por su propia condición de ciudadano, es apto para cualquier cargo. En la Democracia se supone que del pueblo, por su propia virtualidad, emerge la capacidad para constituirse en Gobierno. Sin embargo, en el caso de la dirección de los asuntos militares, la Asamblea del pueblo podía elegir nominal e indefinidamente a un hombre para estratego, ya que se requería especial habilidad y no se podía dejar al albur del sorteo. Así, Pericles gobernó muchos años el Estado, limitándose a ser simplemente uno de los diez estrategos. La teoría democrática se combina, entonces, con una buena dosis de sentido común, matizando con realismo y espíritu práctico la sacralización de las instituciones[8].

 

     Al final del mandato todos los funcionarios debían someterse a una minuciosa rendición de cuentas llamada euthyna. Costumbre que, probablemente, provoque deseos de que fuera adoptada también entre nosotros.

 

     Esta somera descripción de la vida política en aquel siglo, habla por sí sola de la consideración que tenían los deberes cívicos[9] en los hombres de un tiempo que ha entrado, para siempre, por la puerta grande de la historia[10] y que sigue influyendo en nuestra vida social. Al respecto, es significativa la clasificación de los tipos de vida según su valor, que realiza Platón en Fedro 248: 1º el filósofo; 2º el buen rey; 3º el hombre político; 4º el deportista; 5º el adivino; 6º el poeta; 7º el campesino y el artesano; 8º el demagogo; 9º el tirano.

 



[1] FLACELIÈRE, Robert, La vida cotidiana en Grecia en el siglo de Pericles, edic. Temas de hoy, Madrid 1993, pág. 50

[2] Cfr. ARISTÓTELES, La Constitución de Atenas, Centro de Estudios Constitucionales, 2ª edición, Madrid 1970.

[3] Por ejemplo, la formación de la Confederación Beocia, tal como funciona entre el 447 y el 386 a.C. parece un caso típico de gobierno representativo (cfr. LARSEN, J.A.O., Representative government in Greek and Roman history, University of California 1955; del mismo autor, puede verse para este asunto también: Greek federal states: their institutions and history, Oxford Clarendon Press 1968).

[4] FLACELIÈRE, Robert, La vida cotidiana en Grecia…, pp. 50-51.

[5] Ibidem.

[6] Cfr. GLOTZ, V.G., La cité grecque, 1ª edic., Teubner 1929, pág. 221 (hay traducción española : La ciudad griega, trad. Vicente Clavel, Cervantes, Barcelona 1929 ; y traducción inglesa más reciente : The greek city and its institutions, trad. N. Mallinson, Routledge, Londres 1996).

[7] Más adelante veremos que la leyenda quiere atribuir esta división al héroe Teseo (vid. capítulo II, 1. 5).

[8] Cfr. FUSTEL DE COULANGES, Numa Denis, La ciudad antigua: estudio sobre el culto, el derecho y las instituciones de Grecia y Roma, traducción de M.Ciges Aparicio, ed. D.Jorro, Madrid 1931.

[9] Cfr. JOLY, V.R., Le thème philosophique des genres de vie dans l´antiquité classique, Mémoire de l´Académie royale de Belgique, Bruselas 1956.

[10] Cfr. GUTHRIE, W.K.C., Los filósofos griegos, Fondo de Cultura Económica, México 1987, passim.