Civilitas

 

Conferencia dictada el día 13 de abril de 2009 por el filósofo Rafael Alvira en el Palacio Legislativo de Córdoba (Argentina), organizada por CIVILITAS y titulada:

 

“La política actual entre la
retórica populista y el desconcierto económico”

 

(La presentación fue realizada por el Dr. Luis María Caballero, Presidente de CIVILITAS, y el abordaje del tema por parte del conferenciante fue desde un punto de vista filosófico)

1.      ¿Qué busca siempre el ser humano? Paz y gozo, Seguridad y libertad. La felicidad es la síntesis de la paz y el gozo, que se corresponde con la seguridad y la libertad como coordenadas fundamentales de toda sociedad civil.

 

2.      Ambas cosas se consiguen en sociedad: la paz y la seguridad dependen de ella, tanto como el gozo y la libertad (no hay alegría sin libertad ni verdadera libertad que no genere alegría). Así se pensaba clásicamente, pero la revolución de finales del siglo XVIII vino a trastocar estas ideas.

 

3.      Según el pensamiento clásico, el primer lugar donde se encontraban todas esas dimensiones era la familia. La familia verdadera es una síntesis de pasado y futuro, de conservación y progreso o crecimiento, de paz y gozo, de seguridad y libertad.

 

Cuando hay grupos formados con más personas, han de organizarse entidades sociales más grandes pero siempre "al modo de la familia". Es decir, se trata de lugares en los que la diferencia de roles se da en una unidad fundamental.

 

El clan y la nación, por ejemplo, son entidades sociales de este estilo, al modo de la familia.

 

4.      Aquello que une ha de estar necesariamente por encima de lo unido. De lo contrario, se dan sólo coincidencias coyunturales de intereses. En el amor verdadero, todos se subordinan a ese amor. De ahí el concepto clásico de matrimonio y de nación (es significativo el lema que campea en todos los cuarteles de España: "todo por la patria").

 

5.      Con la Revolución (desde finales del siglo XVIII) todo cambia. Lo fijo se hace móvil (en el hábitat, la economía, el derecho y la política), lo pasado (la herencia) se cambia por lo futuro (el progreso), lo eterno por lo meramente temporal.

Pero, sobre todo, la fijeza del amor se cambia por la primacía de la libertad absoluta. Como dice Tocqueville, en los tiempos democráticos, en medio del movimiento general de todas las cosas, lo que hay de más móvil es el corazón del hombre.

 

6.      Aunque en el pensamiento moderno, tras la revolución, la clave es la libertad, hace falta ineludiblemente también la seguridad.

A una libertad absoluta le ha de corresponder una seguridad absoluta. Aquí hace su plena aparición el Estado moderno, que crece hacia el totalitarismo de manera imparable, porque eso es el único modo de garantizar una libertad absoluta. El Estado moderno, aún en sus formas más moderadas, es "total".

 

7.      El Estado ha de garantizar a la vez la libertad y la seguridad absolutas. Para lograrlo, recurre al expediente de separar la llamada esfera privada (economía) -en la que hay libertad total siempre que haya respeto a las reglas de seguridad que garantiza el Estado- de la esfera pública, en la que la libertad queda restringida por el sistema representativo (el “asamblearismo” es imposible) y la seguridad depende del control y la división de poderes (con lo que ella queda también restringida, porque ambos mecanismos son imperfectos).

 

8.      Pero el problema principal está en que se disuelve la nación, o se hace meramente circunstancial (porque en la libertad absoluta el principio de cohesión social ya no es la familia) y entonces falla la base sobre la que construir seguridad y libertad. El "Estado nacional" es hoy una ficción, no sólo por la crisis del Estado, sino porque con una filosofía política individualista la realidad de la nación se disuelve.

 

Se disparan entonces todos los sistemas dañinos para la sociedad: la "huida hacia delante" (liberalismo, riqueza, libertad; es decir, que la riqueza nos arregle todos los problemas), o la "huida hacia atrás" (socialismo, control, igualdad; o sea, que el "Estado Providencia" lo arregle todo). Es curioso sólo que a los primeros se les llame "conservadores" y a los segundos "progresistas", porque debería ser lo contrario.

 

Pero el tema es ya, a partir de ahora, cómo combinar la seguridad con el conflicto constitutivo, puesto que la libertad es necesariamente conflictiva si no hay unidad de fondo en la sociedad.

 

9.      Ahora bien, ahí ya no tiene sentido hablar de nación en sentido operativo político. La política se convierte simplemente en un juego de poder. Para alcanzarlo, se recurre, como es lógico, a la retórica populista, que es la que da votos. No a la retórica de la "nación", que ya no tiene sentido.

 

Pero luego, hay que cumplir. Y para cumplir hace falta dinero, y el dinero lo generan las minorías "liberales", que pierden las votaciones.

 

10. Esas minorías resultan necesarias. Y, sin embargo, ocupadas sólo del dinero, rompen las reglas del juego, precisamente porque su fin principal es conseguir el dinero. Resultado: el desconcierto económico, por la inevitable tendencia a eludir las reglas y la ética (todo lo cual se aprende a observar sólo en familia).

 

11. Los gobiernos populistas no pueden prescindir de sus "enemigos" liberales, aún sabiendo que ellos se saltan las reglas. Entre otras cosas porque sin ellos no se genera riqueza, y también porque los partidos populistas le deben mucho dinero a los bancos.

 

12. Al final, la única solución que se ofrece es: mejores reglas y mejor comportamiento, logrado con más vigilancia. Es obvio que eso son soluciones transitorias y, sobre todo, que, en la forma propuesta, siguen quitando libertad. Más reglas y más control es igual a menos libertad. Pero es que, además, ningún Estado es capaz de generar mejores acciones éticas. Eso se logra en sociedad, a través de las familias y las corporaciones, todas las cuales están agredidas en su espíritu y en su existencia misma tanto por el afán desmedido de riqueza como por el totalitarismo encubierto del Estado.

 

13. La única salida está en la ética y la religión. La ética no tiene sustituto válido posible. La ley y los castigos tienen sentido para completar la eficacia social y personal de la ética, pero es ridículo pensar que la pueden sustituir. Sin ética, la ley es simplemente un instrumento para reforzar el poder del que ya lo tiene.

 

A su vez, la ética sin el apoyo en la religión no es suficientemente práctica. Nadie obedece bien a la razón pura. No hay sustituto válido tampoco para la religión, como tal vez ha comprobado ya Habermas, que lleva años buscándolo.

 

La política actual, falta de fundamento ético y religioso verdadero, no es más que un arte de emocionar a las masas con retórica populista, unida a la corrupción de hacer después tratos bajo mano con aquéllos a los que atacan en los discursos: los que tienen el dinero, los cuales, a su vez, infectados por la misma carencia de ética y religión, caen en un desconcierto progresivo, pues no saben cómo generar la confianza sin la cual la economía es imposible de vivir.